¿Qué hace la gente en los medios y las denominadas “redes sociales”? ¿Por qué, una mayoría considerable, acude de manera, más o menos regular, a estas organizaciones y plataformas que brindan información y promueven debates sobre asuntos públicos? ¿Por qué, generalmente, las personas que consumen medios identificados con determinadas posiciones ideológicas son reacias a consumir información que critique y/o contradigan esos enfoques?
Estos interrogantes sobrevuelan, de manera permanente, la investigación y la reflexión de la Comunicación Social, la Ciencia Política y otras disciplinas interesadas en desentrañar la relación entre estas conductas y la construcción de la omnipresente, inasible y valiosa opinión pública.
¿Por qué tanto interés? Evidentemente, porque en las sociedades democráticas, la legitimidad y el apoyo de las mayorías está directamente relacionado con el acceso y el ejercicio del poder político, económico y cultural.
Volviendo a nuestros interrogantes iniciales, la Teoría de los Usos y Gratificaciones indica que las personas acuden a los medios buscando información relacionada con su vida cotidiana para tomar mejores decisiones. También lo hacen para acceder a espacios simbólicos de disfrute y evasión de los problemas diarios.
Lógicamente, no es la única explicación. La Teoría de la Disonancia Cognitiva plantea que apelamos a las noticias para reafirmar nuestras creencias y evitar la frustración que experimentamos al ver que nuestras ideas pueden ser erróneas.
En la década del 50 del siglo pasado, el investigador norteamericano, León Festinguer advirtió la tendencia de las personas a alinear sus creencias y comportamientos, rechazando o evadiendo cualquier información que cuestione sus ideas o visibilice incoherencias entre su forma de pensar y actuar.
Es por ello que, frente a la inmensa cantidad de la información a la que nos vemos expuestos diariamente, somos proclives a atribuir más veracidad a aquellos datos que reafirman nuestras creencias y/o buscar o construir argumentos que nos den la razón.
La teoría también señala que existe una disonancia cognitiva social tendiente reducir la distancia entre nuestra forma de pensar y la de quienes forman parte de nuestro entorno cercano, como familiares, compañeros de trabajo o amistades. Todo ello, con el fin de sentirnos mas integrados y evitar rechazos o exclusiones.
¿Qué pasa en las redes?
Roberto Aparici y David Garcia Marín, en su libro “La Posverdad” , comentan que los algoritmos de las plataformas sociales están diseñados para proveernos lo que ellos «piensan» que queremos, por lo tanto, también generan relaciones y experiencias dirigidas a retroalimentar nuestras creencias.
Es decir, los algoritmos, en un proceso de retribalización, tienden a vincularnos con quienes, relativamente, piensan como nosotros; por lo tanto, las redes se transforman en compartimentos informativos que refuerzan los posicionamientos de sus usuarios y la polarización ideológica con quienes piensan distinto.
En este contexto, las redes sociales se asemejan más a “burbujas” ideológicas en las que nos expresamos para reafirmar lo que pensamos y “espejos” en los que buscamos la aprobación de nuestro grupo de pertenencia. Este enfoque las aleja de la idea de una “ventana”, mediante la cual podamos manifestarnos libremente, conocer otras ideas y debatir con quienes piensan diferente.
Ahora, ¿somos conscientes de que vivenciamos estos procesos?, ¿qué incidencia tienen estas relaciones de poder yc omunicación en la calidad de nuestra democracia? y ¿qué podemos hacer frente a estos fenómenos que atraviesan a personas de edades y niveles socioeconómicos diversos?
En principio, podemos exponernos a fuentes informativas diferentes a aquellas con las que nos sentimos más cómodos y nos brindan orientaciones y datos diferentes a los que conocemos. También comprometernos a difundir información debidamente verificada y participar de diálogos y debates sobre el fortalecimiento de la democracia y la defensa de los valores esenciales a nuestra vida en comunidad.