Editorial

El fuego de los crímenes de mañana

Mientras el mundo entero condena con energía el asesinato de George Floyd perpetrado por un policía estadounidense, la policía tucumana...
domingo, 28 de junio de 2020 · 01:11

Mientras el mundo entero condena con energía el asesinato de George Floyd perpetrado por un policía estadounidense, la policía tucumana, lejos de aprender la lección, pone en prácticas técnicas similares para sujetar a personas acusadas de cometer un delito. 

El miércoles pasado, Walter Nadal fue detenido en pleno centro de la capital tucumana acusado de intento de robo. Uno de los efectivos que lo atrapó, colocó, como lo hizo el asesino de Floyd, la rodilla en la nuca de Nadal. Como sucedió también en Minneápolis, la víctima rogó que lo liberaran porque se estaba asfixiando. “Me falta el aire, me falta el aire”, repetía. "No seas cagón", le respondió, según testimonios, el policía tucumano. 

Nadal, finalmente, falleció. Sufrió un infarto, fue la versión instalada por el acta policial. La fiscal de turno, Adriana Giannoni, no quedó conforme con este punto de vista y ordenó la autopsia. Los forenses determinaron, finalmente, que la causa de la muerte fue asfixia.

No es, ciertamente, el primer caso grave de violencia institucional que involucra a la policía de la provincia vecina. Y, lamentablemente, es muy probable que tampoco sea el último. En mayo pasado, un jornalero de Simoca, Luis Espinoza, fue asesinado por efectivos y su crimen encubierto. El cadáver del peón rural apareció varios días después al fondo de una quebrada en Andalgalá, muy cerca del límite con Tucumán.

Otro crimen aberrante perpetrado por un policía tucumano ocurrió el marzo de 2018. La víctima fue un niño de 12 años asesinado por la espalda. El homicida, que espera el juicio oral y público en el que seguramente será condenado porque las pruebas son concluyentes, recibió insólitamente el apoyo de quien entonces era ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, que avaló el argumento esgrimido por los policías respecto de que la moto en la que el niño iba junto a su amigo Juan, de 14 años, circulaba en forma "sospechosa", ese eufemismo clásico para justificar los atropellos de la policía brava. 

Pero sería injusto suponer que la policía tucumana tiene el patrimonio de la violencia. Las comisarías son, también en Catamarca, uno de los últimos reductos de prácticas usuales de la dictadura que asoló al país entre 1976 y 1983. Y si bien, salvo excepciones, los homicidios cometidos por efectivos de la fuerza son investigados y la mayoría de las veces sus culpables reciben condena, los apremios ilegales o las golpizas son recursos muy utilizados sin que las investigaciones de los hechos arrojen resultados.  

La impunidad de los hechos “menores” provoca que se conviertan en costumbre. Y, de tanto en tanto, trascienden hechos muchos graves, que en el entorno de la fuerza son interpretados como hechos cometidos por uniformados a los que “se le fue la mano”. O la rodilla, como en el caso del policía que asfixió a Nadal.

Los apremios y golpizas que no se castigan funcionan, hoy, como fuego en el que se cocinan los crímenes de mañana.

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