Editorial

El COVID-19 y el pensamiento mágico

En tiempos de pandemia el pensamiento mágico –es decir, aquella forma de razonar...
miércoles, 20 de mayo de 2020 · 01:09

En tiempos de pandemia el pensamiento mágico –es decir, aquella forma de razonar basada en supuestos erróneos o no justificados empíricamente- se ha vuelto más peligroso que lo habitual. Sobre todo si lo practican los gobernantes o dirigentes políticos de peso.

Como se ha señalado profusamente, Donald Trump y Jair Bolsonaro han proferido en los últimos meses interpretaciones antojadizas y carentes de aval científico para analizar cuestiones vinculadas con el coronavirus: desde la caracterización de “gripecita” del mandatario brasileño al comienzo de la pandemia, hasta la última confesión del estadounidense respecto de que consume hidroxicloroquina todos los días, medida preventiva cuya eficacia la ciencia no ha registrado.

Ambos presidentes distorsionan lo que la ciencia afirma, o minimizan las consecuencias de la enfermedad con el único fin de volver a la “normalidad” económica cuanto antes. 

Habría que realizar estudios más profundos para establecer la relación existente entre estos mensajes que contradicen los consejos médicos y el aumento de los casos de COVID-19 en Estados Unidos y Brasil, primero y tercero respectivamente en el ominoso ranking mundial de casos.

Es público y notorio el apoyo que las iglesias evangelistas le dieron a Bolsonaro para su triunfo electoral. Por estos días se repite: los tres líderes de las iglesias pentecostales más importantes militan el aperturismo, oponiéndose al aislamiento. En marzo, cuando ya se habían prohibido las concentraciones masivas, una de esas iglesias desafió la medida y convocó a una asamblea que reunió a 10.000 feligreses en San Pablo, que pocos días después se convirtió en el epicentro de la pandemia en Brasil. “No se preocupen por el coronavirus porque ésta es la táctica de Satanás. (…) La mayoría de las personas no sabe que la mayor plaga no es el coronavirus sino la coronaduda y su antídoto se llama la coronafé”, dijo el pastor Edir Macedo en esa oportunidad. 

Los pastores peligrosos no solo están en Brasil. Hace unos días trascendió que el senador provincial mendocino Héctor Bonarrico, autoridad de la iglesia neopentecostal, pidió la apertura de los templos con el siguiente argumento: “Hay más muertes por abortos que por el Covid (…) entonces tendríamos que estar encerrados para que no haya abortos”.

El pastor Giménez, por su parte, está imputado en una causa radicada en la ciudad de Buenos Aires por vender alcohol en gel “milagroso” para enfrentar el virus.

En Chile, el pastor Mario Salfate convocó a su templo en Santiago a una reunión masiva para enfrentar al coronavirus mediante la fe. Menos de un mes después falleció por esa enfermedad luego de dar positivo en el test, al igual que otros participantes de esa asamblea.

Aunque la ciencia no pueda encontrar todavía un tratamiento eficaz y seguro, o una vacuna, y ni siquiera haya coincidencias acerca de cómo se transmite el virus, siempre es preferible atender las razones de los estudiosos y no las fantasías de los que promocionan el pensamiento mágico, comprometiendo la salud propia y la de otros.

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