Por Juan Francisco Uriarte. Mientras terminaba de leer el quinto de los seis cuentos que conforman El buen mal, el nuevo libro de Samanta Schweblin, un filósofo local (sí, hablo de un joven profe de Filosofía que ustedes conocen) escribió, a modo de recomendación: “¡Demasiada tensión! Uno o dos cuentos al día, no más…”. Y en ese momento comenzó este artículo, pues aún sin terminar todos estos textos me pregunté, ¿cómo habrá hecho ese conocido filósofo local para leer sólo uno o dos por día, de entre estos cuentos?
¿Cómo una persona que más o menos conoce las capacidades narrativas de Schweblin (y le gustan) se topa con estos seis cuentos y en lugar de engullirlos como una larga comilona se dedica a… dosificarlos? Arte de filósofos, evidentemente.
En mi caso, siendo un lector obnubilado por esta escritora argentina desde que me topé (en 2012) con la maravilla cuentística “Pájaros en la boca”, la llegada de cada nuevo libro de ella supone un festín que dura poco; o en todo caso que no puedo dosificar y en lugar de eso sí (una vez más y como tantas veces y con tantas y tantos otras y otros), entregarme a su deglución del modo más digno que resulte posible.
Y Schweblin provoca eso porque su retorno a este tipo cuentos, luego de largos años en los que vimos crecer y variar sus expresiones literarias, resulta algo así como reencontrarse con una versión depurada y aún más audaz de ése talento narrativo. ¿Cuál? El de aquel cuentecillo, el espectacular, el inolvidable, “Pájaros en la boca”.
En El buen mal, Schweblin parece haber llevado su habilidad para la tensión al límite, retorciendo las emociones de los personajes un poquitito más, haciendo de algunos de estos cuentos (los tres últimos, más largos) casi micronovelas diseñadas no sólo para perturbar, sino para permanecer en la mente como un eco de historias tan verosímiles como increíbles.
El contraste entre lo cotidiano y lo extraño (lo raro), una constante en su obra, alcanza aquí nuevas muestras de maestría, de estilo consumado al servicio de la renovación artística. Y entonces ahí están, otra vez: esas situaciones aparentemente normales que se transforman en escenarios de lo más inciertos, como si nuestra escritora encontrara placer en dejarnos al borde del abismo, pero como si desde ese abismo pudiéramos hacer una exploración incisiva de las relaciones humanas, la moralidad o incluso la fragilidad de la existencia.
No es de extrañar, entonces, que un lector reflexivo como el mencionado filósofo local, sienta más propicio dosificar la experiencia. La intensidad acumulada en cada página es tal que sumergirse en todos los cuentos de una sola vez podría sentirse como un desafío emocional.
Otros intentamos encarar la experiencia de un modo diferente. El deseo de dejarse envolver por completo en este universo narrativo, de exponerse a cada golpe sin volteretas, es casi inevitable.
Puede que esta exageración esté motivada por la capacidad (encantadora) para decir mucho con poco, de esta mujer. Sus palabras son medidas, precisas, y cada una cumple un propósito claro. Hay un algo, hay un cuidado que me hace pensar que cada frase parece diseñada para afilar la atmósfera, para potenciar el impacto de la historia, y por qué no también, para ponerse en contacto con la sensibilidad de sus lectores, a los que conoce y sabe que la conocen.
Por eso aquí, quizá, sea donde radica el verdadero poder de El buen mal: no sólo en las historias, sino en las preguntas que deja sin responder. Y eso hoy, para mí, es lo que hace que su obra sea tan digna de devorarse.
Esto fue Garamond 11. Hasta la próxima, lectores.
Por comentarios, críticas o sugerencias de lecturas venideras: [email protected]