COLECCIÓN SADE. ESCRITORES CATAMARQUEÑOS POR AUTORES CATAMARQUEÑOS
Claudio Sesín: acecho e intuición del infinito
Ariel Arturo Herrera
Claudio Luis Sesín (1959-2017) legó a Catamarca siete libros: La barbarie (1993), El círculo de fuego (1997), El signo del crepúsculo (2006), El libro de los poemas casuales (2008), De transparencias y penumbras (2013), Celebraciones y certezas (2016), y La canción imposible (edición póstuma de 2021). Dejó también trabajos inéditos como Cantando bajito, que incluye las canciones musicalizadas por Marcelo Gaibiso, Alejandro Acosta y Caio Viale.
Sesín no se apuraba en publicar; trabajaba mucho en sus textos y descartaba más de lo que incluía. Es de notar que la totalidad de las composiciones oscila entre la complejidad hermética y la armoniosa sencillez.
Su primer poemario –La barbarie– remite a tiempos de cierta conquista y presenta imágenes de barbarie doble: la del salvaje consustanciado con su propia tierra y la del que llega para destruir la armonía del instinto. Con un mismo concepto designa dos culturas antagónicas y, como consecuencia, nuestro presente es un mundo heredado y tallado por una barbarie aún no concluida. Este trabajo inicial de lírica social queda casi aislado de la obra posterior.
A partir del segundo libro, su poética giró en torno a su enfermedad fatal, se vuelve sobre esta condición personal y puede ser leída siguiendo este itinerario. Los poemas, en su mayoría, se convierten en hitos y en exploración del proceso, el dolor, la lucha, la aceptación, las despedidas, los recuerdos, es decir, del vivir acechado por el infinito e intuyendo el día después. A estos motivos se subordinan el amor, los amigos y las breves alegrías. La realidad física, compartida y el alma singular del poeta quedan relacionadas frágilmente. El título, El círculo de fuego, expresa al hombre cercado sin vértices para escapar, el norte y el sur se confunden y enceguecido entre las llamas no puede vislumbrar la salida: “Si no pasa este día ya no podré salvarme”, “La nada está encendida”. El mundo es una serie de objetos que repentinamente se han vuelto ajenos y distantes y le resulta imposible alcanzar lo que toca. De esa íntima vivencia surgen sensaciones dispersas, nociones del tiempo, experiencias del límite, purificación de la memoria, vigilia constante: “La ciudad se detiene en este otoño / y es el anochecer que se abraza al asfalto, / de la misma manera que me abraza la muerte. / No importa el cuerpo”; “La tierra me recibe, / abre sus alas negras. El mundo / es un segundo y es la nada.”
En el tercer libro, el poeta representa la manera de atravesar valerosamente aquel círculo infranqueable: “En la penumbra dejo mis heridas / porque esta noche me aman sin reparos, / y puedo como el viento, / y puedo también, como la lluvia. / Tomo hebras de luz, / y canto”. Se sabe “un guerrero sin más que una guerra perdida […] saboreando el placer de las tormentas”. Descubrió el modo de permanecer y aprendió a gozar de la memoria, a admirar los detalles de vivir en el tiempo, a descubrir la duda, a disfrutar los procesos, a desechar los resultados, a renacer en cada instante, a festejar el asombro, a partir y regresar a cada rato: “Aquí nunca sabemos quién verá la mañana / y sólo disfrutamos el tiempo del relámpago”; “Soy el que a media muerte fue tocado / y a media voz enciende la penumbra”. A pesar de la fortaleza, es vulnerable: “He sentido dolor sobre tristezas, / como si me estuviese fragmentando en mis partes /…/ es que hay días tremendos que no tienen razones”.
En el cuarto libro, muchos poemas alcanzan un grado de subjetividad difícil de seguir (el lector intuitivo gana terreno frente al crítico). Reflexionan sobre el destino o lo evocan. Intentan penetrar en el misterio del día siguiente a la última noche. Esta indagación no amedrenta al poeta; centra su interés en cómo vivir antes del fin y concluye sin rodeo: “El mundo es algo trágico y sencillo”, “lo importante es el alma desafiando tinieblas”.
En el quinto libro, se combinan versos herméticos con otros de sencillez admirable. El poema “Pañuelito” es un ejemplo de sensibilidad: “Una parte de mí a veces se descubre, / otra quiere bailar en las líneas del tiempo. / Me dejo a tu cuidado, / trapito en sésamo ungiéndome la herida. / A la hora de la tarde, nos lavaremos de amor y enjugaremos de olvido”.
