Esta semana se cumplirá un año de la decisión del Gobierno nacional de comenzar una cuarentena que duró varios meses, aunque sigan vigente todavía medidas de distanciamiento social. Fue una decisión adoptada, casi en consonancia con la mayoría de los países del mundo, cuando se advirtió que el virus descubierto apenas unos meses antes, era altamente contagioso y con una tasa de letalidad superior a otros.
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Lecciones a un año de la cuarentena
La percepción, aunque correcta respecto de la gravedad de la enfermedad que en la actualidad ya ha provocado casi 2.700.000 muertes en todo el mundo, era bastante errónea en lo referido a los plazos con los que, se especulaba, iban a ser necesarios para que el Covid-19 pase a la historia como una de las tantas enfermedades que suelen aparecer y al cabo de un tiempo reducirse a la mínima expresión. Pues bien, un año después los contagios diarios, aunque vienen bajando paulatinamente como consecuencia de la aplicación de los diferentes tipos de vacunas, son muchos más que al comienzo de la pandemia.
Una de las lecciones que han dejado estos doce meses es que no hubo de entrada estrategias mágicas para enfrentar la amenaza, y que todo, o casi todo, se fue aprendiendo sobre la marcha. Fue un golpe demoledor para la autoestima científica, que debió asumir con humildad sus límites para enfrentar desafíos de esta naturaleza.
Otra lección tiene que ver con lo perjudicial que resulta en el actual contexto de crisis sanitaria pretender extraer ventajas políticas. El gobierno nacional pretendió usufructuar los primeros buenos resultados de su estrategia de aislamiento para exhibirse como una gestión eficaz y eficiente, contrastando con decisiones tomadas por la gestión anterior. Cuando los casos, y las muertes, comenzaron a escalar en la Argentina, los alardes difundidos por cadena nacional desaparecieron de las pantallas. En el mismo sentido, los anuncios exultantes relacionados con la masiva llegada de vacunas para emprender la más gigantesca campaña de inoculación chocaron con la realidad de la escasez de dosis y el lento comienzo del operativo. La presentación de todo acto lógico de gobierno en un contexto de crisis como una gesta heroica terminó siendo altamente contraproducente por sus, todavía, modestos resultados, y por la aparición de hechos al menos moralmente reprobables como la Vacunación VIP.
El rol de la oposición también fue lamentable: negando la gravedad de la pandemia al comienzo y alentando el desconfinamiento, para quejarse posteriormente por su impacto lógico. Calificando de veneno a la vacuna Suptnik V en enero y despotricando en febrero y marzo porque la vacunación va más lenta que en Chile, omitiendo respecto de este país que la vacuna china que utiliza, la Sinovac, es la de peores resultados del mundo (apenas 53% de efectividad) y que en este momento los contagios del otro lado de la cordillera crecen a un ritmo vertiginoso del mismo modo que la cantidad de muertes, en una proporción muy superior a lo que sucede en la Argentina.
Hay también saldo positivo en el balance general: el trabajo en equipo de los científicos, con éxitos notables en pocos meses; el compromiso del personal de salud que batalló –y lo sigue haciendo- en primera línea contra la enfermedad, y el aprendizaje social obligado de adoptar hábitos de vida más saludables. Comportamientos positivos que deben servir como espejos en donde mirarnos.