Uno de los grandes desafíos del gobierno nacional es mostrar una economía con reactivación, pero los datos que confirmen esta tendencia se vienen demorando. Luego de una caída del PBI superior al 2% en el 2016, los datos del primer trimestre de 2017 arrojan una suba casi inexistente: apenas el 0,3 % respecto del mismo período del año pasado, impulsado básicamente por el crecimiento del sector agroexportador, beneficiado por la quita o baja de las retenciones, y del impulso de la obra pública.
Sin embargo, a diferencia de años anteriores, el país está inundado de dólares. Esta situación, que parece expresar un contrasentido, se explica porque la inmensa mayoría de las divisas que ingresaron al país en el último año y medio no fueron en carácter de inversiones orientadas al desarrollo productivo, que genera trabajo y crecimiento, sino a lo que los argentinos denominamos folclóricamente la bicicleta financiera.
La bicicleta financiera, que ha hecho estragos en la economía de nuestro país en otros momentos de la historia –por ejemplo, durante la última dictadura militar- es un mecanismo a través del cual los capitales especulativos ingresan al país para obtener elevados rendimientos financieros en un corto plazo, pero se trata de dólares que no van a la economía real.
El mecanismo preferido por los especuladores en la actual coyuntura es el de prestarle dinero al Estado y obtener a cambio ganancias extraordinarias a través de la compra de las Letras del Banco Central (Lebac). Estas letras dan rendimiento siempre superiores al 25% anual -el año pasado llegó casi al 40%-, con un dólar que permanece estable desde hace casi un año y medio.
Uno de los principales diarios de habla hispana, el diario El País de España, publicó ayer un artículo en el que describe a la Argentina como "un paraíso financiero”. De hecho, el título de la nota es "Argentina, el paraíso financiero donde es más rentable prestar al Estado que invertir”.
En uno de los párrafos del artículo, se lee: "De cada cinco billetes verdes que ingresaron los extranjeros a Argentina este año, cuatro fueron a parar al sector financiero y uno al productivo, según los balances cambiarios del Banco Central: 4.000 millones de dólares frente a 1.071 millones de dólares en los primeros cinco meses de 2017. Las altas tasas de interés que paga Argentina para bajar la inflación explican el festín especulativo; la desconfianza de los inversores extranjeros en la estabilidad argentina a largo plazo, justifican la sequía de inversiones productivas. La mezcla hace que muy pocos tomen el riesgo de invertir en la economía real cuando es más fácil y rápido ganar con la burbuja financiera”.
En un país que padece una grave crisis en el sector industrial y que muestra una caída aún sin piso en el consumo interno, generar un modelo de desarrollo que priorice el sector productivo aparece como el desafío de la hora.
Los modelos de especulación financiera terminan invariablemente mal, como lo prueba la historia argentina de las últimas décadas.