Buena parte de la riqueza arqueológica de Catamarca en lo que respecta al arte rupestre se encuentra escondida entre la frondosa vegetación de una franja que atraviesa los departamentos Ancasti y El Alto, en el este provincial. No es fácil acceder a Las Cuevas de Oyola (El Alto) o la Cueva de La Candelaria (Ancasti), sitios de inmenso valor que se empezó a estudiar sistemáticamente en la década del 60 y que, mientras continúan esas investigaciones con conclusiones cada vez más asombrosas sobre las prácticas de los pueblos originarios, no están preparados aún para recibir al turismo.
Para llegar a estos lugares donde han quedado plasmadas las huellas de la cultura La Aguada, aunque puede haber también vestigios de pueblos anteriores a esa etapa, con dibujos que fueron grabados en las paredes de esas cavernas entre los años 300 y 1.200 d.C, se precisa de la orientación y eventualmente el acompañamiento de guías o personas que viven en las cercanías. No hay señalización para encontrar esos sitios, lo que en principio puede ser motivo de crítica, pero en definitiva funciona como una manera de impedir que inescrupulosos vandalicen, como ya lo han hecho, estos lugares considerados sagrados por la cultura aborigen.
De todos modos, con frecuencia irrumpen en las cuevas sujetos que no guardan las debidas precauciones y ponen en peligro estos rastros de la cultura de los pueblos originarios que tan importante valor histórico poseen. Según se cree, esas cuevas eran, hace mil o mil quinientos años, ámbito para reuniones de chamanes que celebraban rituales religiosos y festivos, con música y bajo los efectos de preparados en base a plantas psicotrópicas que se encuentran en la zona. Hoy en día, visitantes furtivos hacen uso y abuso en de esas mismas plantas pero sin la connotación espiritual de los antiguos habitantes de estas tierras. Las secuelas perniciosas de esos encuentros subrepticios se advierten a simple vista, como desechos de todo tipo o paredes de las cavernas quemadas.
En La Tunita, que se encuentra también en el departamento Ancasti, ya existe, a diferencia de los sitios mencionados anteriormente, un parque arqueológico y un centro de interpretación, creados hace algunos años para proteger el arte rupestre y el bosque circundante, que abarca aproximadamente dos mil hectáreas. En la tarea de puesta en valor intervinieron diversas áreas del Gobierno provincial, nacional, de la Universidad Nacional de Catamarca y del municipio de Ancasti, además de fundaciones privadas.
La experiencia de La Tunita debería replicarse lo antes posible en la Cueva de La Candelaria y las Cuevas de Oyola, evitando de esa manera exponer al arte rupestre de nuestros pueblos originarios a daños irreparables y aprovecharlos, además, como atractivos turísticos que puedan ser conocidos bajo protocolos estrictos que preserven este tesoro que aún permanece escondido, incluso para la inmensa mayoría de los catamarqueños.