jueves 23 de abril de 2026
EDITORIAL

Víctima de la injusticia y los prejuicios

Por Redacción El Ancasti

Ella fue una de las tantas víctimas del sistema institucional, pero también de la estigmatización, los prejuicios y la indiferencia social. Cristina Vázquez, misionera, pasó 11 de sus 38 años presa injustamente, condenada por un crimen que no cometió. Fue acusada, junto con su amiga Cecilia Rojas, de asesinar a una vecina. Pero no hubo pruebas que justificaran la condena. Sin embargo, pasó casi un tercio de su vida entre rejas hasta que la Corte Suprema hizo justicia y las absolvió en diciembre del año pasado.

Si Cristina llegó a pensar que con la salida de la cárcel la vida empezaba a sonreírle nuevamente, la realidad se encargó de demostrarle que estaba equivocada. Se encontró con todos los escollos habituales con los que chocan los que recuperan la libertad, pero con el agravante de que, como no había sido liberada por cumplir la condena sino porque la absolvió el máximo tribunal de Justicia, no tuvo el acompañamiento del Patronato de Liberados, que interviene para ayudar a los presos a reintegrarse a la sociedad, lo que no es, por cierto, una tarea sencilla.

No tenía estudios ni el conocimiento básico de las nuevas tecnologías, las que se desarrollaron con velocidad vertiginosa en el período en el que estuvo detenida, sin acceso a dispositivos que le permitieran entrenarse en ellas. Además, Cristina debió cargar con prejuicios vinculados con su orientación sexual. En la cárcel se casó con Mariana, otra interna del penal de Villa Lanús, situada en las afueras de la ciudad de Posadas, la capital de la provincia.

El Estado acudió en su ayuda, pero fue insuficiente. Luego de algunos meses le otorgó un trabajo, un contrato precario para que colaborara en Cáritas, pero sus ingresos eran insuficientes porque, como no tenía dónde vivir, alquilaba una habitación.
“La cárcel es un estigma. En este pueblo chico si no sos “hijo de” no tenés trabajo. Yo todavía no pude conseguir. Tu cara sale en los medios. ¿Quién te va a tomar?”, explicó en declaraciones periodísticas Cecilia, que al menos vive en casa de su padre.
La amiga explica que en Cáritas presionaban a Cristina para que se divorcie de su esposa, y eso la deprimía aún más. Para no perder el trabajo, había empezado a tramitar la separación legal.

La falta de perspectivas, las presiones, la depresión por la condena injusta, la estigmatización que sufría, fueron una suma de factores que llevaron a Cristina a tomar la decisión de terminar con su vida.

La triste historia merece, para que no sea una más de las tantas de personas a las que las instituciones y la propia sociedad empujan a la exclusión y la marginación, que sea conocida y exhibida para que se extraigan de ella conclusiones positivas y se produzcan transformaciones virtuosas para evitar que la injusticia y los prejuicios le sigan arruinando la vida a tantas personas, aunque no todas tengan un final trágico y violento.

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