La saga kirchnerista se interna decididamente en el género policial negro. Como en los filmes de “gángsters”, la banda comienza a desplomarse, bajo el peso de traiciones cruzadas que cada traidor justifica en la necesidad de sobrevivir a la debacle o revanchas contra sus antiguos jefes. El proceso se aceleró a partir de la deserción que Cristina Fernández de Kirchner perfeccionó al desentenderse del destino de su ex ministro de Planificación Julio De Vido, preso por corrupción luego de que lo desaforaran sin que sus cofrades de la Cámara de Diputados de la Nación ensayaran defensa alguna. La ex presidenta tampoco demostró empatía con Amado Boudou, encumbrado a la Vicepresidencia por su exclusiva voluntad, cuando lo encanastaron y lo escracharon como carancho en alambrado en el marco de la causa Ciccone. Al decir que solo pone las manos en el fuego por sus hijos, Cristina, cercada también por causas penales, destruyó los últimos vestigios de solidaridad con sus subordinados y allanó el camino al desbande. En el naufragio, la capitana abandona el barco. Los reproches de dirigentes como Luis D’Elía o el ex ministro Aníbal Fernández, expulsados del entorno con el pretexto de su desprestigio –esto es: estigmatizados por sus antiguos camaradas, con la anuencia de la jefa- son lo de menos. Las recriminaciones epistolares de De Vido adquieren carácter de ominosa advertencia en cuanto se las vincula con la conducta asumida por Alejandro Vanderbroele, supuesto testaferro de Boudou que pretende aliviar su situación procesal amparándose en la figura del “arrepentido”: delación premiada con atenuación de penas.
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La deserción y el desbande
El último incidente completa el repertorio de condimentos policíacos, con muerto incluido. En el FIFAgate, una investigación por corrupción de alcance internacional que se desarrolla en Nueva York, Alejandro Burzaco, ex CEO de Torneos y Competencias, confesó que pagó coimas millonarias al extinto titular de la AFA Julio Grondona y dos ex funcionarios del programa “Fútbol para Todos”, un emblema de la gestión “K”. Uno de los ex funcionarios señalados, Jorge Delhon, se suicidó tirándose bajo un tren. El otro, Pablo Paladino, se defendió acusando al trípode de poder kirchnerista: “Cristina, Máximo y Zanini se sentaban con Grondona para hablar de Fútbol Para Todos".
Paladino y Delhon tenían vínculos políticos con Aníbal Fernández, ex jefe de Gabinete. Si bien Burzaco declaró en el FIFAgate, hay en la Argentina una causa abierta por los enjuagues de “Fútbol para Todos” que involucra a Fernández, también apuntado en las causas por el programa “Qunita” y el tráfico de efedrina. Fernández ganó en las últimas horas espacio en la agenda a partir de una carta a Cristina que publicó en facebook. El ex jefe de Gabinete decidió no esperar a estar en la situación de De Vido para darle rienda a su vocación epistolar: exige que la líder se haga cargo de su liderazgo y de lo ocurrido bajo su gestión; le recrimina su ingratitud.
Todos han visto alguna vez la escena cinematográfica en la que los investigadores, a medida que se suceden capturas, muertes e identificaciones, van colocando en un gran mural las fotografías de los delincuentes, con los roles que cumplen en la banda, como si completaran un rompecabezas. En la pandilla “K”, el ex secretario de Transporte Ricardo Jaime fue el primero. Lo siguieron el empresario constructor Lázaro Báez; el ex secretario de Obras Públicas José López; el cuñado de De Vido, Claudio “Mono” Minnicelli; el ex contador de la familia Kirchner, Víctor Manzanares; el propio De Vido y, por último, Boudou. El pique de los tiros empieza a hacerse insoportable, la jefa ha desertado, comienzan las delaciones. Y el “thriller” no se acaba.