Mucho le costó al galardonado actor nacional Ricardo Darín superar el rol de galancito para enriquecer su carrera con personajes más complejos y jugados, encarnando a los cuales finalmente le llegó la consagración internacional. Tampoco le resultó fácil a Guillermo Francella dar el salto de la comedia liviana a historias como “El secreto de sus ojos”, precisamente en dupla con Darín, o “El clan”. El intendente de Santa Rosa, Ramón Elpidio Guaraz, enfrenta por estas horas desafíos similares al de estas estrellas. El público, la crítica, los productores, se empecinan en encasillarlo en el perfil de villano y le niegan la oportunidad de desplegar su talento histriónico en otros papeles. Él se considera un actor de carácter, capaz de las mimesis más comprometidas, pero son pocos los dispuestos a apostar por tamaño cambio. Pobre Elpidio. Después de tantos protagónicos como malo, su intento por interpretar una víctima rumbea al fracaso. Esto no mellará su vocación artística, sin dudas, pero ha de dolerle en el alma. Es un problema de “physique du rol”, qué va’cer. De bueno, no da. Tendrá que extremar su dotación actoral para lograr credibilidad, asesorarse quizás con Blanca Gaete, hacer algún taller con Héctor Pianetti, secundar a Jovita Fernández. Lo que es ahora, en el papel de héroe es más inverosímil que el senador Oscar Vera haciendo de vikingo.
Para colmo, justo cuando denuncia que unos malvivientes le robaron la recaudación de un festival de las oficinas de la Municipalidad de Santa Rosa, a un inoportuno empresario de la pirotecnia mesopotámico se le ocurre acusarlo por coimero, aprovechando inescrupulosamente el “physique du rol” habitual del lord mayor para dar más realismo a la imputación. Y eso no fue todo. Podría el Elpidio haber sorteado el inconveniente con alguna improvisación si el libreto del robo de la recaudación que le diseñaron no fuera tan flojo. El guionista no está a la altura del genio del actor: la historia empezó con un botín de $200 mil, que después se hicieron $80 mil y terminaron en solo $24 mil. El golpe de efecto de los tres arrestados de ayer a la mañana, inspiración magistral que podría haber significado un vuelco decisivo de la trama, se diluyó por la tarde, cuando liberaron a los sospechosos por falta de pruebas. Capaz que en los próximos capítulos se salven estas inconsistencias, pero avezados empresarios del mundo del espectáculo advierten sobre lo inconveniente de subestimar la paciencia del público. Ya empezaron los ansiosos de siempre a comparar al Elpidio con ex intendentes a los que sistemáticamente se les perdían o les robaban los fondos públicos, como uno del departamento Paclín que formaba en el saadismo en la década del ’80. Se preguntan con insidia si esta obra del robo de la recaudación del festival no se inscribirá en la misma línea dramática.
No debe desesperar el Elpidio. La tenacidad es capital para lograr el éxito, pero no es sencillo para quienes no integran el mundo de las tablas asimilar cambios tan rotundos como los que propone. Debe tener en cuenta la última denuncia por coimas se encadena con otras del mismo tenor y viene precedida de incidentes y acusaciones en su contra de la más variada gama, que van del acaudillamiento cortes de ruta al intento de usurpación de locales, pasando por la clausura del Concejo Deliberante, la expulsión de concejales insumisos, el reclutamiento de matones, el cobro de peajes ilícitos, el hurto y la desaparición de documentación imprescindible para rendir cuentas en hipotéticos anegamientos de oficinas, por poner solo algunos ejemplos que no agotan la casuística. Mucho es para revertir con un solo episodio en el que asume el papel de bueno. Sin ánimo de desalentarlo, acaso deba considerar la posibilidad de resignarse al “physique du rol” que le ha tocado en suerte. Como Toshiro Mifune a los papeles de japonés.