En su penúltimo libro celebra momentos, hechos y recuerdos, a la vez que piensa algunas certezas y las siente como dudas o indefiniciones. Esa encrucijada que la palabra poética sostiene es todo lo que al fin queda: “esas esencias tontas / que llamaremos almas”. Pero a pesar de los sinsabores, el poeta invita a “soñar destinos”.
Sesín trabajaba en La canción imposible cuando falleció. Sin su revisión final del trabajo, toda apreciación de conjunto es parcial y aproximada. Sin embargo, la unidad es clara y cierra el ciclo abierto con El círculo de fuego, donde el poeta se ve asediado por la sentencia de su propia muerte. Pero muestra ahora la plena conciencia del fin individual, la soledad no deseada, el amor distante, la incertidumbre del después y la suposición de lo que permanecerá de sí mismo en los demás. Las imágenes de este poemario reflejan intuiciones que rozan lo metafísico y proponen definiciones metafóricas muy condensadas: “El hombre es la conciencia / desbordando a la noche en sus cenizas”; “El tiempo es el que pasa. Es que somos nosotros / el último sentido de la palabra tiempo.” “En el alto vacío, / la muerte es el olvido celebrándose”. Así poetiza la inminencia de la muerte. El tiempo, nombrado con metáforas o directamente, es central en los planteos. Se suman el amor y la soledad, la duda y la frágil permanencia, la huella de los recuerdos en el cuerpo –casi heridas– y los reproches. No está ajena la fugacidad de la vida y sus lecturas preferidas.
Dos poemas bastan como muestra de la incertidumbre, de las certezas y de las intuiciones. El titulado “El viaje”: “Apenas si te nombro y, al hacerlo, / cambia el estado de todos los sentidos. / Solo un punto de tiempo en grandes extensiones. / ¿Dónde despertaremos, en qué esencia o materia, / en qué mirada? // Iremos como Dios / a vivir una ausencia indescriptible”. El viaje es una de las metáforas sencillas y tradicionales para referirse a la muerte. El viaje es el morir, la muerte imaginada como un itinerario. Nombrarla es pensar la palabra para sí mismo; lo expresa el primer verso. Trastoca las percepciones, turba un estado. El recorrido es incierto. La intuición lo condensa en una coordenada de tiempo y espacio: una porción de tiempo limitado en una extensión mayor. Es la imagen de la disgregación. Pero sospecha que ese viaje no es indefinidamente errático, sino con un final. Hacia allí dirige las preguntas sobre qué ocurrirá del otro lado, una vez completado el tránsito. Ese otro lado es la incertidumbre misma. Los últimos versos aseguran una existencia incomunicable, el estado permanente de ausencia, del cual Dios es un ejemplo.
“Por las arenas” cierra el libro: “Todo me dice adiós. / Vienen mis huellas / y hasta mi sombra empieza a verse pálida. // La soledad es poder ver / que la extensión en uno es infinita. / Tanto es el miedo y tanta la belleza. // Solo el espíritu. / No tenemos certeza del destino, / pero es posible que podamos llegar / adonde siempre estuvimos en camino”. Aunque parezca, el poeta no se despide; es el mundo el que le da su adiós. Con esto marca su voluntad de vida. A esta imposición del destino, el autor llamó exilio en otros de sus libros. La correlación con un viaje involuntario es plena. El ademán de despedida es solo el viaje iniciado. Las imágenes de haber emprendido el camino conllevan soledad, miedo y belleza interminables, que conforman la extensión infinita hacia donde se pierde el poeta. Esa disgregación quizás tenga un fin, pero esa es la mayor incertidumbre. La duda abre una esperanza.
Excepto en el primer libro, la voz del autor y la del poeta se fusionaron. El uno, enfermo, sabe que está muriendo. El otro hace de esta inminencia una obra de arte. No reduce su poema a un mero vehículo de queja. Por esto mismo, el último poemario es la fraternidad de palabras en la que su autor nos dejó su perenne voz poética. En este sentido, no sé si asegurar que el hombre ha muerto y el poeta sigue viviendo; en Claudio Sesín, hombre y poeta eran el cuerpo y el alma.
Sabemos que el destino no concibe la muerte anticipada. Sin embargo, cuando elimina inesperadamente el porvenir de seguir viendo a un amigo junto a sus cuadernos de escritura, nos obliga a enmendar esa certeza.
Con estas pocas líneas que se esfuerzan en contra de la “distracción” o del olvido, invito a leer la obra de este poeta que privilegió el acontecer de la vida. Y, en su memoria, no puedo evitar parafrasear los versos de un poeta latino al despedir a su hermano que ya no vería: “Amigo, recibe este tributo. Cubierto yo de abundante llanto fraterno, por siempre, hermano, te saludo y adiós”.