Hace unos años decidí llevar un cuidadoso registro de las cosas que perdiera. Puntualmente, objetos materiales. Nada de abstracciones como la inocencia, la confianza o el interés, la pérdida de intangibles carece de la precisión necesaria para su documentación. Por ello, durante un tiempo tomé nota de cada objeto extraviado, con detalles agregados como la fecha en que advertí su ausencia o las posibles circunstancias de su extravío. Tiempo después perdí el cuaderno en el que llevaba a cabo las anotaciones, en otra de esas ironías del destino, pero no dejé de pensar en lo perdido.
Es por ello que, como esta columna es en esencia un servicio al lector, un manual de consulta rápida y azarosa de cómo enfrentar las vicisitudes de la sucesión de días que llamamos vida, me propongo repasar algunas formas de encontrar cosas perdidas. Nuevamente, advierto al lector que me refiero a objetos materiales, para encontrar el amor, la amistad y la suerte no queda otra opción que salir a la calle y confiar en que todo salga bien.
El primer método que viene a mi memoria es la acción de poner un vaso al revés sobre la mesa. Solía decirse que mediante este recurso se facilitaba el encuentro de cosas perdidas. Nunca supe cuál era el principio científico detrás de esta acción, pero no puede negarse su valor para la memoria: la presencia del vaso invertido actuaba sobre nuestra psiquis como un recordatorio constante de lo extraviado, impidiendo continuar nuestras vidas con algo parecido. No se conservan estadísticas que den cuenta de la efectividad de este método.
Un proceso a la inversa podría devenir en otra clase de éxito: dejar todos los vasos en su posición normal, de manera que nada nos recuerde al objeto perdido. Yo he utilizado en muchas ocasiones esta maniobra y ha resultado exitosa. No encontré los objetos perdidos, pero olvidé no solo su pérdida, sino también su existencia anterior, por lo cual dejé de necesitarlos –o al menos de recordarlos- y en definitiva su búsqueda concluyó.
La mayoría de las casas, además, tiene un cajón que podría definirse como cajón de miscelánea o, en una expresión más acorde, el cajón donde guardamos todo lo que no sabemos dónde poner. Es allí donde debe dirigirse la primera y la última búsqueda del objeto, siendo totalmente posible que en una primera instancia no se encuentre en ese lugar y luego, en una segunda oportunidad, aparezca ahí mismo en abierto desafío a las leyes de la física. Como por arte de magia.
El asunto de los objetos perdidos y las formas para encontrarlos ha sido abordado en una de las novelas de mejor premisa y peor ejecución de Stephen King, “La tienda de los deseos malignos”. Si el lector tiene interés en el tema recomiendo su lectura. También, en uno de los capítulos de “Eerie Indiana”, haciendo alusión específicamente a las medias perdidas. Incluso, puede que haya habido una entrega anterior de esta misma columna sobre el tema, pero en todo caso ya se ha perdido.