A mediados de enero, el Ministerio de Hacienda del Gobierno nacional, a cargo de Nicolás Dujovne, presentó como una buena noticia los resultados de las cuentas fiscales en el ejercicio 2017. Señaló que el resultado primario, aunque abultado (404.142 millones de pesos, un 3,9 por ciento del PBI) arrojaba una reducción del déficit respecto de años anteriores, consecuencia de políticas eficaces de contracción del gasto público, por ejemplo los subsidios en materia de servicios públicos.
La aseveración es, en realidad, una verdad a medias. Esta estrategia de presentar las estadísticas en materia económica desde la perspectiva más conveniente, ignorando o disimulando o subestimando los datos negativos, es costumbre arraigada entre los funcionarios de las áreas vinculadas al tema e incluso entre los propios economistas.
Lo que el ministro evitó decir de manera clara es que, en rigor, el déficit financiero total aumentó, respecto de 2016, de 5,9 a 6,1 por ciento el PBI. ¿Cómo se explica? Dujovne omitió incluir, en el balance final, los pagos de intereses de la deuda externa, lo que eleva el déficit total a 629.050 millones.
Precisamente el gasto que más aumentó en 2017 fue el correspondiente a los desembolsos destinados a pagar los vencimientos de esa deuda: 71 por ciento.
El resultado es congruente con el ciclo de endeudamiento de la economía nacional iniciado en 2016, que ha adquirido un ritmo tan vertiginoso como preocupante.
La preocupación deriva del desequilibrio general de la economía argentina, que amenaza, si no se corrige, con generar progresivamente las condiciones para una nueva crisis de la deuda, que cuando eclosiona deja enormes secuelas económicas, políticas y sociales.
El aumento del déficit total se explica porque el incremento de los pagos de intereses de la deuda fue superior a la reducción del gasto.
Otro aspecto que corrobora el desequilibrio es el resultado del balance comercial del año pasado, que arrojó un déficit récord: 8.471 millones de dólares. El anterior déficit récord se había registrado en 1994. Mientras las importaciones crecieron a un ritmo de casi el 20 por ciento, las exportaciones se mantuvieron casi en los mismos niveles de 2016.
La apertura, en algunos sectores indiscriminada, de las importaciones es una de las causas del déficit comercial externo. Preocuparía menos si hubiese un aumento considerable de la importación de bienes de capital, pues éstos contribuyen a apuntalar un futuro desarrollo industrial. Pero el problema es que se ha incrementado la compra al exterior de productos primarios que la Argentina también produce, lo cual suma un problema adicional, ya no macroeconómico, sino vinculado con la subsistencia de los propios productores locales.
La combinación de déficit fiscal y comercial, incremento del peso de la deuda externa, fuga creciente de capitales, escasez de inversiones y crecimiento extremadamente moderado de la economía, preocupa ya no en el largo plazo, como hasta el año pasado, sino en el mediano y en el corto.
Si no se logran resultados alentadores rápidamente, la economía argentina, que hoy presenta evidentes signos de debilidad, puede tornarse peligrosamente insustentable. Y el Gobierno nacional, lo han dicho sus propios representantes, no tiene un plan B.