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Cara y Cruz

Donald sin Mundial

9 de julio de 2026 - 00:15

Impensadas derivaciones de una tarjeta roja. El 1 de julio, en Santa Clara, el árbitro brasileño Raphael Claus expulsó al delantero estadounidense Folarin Balogun en el partido ante Bosnia y Herzegovina, tras una revisión de VAR por una falta sobre Tarik Muharemovic. La sanción implicaba que Balogun no podría jugar el cruce de octavos de final contra Bélgica.

Genio y figura, Donald Trump llamó personalmente a Gianni Infantino para pedirle que revisara la "horrible" decisión. La FIFA le dio el gusto y suspendió la ejecución de la sanción por un período de prueba de un año. Balogun quedó libre para jugar.

"¡Gracias a la FIFA por hacer lo correcto y revertir una gran injusticia!", celebró Trump. Pero el fútbol, como si fuera Irán, lo decepcionó. El 6 de julio Bélgica goleó 4-1 a Estados Unidos y avanzó a cuartos de final. El indultado Balogun no tocó una pelota relevante y los jugadores belgas remataron la fiesta imitando en el vestuario el característico bailecito del presidente norteamiericano al ritmo de YMCA: "Overturn this" ("Revoca esto").

El primer ministro belga, Bart De Wever, no disimuló su satisfacción. Dijo que el triunfo le había "pegado fuerte" al mandatario, recordando con ironía que Estados Unidos era, "casualmente", el socio más grande de la OTAN.

Trump ni siquiera se quedó a ver el partido completo. Abordó el Air Force One rumbo a Turquía cuando Estados Unidos ya perdía por tres goles y trasladó su frustrada omnipotencia a la cumbre de la OTAN en Ankara.

Tras la eliminación de los Estados Unidos del Mundial, por goleada de los belgas. Donald Trump exacerbó las tensiones en la OTAN. Tras la eliminación de los Estados Unidos del Mundial, por goleada de los belgas. Donald Trump exacerbó las tensiones en la OTAN.

Gente prevenida, los líderes europeos acordaron explícitamente no mencionar el Mundial durante la cumbre, conscientes de que Trump llegaba "de mal humor" por la eliminación.

Pero el hombre no puede con su genio. Sin que nadie tocara el tema del fútbol, Trump se encargó de informar que llegaba "muy enfadado" por el fracaso mundialista del equipo norteamericano.

Es imposible saber si una cosa tiene que ver con las otras, pero el caso es que reactivó justo en ese momento, con una vehemencia que sus propios aliados habían tratado de evitar activamente, dos conflictos de vieja data. Contra España, exigió cortar todo vínculo comercial, calificándola de "causa perdida" y "socio terrible" en la Alianza. Contra Dinamarca, reavivó el viejo reclamo sobre Groenlandia, obligando a la primera ministra Mette Frederiksen a repetir, una vez más, que la isla "no está en venta".

Y no era la primera cuenta pendiente de la semana. Días antes de la cumbre había comenzado a caldear el clima con un ataque gratuito a Giorgia Meloni: un posteo en Truth Social con una foto de la premier italiana y la leyenda "orden de alejamiento requerida", que generó shock e indignación en el gobierno italiano. La tensión con Meloni venía de antes —del G7 de Évian, de la negativa italiana a sumarse a la ofensiva contra Irán— pero el gesto sumó un frente más a una seguidilla que ya estaba activa cuando llegó el fracaso deportivo.

La secuencia es inquietante. Trump no pudo torcer el resultado de un partido de fútbol pese a la obsecuencia de Infantino, pero enrareció el clima de una alianza militar de setenta años. Los europeos hicieron el esfuerzo de esquivar el tema sensible, pero el enojo se filtró igual, por otros costados, como si necesitara una válvula de salida y, no encontrándola donde todos callaban, se destapara donde sí había micrófonos.

Nada de esto prueba una relación de causa y efecto entre una tarjeta roja en Seattle y la política exterior de la primera potencia mundial. Sería mucho pedirle a una coincidencia temporal, por prolija que sea. Pero visto en conjunto —Meloni, Balogun, la goleada, España, Groenlandia, todo en el lapso de una semana— el cuadro tiene una coherencia casi involuntaria: la de un hombre incapaz de separar sus frustraciones personales de los asuntos de Estado.

Solo faltaría que el reinicio de las hostilidades con Irán, anunciado por Trump esa misma noche en Ankara, también obedezca a las frustraciones deportivas del norteamericano.

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