Dado lo inédito de la crisis sanitaria que se atraviesa, era previsible que surgieran inconvenientes logísticos en la instrumentación de la cuarentena.
El confinamiento obligatorio impone un aprendizaje diario, permanente, en pos de ajustar criterios. Situaciones que no fueron consideradas al momento de dictar las medidas aparecen a cada momento, lo que lleva a revisiones y adecuaciones.
No se trata de las cada vez más deleznables maniobras tendientes a eludir las restricciones o las especulaciones avariciosas, sobre las que no cabe más que descargar las sanciones más duras, sino de omisiones involuntarias en la proyección de las medidas de vigilancia, por otra parte lógicas en un contexto tramado por la inexperiencia frente al fenómeno, en el que incluso hay divergencias entre los líderes del mundo acerca de la manera de afrontarlo. En la página 2 de la edición de hoy se informa sobre algunas de las que empezaron a manifestarse en Catamarca, que cerró totalmente sus ingresos.
En paralelo, a medida que se extiende el encierro compulsivo, acaso como consecuencia del tedio, comienzan a hacerse más evidentes algunos síntomas de psicosis sazonados con importantes dosis de morbo. Este cóctel no discierne entre los comprensibles problemas que supone la aplicación el confinamiento y conductas reprochables, y se apresura a extrapolar conclusiones y diseminarlas como verdades reveladas sin el mínimo análisis.
Las redes sociales son un interesante catálogo de actitudes frente a la amenaza del coronavirus. Confluyen en ellas el altruismo, la viralización de noticias falsas, el humor -a veces negrísimo aunque de alto vuelo en la mayoría de los casos-, los prejuicios más nocivos, la solidaridad… En fin: si de constatar lo contradictorio de la condición humana se trata, la navegación por la red puede ser muy aleccionador. Nobleza y miseria se conjugan parejito.
Es notorio en este sentido cómo cunde una especie de ansiedad por la demora del primer caso de coronavirus catamarqueño; como si a alguna gente le generara insatisfacción la carencia, en ejercicio de una suerte de chauvinismo provinciano enfermizo.
Esta patología es yesca para que prendan versiones sobre supuestos enfermos ocultos que se han visto beneficiados por privilegios concedidos por el poder político, que sacaría así partido de mantenerse al margen de la peste.
Por supuesto, no puede descartarse de plano que esto ocurra y la mera posibilidad debe ser objeto de las investigaciones pertinentes, pero consignar la circunstancia en este espacio apunta más bien a marcar lo inconveniente de desenfrenar chismes y rumores, impulso que se potencia con el de propiciar “escraches”.
Es imposible por lo general identificar el origen de la maledicencia, que se extiende a velocidad inusitada a caballo de las redes y obliga a quienes están a cargo del combate a desviar energías en aclaraciones y apelaciones a la prudencia.
La propensión aldeana a convertirse en pionero informativo o tener “la posta, posta” sobre algún hecho cobra ribetes muy perjudiciales en estos tiempos virtuales.
Los aspectos positivos de la revolución informática, que entre otras cosas permiten reaccionar con mayor celeridad y eficacia ante la peste, tienen su contracara en la posibilidad de hacer catarsis de pasiones como el ansia de notoriedad, el resentimiento y el odio.
Famoso análisis de Umberto Eco: "Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas, que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas".
En esta etapa tan peligrosa, conviene también vacunarse contra esa plaga. n