El auxilio a las provincias de 120 mil millones de pesos dispuesto por el presidente Alberto Fernández es otra marca de los cambios en la narrativa oficial de la peste, que hasta la estampida de los jubilados sobre los bancos de hace una semana se articuló sin demasiadas polémicas alrededor de la antinomia Salud vs. Economía. Fernández, el “Capitán Beto”, en el rol protagónico de líder en la guerra contra el coronavirus, ese “enemigo invisible”, sacrificaba la actividad económica para defender la vida.
Lo inobjetable de esta jerarquía de prioridades, reforzada en su lógica por las funestas cifras e imágenes del estrago en el resto del mundo, permitía disimular lo anémico de la actividad económica que se sacrificaba. El combinado de recesión e inflación ya lastraba a la Argentina mucho antes de que irrumpiera el coronavirus. El confinamiento obligatorio preventivo agravó la situación.
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La acechanza económica
La oposición tajante de la salud a la economía, planteados a los efectos del relato como términos excluyentes, empezó a hacer agua. El liderazgo del Capitán Beto es desafiado ahora por la necesidad imperiosa de conciliarlos para evitar una catástrofe mayor, mientras se aguarda el pico del apestamiento para la primera quincena de mayo.
El mismo Fernández lo dejó claramente planteado ayer: la cuarentena permitió achatar la curva de contagios y es un triunfo, pero coyuntural aún e insuficiente; es indispensable preparar al sistema de salud pública para cuando el virus golpee con toda su potencia.
Las vulnerabilidades del flanco económico cobraron relevancia al momento de pagar los salarios. Las provincias no pueden emitir billetes y la posibilidad de que comenzaran a acuñar cuasimonedas empezó a prefigurarse. Córdoba hizo punta con un bono especial, circunscripto a los proveedores. De ahí que la Casa Rosada soltara el auxilio económico multimillonario.
Pero el sector privado afectado por la profundización del parate económico tampoco tiene entre sus opciones la emisión de billetes para cubrir sus compromisos. Para los empresarios se diseñó un sistema de créditos al 24% de interés cuya eficacia está todavía por verse.
En esta política general para pymes, brillan por su ausencia mecanismos específicos destinados a sectores particularmente castigados por la coronacrisis. Los ejemplos más claros son los del turismo y la gastronomía, parados totalmente por la reclusión. No hay asistencia focalizada en ellos, que generan una gran cantidad de empleos.
La proyección: el desplome arrojaría cientos de miles de personas al desempleo y la pobreza. La hecatombe social sobrevendría a la sanitaria, percutida por la falta de instrumentos destinados a sortear la quiebra colectiva de la pequeña y mediana empresa.
La mayoría de los gobernadores consideró conveniente extender la cuarentena. Sobre todo los de las provincias con mayor densidad poblacional, con grandes metrópolis, temen el colapso sanitario con el pico del virus. Ellos ya tienen los 120 mil millones de pesos para reforzar sus sistemas de salud y no caer, por ahora, en la cesación de pagos.
Las respuestas para los privados siguen nebulosas tras el “sangre, sudor y lágrimas”. En Catamarca, los planteos aún no se reflejaron en propuestas del Gobierno.
No se trata de salud “o” economía, sino de cómo se hace para conjugar salud “y” economía, asunto ya más complejo, en el que las consignas emotivas se estrellan frente a la concreta realidad de la recesión y sus tenebrosos correlatos sociales: desocupación, pobreza, indigencia y las patologías derivadas, como para que no se suponga que la salud quedaría a salvo. Anótense sino los rebrotes de enfermedades como el dengue.
Reto para estadistas: las defensas ante la acechanza sanitaria tienen que conjugarse con la reactivación de la economía. Las dicotomías suelen ser eficaces para tramar narraciones, pero entran en crisis al tratar de acomodar la caprichosa realidad a ellas. n