sábado 4 de abril de 2026
EDITORIAL

Fracaso moral

Por Redacción El Ancasti

Los augurios generados en marzo o abril del año pasado respecto de la posibilidad de que la pandemia, que ya se ha cobrado la vida de más de dos millones de personas, alumbrase un nuevo mundo, más justo y solidario, se han terminado de hacer añicos. Esta dolorosa realidad es fácil de constatar si se analizan los criterios de distribución de las vacunas para inmunizar a la población: como lo hacen con la riqueza y los recursos naturales, los países ricos han acaparado a niveles inconcebibles las escasas vacunas producidas hasta el momento.

El año pasado, cuando los primeros estudios de fase II de las vacunas más avanzadas empezaron a demostrar que eran eficaces y seguras, desde la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otras organizaciones solidarias internacionales se gestó la idea de una distribución equitativa, a través del mecanismo COVAX, una vez que estén disponibles para su aplicación masiva, pero el sistema que se concibió quedó relegado por la decisión de los países más poderosos de adquirir dosis en cantidades muy superiores a la población que poseen, escamoteándole a decenas de naciones la posibilidad de disponer aunque sea de una cantidad mínima.

A poco más de un mes de comenzar la vacunación masiva en el mundo, el 95% de las vacunas se aplicaron en solamente 10 países. Son pocos las naciones de desarrollo intermedio, como la Argentina, que comenzaron con el proceso, y no hay ninguna de entre las más pobres que haya podido iniciarlo.
Si para evitar niveles escandalosos de desigualdad se necesita, al interior de cada país, de un Estado regulador que evite la concentración de recursos en pocas manos en desmedro del resto de la población, a nivel internacional se requiere de estructuras supranacionales que cumplan igual función.

Está claro que la concentración de las dosis disponibles en un puñado de países no es solamente un problema de organización, o de logística, es un gravísimo problema ético. Así lo interpreta el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus: “Tengo que ser franco: el mundo está al borde de un catastrófico fracaso moral, y el precio de este fracaso se pagará con vidas y medios de subsistencia en los países más pobres del mundo”, señaló, en un discurso ante la junta ejecutiva de la entidad que dirige.
La responsabilidad de la inequidad en el reparto de las vacunas no es solo de los países ricos, sino también de los laboratorios que las producen y que han priorizado las ganancias rápidas que implica la venta anticipada a esas naciones por sobre la distribución según los criterios humanitarios y solidarios.

Es probable que las expectativas creadas al comienzo de la pandemia no hayan sido sino un arrebato de ingenuos. En todo caso, lo que queda claro es que resulta imprescindible una transformación profunda, desde lo económico, desde lo político y desde lo moral, para evitar que en el mundo siga primando el “sálvese quien pueda”, que es siempre, como otra vez ha quedado en evidencia, el sálvense los que tienen los recursos para imponer condiciones.n

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