La detención de once jerarcas sindicales de la UOCRA-Bahía Blanca, con el secretario general Humberto Monteros en la cima de la lista (ver página 25), cerró una semana provechosa para el relato que la Casa Rosada y el Gobierno de la provincia de Buenos Aires han titulado la lucha contra las mafias. Las imputaciones son las habituales, asociación ilícita y extorsión. En el allanamiento a Monteros se secuestraron 5 millones de pesos y 100 mil dólares ocultos en cajas, bolsas y bolsos, una pistola 9 milímetros, drogas, plantas de marihuana y una máquina para contar plata, cosa de no cansar los dedos y ahorrar saliva. La cacería de malandras amparados en fueros sindicales había dado ya frutos importantes con la captura en Uruguay de Marcelo Balcedo, titular del Sindicato de Obreros y Empleados de Minoridad y Educación (SOEME), pero sobre todo propietario de un patrimonio fabuloso del que forma parte hasta un excéntrico zoológico privado. Entre ambas redadas, se informó que la Unidad de Información Financiera (UIF), que hizo la investigación por lavado de dinero por la que cayó Balcedo, investiga también al jefe del sindicato de porteros, Víctor Santa María, único de los jerarcas que cosechó alguna muestra de solidaridad entre la comunidad política.
- El Ancasti >
- Opinión >
Semana fructífera
Balcedo y Monteros y sus cómplices se suman a la lista de sindicalistas presos que conforman el portuario Omar “Caballo” Suárez y el ex jefe de la UOCRA-La Plata Juan Pablo “Pata” Medina. En las capturas de ambos se hizo muy notorio el sentimiento de impunidad que cunde en el sindicalismo mafioso. Seguramente mermará tras las dos detenciones, pero fue muy significativo el nivel de ostentación en el estilo de vida de Balcedo, que tenía en su chacra uruguaya “El Gran Chaparral”, ubicada en las inmediaciones de Piriápolis, medio millón de pesos, armas de alto calibre y 15 vehículos de alta gama, además del ya mencionado zoológico. Estas desmesuras desplegadas sin el mínimo pudor sólo pueden ser hijas de la estupidez o de la convicción de estar más allá de cualquier ley o poder. La primera hipótesis es inverosímil: Balcedo se convirtió en un magnate desde el control de un gremio muy chico. Más probable es que supusiera, en base a su propia experiencia, que su impunidad no encontraría jamás límites. Igual puede decirse del constructor Monteros y su pandilla de extorsionadores.
La incertidumbre atraviesa al mundo sindical. Ninguno de sus integrantes puede estar seguro de que los caídos en desgracia vayan a mantenerse en silencio por siempre. Vaya a saberse hasta dónde llegan las complicidades, qué conexiones hay en la entreverada trama del sindicalismo criollo. Luego de la detención de Balcedo, el juez que procesó a los barrabravas de Independiente por asociación ilícita pidió que se investigue al clan que lidera el camionero Hugo Moyano, por posibles maniobras de lavado de dinero a través de la institución deportiva que conducen. La embestida produce en un momento político propicio: el contraste entre la ostensible prosperidad alcanzada por los jefes y las modestas condiciones de vida de los trabajadores que dicen representar, por un lado, y las dificultades económicas del país, por el otro, han vaciado de legitimidad a un sistema sindical cuyas gabelas, exigidas vía de extorsión, constituyen la mayor parte del costo laboral argentino.