Señor Director:
Señor Director:
Al Tango no se lo puede explicar, pero desde ya que no es un accidente en la vida de nadie. Desde el vientre hay una tendencia a hacer tangos.
El tango es un misterio porque en otros ritmos el sentimiento no es tan arraigado. Al tango se lo lleva dentro de la piel. Hoy, a 54 años de la desaparición física del “Varón del Tango” y revisando crónicas de la época aparece un reportaje en el que el propio Sosa lo aclara: “Entré un día al viejo cine Artigas de Las Piedras (Uruguay) con mis zapatos nuevos y me sorprendió una voz maravillosa y única que partía de la pantalla y un rostro gigantesco que cantaba en primer plano. La película era ‘Luces de Buenos Aires’, el año, 1939, y el rostro y la voz, claro está Carlos Gardel”. Luego describiría el acontecimiento: “Viéndolo y oyéndolo cantar como si realmente estuviera vivo con ese arte maravilloso y único, sentí que el tango se me introducía en las venas como una droga y me prometí en silencio que cuando fuera grande yo también sería cantor. Lo supe allí, a los doce años. Cuando Gardel cantaba, yo bajo el duro asiento de madera pugnaba por liberar mis doloridos pies de los insoportables y estridentes zapatos nuevos”.
Nacido en el seno de una familia muy pobre, Julio Sosa dejó su patria, cruzó el río. En Bs. As. recomenzó la andanza peregrina. Y llegó en esa andanza a un café ya desaparecido de Palermo. Allí su canto hace impacto en más de un parroquiano. Su voz era viril como su figura. Su canción tenía un nimbo de reciedumbre, de rebeldía, de protesta, de escarnio o de angustia que se transmitía al ámbito en que actuaba. Se corrió la noticia. Acudieron músicos y autores a escucharlo. Debutó en la calle Corrientes como cantor de orquesta y pasó al primer plano de la adhesión colectiva. Ya su nombre y apellido tenían un aditamento consagratorio “El Varón del Tango”.
Julio Sosa cantó en Bs. As. en la orquesta de Joaquín Do Reyes, Francini, Pontier, Francisco Rotundo, Armando Pontier y Leopoldo Federico. En los primeros años de la década del 60, cuando los que se consideraban entendidos cantaban anticipadamente los funerales del tango ante el avasallante éxito de los ritmos extranjeros, la voz, el tono, la personalidad de Sosa obraron el milagro, tan exultante como fugaz. Julio Sosa tenía un gran sentido del humor. Solía contar una burlona anécdota: en una ocasión cuando cantaba con Pontier y su nombre ya era conocido, mientras se dirigía a la estación de radio donde actuaba, manejando su motocicleta, un agente de policía lo detuvo por una contravención. Luego de pedirle su registro, comenzó a hacerle una boleta. “Pero agente -le dijo Julio-. Yo soy Julio Sosa y tengo que llegar a un programa de radio”. “¿Julio Sosa?” -contestó el agente- ¿Y qué es eso? Y le cobró tranquilamente la infracción”. En el Cabaret Picadilly tocaba la Orquesta Prancini - Pontier en la que cantaban Raúl Berón y Alberto Podestá. Raúl Hormaza sabía que Raúl Berón dejaría la Orquesta y fue a ver a Pontier y le comentó que había descubierto a un joven cantor que se expresaba de un modo muy particular, para que lo pruebe y ver si podía ocupar la plaza que dejaba libre Berón. Pontier le respondió: “Si es como vos lo pintás, traelo que lo probamos. Cuando Julio Sosa y Armando Pontier estuvieron frente a frente, lo miró a Julio y le preguntó: “¿Qué va a cantar? A lo que Sosa respondió: “Tengo miedo”. Pontier, risueño, le retrucó: “¿El tango, o tiene julepe? Francini no estaba muy convencido, cuando lo vio le parecía muy magro, muy pobre; pero cuando Julio terminó de cantar se miró con Pontier en forma cómplice y le preguntó: “¿Puede debutar esta noche?”. Podestá comentó que se lo presentaron esa noche y que Pontier le pidió que acompañara al nuevo cantante de la orquesta a alquilar un traje, para hacerlo lucir más presentable. A partir de este episodio nació una amistad muy profunda entre Podestá y Sosa, que duró hasta el trágico final del uruguayo. Cabe aclarar que a los cabarets, los porteños iban a bailar. Sin embargo, cuando Sosa interpretó el tango “Tengo miedo” en su debut, fue tal el impacto que produjo que el público dejó de bailar para contemplar a este nuevo fenómeno. Es que Sosa conmovía a todos cuando movía sus manos y acompañaba la canción con sus gestos faciales encarnando en 3 minutos esas historias de vida que son las letras de los tangos.
Había nacido un nuevo ídolo de nuestra canción ciudadana. Quedaron algunas hermosas grabaciones que nos permiten disfrutar esta etapa. Pocos saben que en el repertorio de Sosa había un tango tabú: “En esta tarde gris”, cuya letra pertenece a Contursi. Era reaccionario cantarlo porque, evidentemente, la letra traía a su memoria recuerdos poco gratos. Cuando grabaron “En esta tarde gris, el nudo que se instalaba en su garganta lo ahogaba, por lo que debían detener la grabación y volver a intentarlo. Sosa estaba más distendido, pero al abordar la segunda parte, casi al final de la pieza, en los versos “ven pues te quiero tanto, que si no vienes hoy voy o quedar ahogado en llanto” se le quebró la voz; sin embargo siguió hasta el final. Leopoldo Federico le preguntó: “Julio, ¿repetimos?”, a lo que Julio contestó: “Que quede como está, ya no puedo repetirlo más”.
Vivió a mil por hora, ya que le gustaba la velocidad, y de esa forma encontró la muerte. En la lluviosa madrugada del 26 de noviembre de 1964, Sosa iba rápido por Figueroa Alcorta y Tagle en su auto Unión Fisore. Quiso eludir un camión que salía de una estación de servicio, pero en una mala maniobra se encontró de frente con un indicador de cemento instalado en el medio de la calle, contra el que chocó violentamente. Horas después falleció en el Sanatorio Anchorena y donde nada se pudo hacer para salvarlo. Los que amamos al tango, sentimos una desazón muy grande al enterarnos de este suceso que tronchó su azarosa vida. Hoy, sus tangos tienen la misma vigencia de ese entonces. 200.000 personas lo despidieron después del responso. Los más viejos comentaban que esa ceremonia había sido muy superior a la de Carlos Gardel. La vida de estos dos cantores habían sido paralelas; ambos emergieron de la pobreza, los dos murieron a una edad muy temprana y fue el mismo medio, el tango, el que los llevó a la notoriedad y a ser convertidos en mitos por la opinión del pueblo argentino.
Mario Alonso