Crecí bajo la influencia de guionistas que me hicieron creer que las arenas movedizas tendrían un papel mucho más importante en mi vida que el que finalmente tuvieron. Estoy más allá del meridiano de la expectativa de vida y a la fecha no he caído en una sola de esas trampas naturales, lo cual considero un liso y llano desperdicio de los conocimientos adquiridos mediante películas clase B, entre los cuales se cuentan múltiples formas de escapar de arenas movedizas. Todo ese conocimiento, como el brillo de los rayos C en la Puerta de Tanhäuser, se perderá como lágrimas en la lluvia.
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Arenas movedizas
Por Rodrigo L. Ovejero
Caer en esa clase de trampas era algo que los héroes solían hacer, así que uno se aprendía soluciones para numerosas situaciones poco probables. Si no era arena podía ser otra variante como una pared llena de clavos, el vacío, la lava y un sinfín de alternativas fatales. Lo importante era que uno llegaba a creer que la vida de los protagonistas corría peligro. A veces alguien moría en esas trampas, como para confirmar su carácter mortal, para que el espectador no se confiara, pero nunca era más que un redshirt(algunos personajes de StarTrek utilizaban camisetas rojas –red shirts- tenían escaso o nulo parlamento y morían para demostrar que las cosas iban en serio; hay una divertida novela de John Scalzi sobre el tema) es decir que la vida de los personajes importantes no estaba en riesgo.
En esta instancia, entonces, debo hacer una queja formal sobre la adultez y la vida moderna de Rocko, las cuales vengo sufriendo desde hace más tiempo del que deseaba. Puntualmente, he notado una abrumadora falta de trampas mortales en la vida cotidiana, y si bien tengo deseos de mantenerme respirando tanto como cualquier otro, estoy seguro de que el añadido de arenas movedizas u otras trampas por el estilo le agregarían cierta emoción a la vida diaria, un descanso necesario para la rutina y un carácter lúdico del que carecen los demás peligros que solemos enfrentar (las epidemias y los accidentes de tránsito carecen de toda diversión, por ejemplo).
A primera vista podría parecer una idea absurda, y tal vez lo sea, pero sería un gran tema de conversación. Imagínese el lector contando a sus amigos, en el café, con los zapatos chamuscados, la destreza con la que se desenvolvió al caer en el pozo de lava de la Belgrano y Tucumán. Piense en las mil y una anécdotas fantásticas que le generaría a esta ciudad la instalación de un péndulo afilado en un sector de la Rivadavia. Imagine las posibilidades turísticas de soltar una bola gigante detrás de los autos que empiezan a bajar la Cuesta del Portezuelo.
E imagine, también, por supuesto, las posibilidades amorosas que nos estamos perdiendo. Póngase en la situación, usted camina junto a la persona de sus sueños en busca de un helado, cuando de repente, ambos caen en arenas movedizas y la muerte parece inminente. Entonces usted toma el control de la situación y se anota un punto gigantesco con su interés romántico al decir, con suma tranquilidad: “sé exactamente cómo salir de esto, vi a Chuck Norris hacerlo”.