domingo 8 de noviembre de 2026
El otro como espectáculo II

Cuando la humillación se convierte en entretenimiento

Por Lic. Guillermo Alejandro Bordón

Parte II

Un espectáculo necesita de alguien que observe.

Y aquí aparece otra pregunta: ¿qué responsabilidad tienen quienes observan?

Porque el espectáculo necesita espectadores. Necesita a quienes se ríen, a quienes comparten el video, a quienes multiplican el insulto y a quienes permanecen indiferentes mientras alguien es expuesto ante miles de personas.

No todos ejercen la misma responsabilidad, por supuesto. No es lo mismo quien inicia una agresión que quien la presencia, ni quien comparte deliberadamente una humillación que quien intenta detenerla. Pero la violencia puede adquirir una dimensión colectiva cuando la audiencia la celebra, la reproduce o la transforma en entretenimiento.

El agresor puede ser uno. La multitud que amplifica su agresión puede ser enorme.

Y el daño no desaparece cuando apagamos la pantalla.

Detrás de ese video hay alguien que vuelve a su casa, que debe enfrentar a su familia, que intenta sostener su autoestima, que quizá ya está atravesando una situación emocional difícil. Hay una persona que no deja de existir cuando termina la transmisión ni recupera automáticamente su dignidad cuando los espectadores pasan al siguiente contenido.

Por eso, cuando hablamos del otro, no hablamos de una abstracción filosófica. Hablamos de alguien concreto. De una vida que merece respeto incluso cuando no compartimos sus ideas, cuando no nos agrada su personalidad o cuando cuestionamos sus decisiones.

Reconocer al prójimo implica descubrir que el otro no es un objeto a nuestra disposición, sino alguien ante quien tenemos una responsabilidad.

¿Qué significa, entonces, reconocer a Dios en el prójimo si somos capaces de disfrutar de su humillación? ¿Qué sentido tiene hablar de amor, solidaridad y comunidad si, en la práctica, encontramos placer en destruir al que tenemos enfrente?

Quizá debamos revisar no solamente lo que publicamos, sino también lo que celebramos. No solamente las palabras que pronunciamos, sino las risas que compartimos. No solamente los ataques que iniciamos, sino aquellos que permitimos que continúen.

Porque una sociedad no se degrada únicamente cuando alguien agrede. También se degrada cuando la humillación deja de escandalizar, cuando la crueldad se vuelve costumbre y cuando el sufrimiento ajeno ya no despierta compasión, sino curiosidad, diversión o indiferencia.

El desafío no consiste en abandonar la tecnología ni en silenciar las diferencias. Consiste en recuperar la responsabilidad de nuestra palabra, la capacidad de discutir sin destruir y la sensibilidad necesaria para reconocer que ninguna persona debería perder su dignidad por convertirse en el centro de una escena pública.

Tal vez la pregunta que necesitamos hacernos, antes de compartir una publicación, repetir un insulto o sumarnos a una burla, sea mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más exigente:

¿Estoy defendiendo una idea o estoy disfrutando de la destrucción de una persona?

Porque el otro no es un personaje creado para nuestra diversión. No es un blanco sobre el que podemos descargar nuestras frustraciones. No es un contenido más para consumir y desechar.

Es una persona.

Y cuando olvidamos eso, no solamente ponemos en peligro la dignidad del otro. También ponemos en peligro nuestra propia humanidad.

Que no nos acostumbremos a ver sufrir. Que no confundamos la libertad con la crueldad, la crítica con el desprecio ni la popularidad con la razón.

Y que, en una época en la que todo parece destinado a ser exhibido, comentado y compartido, seamos capaces de recuperar algo esencial: la decisión de no convertir al otro en espectáculo.

Porque la verdadera medida de una sociedad no está en la cantidad de voces que consigue hacer escuchar, sino en la dignidad que es capaz de preservar, incluso cuando esas voces piensan diferente.

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