jueves 30 de julio de 2026
Análisis

La juventud que el sistema dejó de esperar

Por Rodrigo Morabito

Hay datos que no solo describen una realidad; la interpelan. Que casi la mitad de los jóvenes en Argentina transite condiciones de vulnerabilidad no es un desvío coyuntural, es una señal de época. Pero lo verdaderamente inquietante no es la cifra, sino el fenómeno que la atraviesa; una porción creciente de esa juventud ya no estudia, no trabaja y (lo más grave) tampoco busca hacerlo.

No estamos frente a una generación que desertó. Estamos frente a un sistema que dejó de convocarla.

El crecimiento de los llamados “Triple Ni” no puede ser leído desde la comodidad del juicio moral. No hay apatía como causa, sino desaliento como consecuencia. Cuando el trabajo deja de ser una promesa de integración y la educación se vuelve un camino cada vez más difícil de sostener, lo que se rompe no es la voluntad; es la expectativa.

Los datos (brindados por investigadores del Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires) son elocuentes. Más del 60% no terminó el secundario. Solo una minoría continúa estudiando. Y quienes logran insertarse laboralmente lo hacen, en su enorme mayoría, en condiciones de informalidad, precariedad e inestabilidad. Trabajan, pero no alcanzan. Se esfuerzan, pero no progresan.

Ese quiebre, es decisivo porque durante largo tiempo el entramado social argentino (con todas sus desigualdades) sostuvo una promesa básica; que el esfuerzo individual, canalizado a través de la educación y el trabajo, podía traducirse en movilidad social. Hoy esa promesa aparece erosionada. No desapareció el deseo de progresar, pero sí las condiciones materiales que lo hacían posible.

El dato de que más de la mitad no llega a fin de mes, aun trabajando, desarma cualquier narrativa simplista. El problema no es la falta de cultura del trabajo, sino la consolidación de un mercado laboral que incluye precarizando y excluye formalizando.

Y cuando el sistema no integra, aparecen sus efectos más profundos; ansiedad, depresión, consumos problemáticos. No como fallas individuales, sino como expresiones de un malestar social extendido. Una juventud sin horizonte no es solo un problema económico: es una fractura subjetiva.

Desde el derecho (y particularmente desde el sistema penal) este escenario exige una reflexión incómoda. Porque cuando las instituciones de integración fallan, el Estado suele aparecer por la vía más tardía y menos eficaz; la punitiva. Se llega cuando todo lo demás ya no estuvo. No hay política criminal que pueda reemplazar lo que no hizo la política social.

La expansión de los “Triple Ni” no es un dato marginal ni una categoría sociológica más. Es el síntoma de una sociedad que empieza a naturalizar la desconexión de sus jóvenes con los espacios básicos de ciudadanía. Y allí radica el verdadero riesgo; no solo en la exclusión material, sino en la pérdida de sentido de pertenencia.

Los jóvenes siguen imaginando un futuro mejor. Pero cada vez encuentran menos puentes para llegar a él. Cuando una sociedad deja de ofrecer caminos, no debería sorprenderle que muchos dejen de buscarlos.

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