Como no es posible prever el desarrollo que tendrá la pandemia del coronavirus en el mundo –el cual dependerá de muchos factores, como la aparición de un tratamiento o la producción masiva de vacunas-, tampoco es factible pronosticar con cierto grado de exactitud la gravedad de su impacto en la economía mundial.
Sin embargo, expertos y organizaciones internacionales han empezado a formular algunas proyecciones estimativas. Todas coinciden en que el impacto será el más grave desde la Gran Depresión de 1929.
Las conclusiones de estos estudios se van actualizando dinámicamente, al ritmo del agravamiento de la pandemia. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) realizó su primer informe sobre el coronavirus hace poco más de un mes. En él establecía comparaciones entre la crisis de este año con la financiera internacional de 2008. Tres semanas después, a mediados de abril, elaboró otro, en el que el paralelismo ya no era con el crack de hace 12 años, sino con los efectos desastrosos que provocó en el planeta la Segunda Guerra Mundial. Entre el primer y el segundo informe, los casos de coronavirus en el mundo se multiplicaron por seis.
El estudio, que califica a la situación como “dramática”, estima que 3.300 millones de personas ya están siendo afectadas, de una u otra forma, por la crisis laboral. Los más vulnerables son los trabajadores informales –casi 2.000 millones de personas-, que ven afectados inmediatamente sus ingresos, a diferencia de los trabajadores registrados, y además carecen de cobertura médica a través de la seguridad social.
Los países más afectados son los denominados emergentes, entre ellos los de América Latina. Según la Cepal, la región padecerá este año la peor crisis económica de su historia. Sostiene que la caída de la actividad económica será del orden del 5,3 por ciento, y que alrededor de once millones de personas perderían sus empleos, lo que totalizaría 37 millones de desocupados al finalizar el año.
Los propios organismos internacionales que trazan diagnósticos tan pesimistas para el corto plazo aconsejan una batería de medidas para que la salida de la crisis sea sustentable: la Cepal, por ejemplo, pidió que haya créditos baratos y ágiles para los países emergentes, con facilidades para reestructurar las deudas y en algunos casos condonarlas.
La Cepal y las Naciones Unidas han apoyado la oferta argentina para el canje, y hasta el Fondo Monetario Internacional ha declarado oficialmente que la deuda heredada del gobierno de Cambiemos “no es sustentable”.
Los organismos internacionales y los Estados nacionales tendrán que jugar un rol fundamental para que la salida de la pandemia ofrezca garantías de equidad internacional y protección de las naciones con economías vulnerables y, dentro de ellas, de contención de los sectores sociales más empobrecidos.
La salida de esta megacrisis, inédita en casi un siglo, debe alumbrar un mundo con mayor igualdad y justicia.