EDITORIAL

Peligrosa combinación

martes, 28 de junio de 2016 · 04:00
Un peligroso cóctel de corrupción y crisis económica han puesto en jaque otra vez a la dirigencia política. No debe suponerse que el fantasma de la crisis del 2001-2002, en el que estalló la consigna "que se vayan todos” para expresar el sentimiento popular de hartazgo respecto de sus representantes, sobrevuele el presente, pero hay algunos indicios que hacen pensar que el descontento está creciendo peligrosamente.

Los resonantes casos de corrupción que involucran a decenas de ex funcionarios del gobierno anterior, sumados al escándalo de los Panamá Papers que revelan las cuentas de actuales funcionarios, entre ellas el propio Presidente de la Nación, en paraísos fiscales, suman descreimiento acerca de la transparencia de la dirigencia política.

Es que hay elementos que hacen pensar que los ilícitos que se cometen en el ejercicio de la función pública, o las maniobras para la elusión del pago de las obligaciones tributarias no son casos aislados, sino que forman parte de una matriz, de prácticas que se vinculan directamente con la opacidad estructural de la política argentina.

Habrá que recordar que la crisis de representatividad que caracterizó los años de comienzo de siglo, en el que en cada elección los votos en blanco o impugnados (el voto a Clemente, personaje de historieta que, al no tener manos "no podía robar”, según la interpretación del ingenio popular) sumaban más que la mayoría de las fuerzas políticas, tuvo como ingrediente particular la aguda crisis económica. Hoy la situación, si bien es difícil, está lejos de tener la gravedad de aquella. 

De todos modos, luego de varios años de fuerte crecimiento del PBI, desde hace cuatro períodos la economía muestra signos de estancamiento. Y en los últimos meses se advierten signos preocupantes de deterioro del salario real, pérdida de empleo y caída de la actividad económica.

La combinación de corrupción y recesión tiene impredecibles consecuencias. El desfile de ex funcionarios kirchneristas por los despachos judiciales es una imagen muy fuerte, lo mismo que las postales de la pobreza.

Las crisis de representación suelen generar salidas imprevisibles. En algunos casos, como en España o Grecia, facilitan la irrupción electoral de fuerzas no tradicionales. En otros, forzar rupturas, como lo acontecido con el referéndum en el que la mayoría de los ciudadanos del Reino Unido optaron por la salida de la Unión Europea.

Hay ejemplos también del crecimiento de tendencias autoritarias, como los partidos racistas o neonazis, cuya presencia se ha incrementado en varios países europeos, o de la expansión de expresiones de la antipolítica como la registrada en Italia. 

Es preciso que la solución a los problemas políticos se dé a partir de herramientas generadas por la propia política. Las experiencias antipolíticas suelen agudizar los problemas, además de propiciar el crecimiento de un peligroso sentimiento de disolución.

Pero resulta imprescindible la transformación de las prácticas, de modo que la política deje de ser una actividad para el enriquecimiento de unos pocos y se convierta en otra capaz de elaborar soluciones para la gente, en particular para aquellos que más lo necesitan.

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