domingo 5 de abril de 2026
cara y cruz

Los enajenados

Por Redacción El Ancasti

Es conocida la parábola de la rana que, sumergida en una olla al fuego, no advierte el incremento de la temperatura del agua hasta que es demasiado tarde y muere hervida. Algo similar ocurre con lo grotesco en la Argentina: de tan habitual, se hace difícil identificarlo. Lo farsesco es norma, tiene más vigencia que nunca aquello que citaba el escritor Abelardo Castillo al caracterizar el humor nacional: el argentino se ríe en defensa propia.
Las sobreactuaciones de los protagonistas de la grieta facciosa camuflan otra fractura, más inquietante, que separa a la sociedad de unos representantes institucionales que se comportan con desaprensión creciente como casta. 
Lo que está ocurriendo en el Congreso de la Nación condensa el fenómeno. 

El país atraviesa una crisis sanitaria sin precedentes por la peste ecuménica, con acceso restringido a las vacunas. La recesión económica parece haberse cronificado, con inflación al galope tendido. La pobreza está en un 45%, la mayor parte de los pobres son jóvenes y niños. Un Gobierno tramado por internas e intrigas palaciegas, con su titular vaciado de poder, implora crédito para no sucumbir en el desfinanciamiento sin privarse de imponer condiciones, como si pudiera. La Argentina, impotencia en todo su esplendor.
Tan nítidas prefiguraciones de una catástrofe interesan menos a los tribunos nacionales que acondicionar la fórmula matemática para designar o eyectar al Procurador General de la Nación. Promueve el ultrakirchnerismo que alcance para la designación o remoción con la mitad más uno de los miembros del Senado en lugar de la mayoría calificada de dos tercios de los miembros presentes del mismo cuerpo que rige ahora. Los extremos de la grieta despliegan arduas negociaciones en la Cámara de Diputados para evitar o precipitar la aprobación de la iniciativa. Pese a que la manipulación del Poder Judicial ha sido virtud cardinal y evidente de ambas facciones, esgrimen argumentos de lo más puros para sostener sus respectivas posiciones, como si alguno fuera inocente.

Lo faccioso del litigio resulta incontrastable. Se pretende convertir al Procurador General, jefe de los fiscales, en rehén de mayorías circunstanciales. Mayoría absoluta –mitad más uno- tanto para nombrar como para destituir. Sobre quien acceda al puesto con este mecanismo menos exigente con el consenso penderá la amenaza permanente de que la misma mayoría, sea la que lo designó u otra, lo derribe. Gran avance hacia la autonomía de criterio judicial.
Es una cuestión seria, por supuesto. La manoseada Justicia argentina se ha dejado manosear sin problemas y es un desastre. El asunto, sin embargo, es otro.
La Argentina oscila en la cornisa del desastre y la casta política gasta energías y tiempo en establecer condiciones para el control de la Justicia. 

45% de pobreza son más de 20 millones de personas. Es muy probable que se asista a un reacomodamiento estadístico como el que sucedió a la crisis de 2001, cuando la miseria nacional se cristalizó en un tercio. Pobreza estructural en un sostenido proceso de descapitalización que lleva al menos 50 años, dictadura mediante.
Lo prioritario para la política, lo urgente, no obstante, es la fórmula para elegir al Procurador. Acá, ranas en la cacerola, tal vez no llame la atención, pero cualquier observador imparcial advertiría lo absurdo de la situación: un grupo de políticos empecinados en diatribas mientras el país que comandan se hunde y se debilita. 
Una política gestionada por enajenados, incapaces de proyectar más allá de la próxima elección.

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