sostiene la sabiduría criolla que cuando la carne está baja, cualquier choco se le anima. En el caso de la Unión Cívica Radical catamarqueña, tal disponibilidad es singularmente notoria. Un partido que, objeciones al margen, puede exhibir el mérito de haber comandado la Provincia durante nada menos que dos décadas, superando en ese lapso coyunturas muy críticas, admite sentarse en igualdad de condiciones con facciones insignificantes desde el punto de vista electoral, algunas de las cuales ni siquiera existían en Catamarca hasta hace muy poco tiempo. Aunque tal resignación obedezca, quizás, a la pretensión de agradar al poder nacional, no deja de ser una muestra de decadencia, acaso de desesperación. Sellos partidarios que individualmente no estarían en condiciones de meter siquiera un concejal comparten con el radicalismo la mesa de Cambiemos. El PRO, la Coalición Cívica, el FE o Movilización no podrían reunir el 1% de lo poco o mucho que reuniría la UCR, y, sin embargo, la UCR se somete a la paridad. Entiéndase: no se trata de desacreditar partidos políticos, sino de señalar el hecho de que el protagonismo que algunos alcanzan no guarda relación alguna con su incidencia en el electorado.
Cuando los radicales estaban en el poder, el sellerío era útil para escenificar pluralidad y, de paso, ubicar favoritos de los jerarcas en puestos cómodos y bien rentados. Movilización fue las más destacada beneficiaria de esta metodología, al costo de agotar el legado de su legendario fundador, Mario Dardo "Gato” Aguirre. A cambio de la obsecuencia, sus principales figuras coparon bancas y cargos en el Gobierno boinablanca. Muchos radicales se preguntan ahora para qué sirve continuar con el sistema, si los socios no contribuyen con aportes significativos en votos, dinero o prestigio. Obviamente, la admisión de las condiciones de estos partidos muy minoritarios por parte de los caciques radicales está vinculada a las supuestas relaciones que algunos tienen con sectores del macrismo y al temor de que tasarlos conforme a su estricta representación electoral genere represalias. Cabe cuestionar los fundamentos de tales prevenciones, a partir de una pregunta simple: ¿está en condiciones de armar el macrismo una oferta electoral competitiva en Catamarca sin el concurso de la UCR provinciana, por ejemplo con Movilización? Una sanción nacional al radicalismo por desaires a sus socios solo podría traducirse eficazmente a través de una alianza con el Gobierno provincial, que más allá de sus buenos modales se resiste a identificarse políticamente con la Casa Rosada. Les falta a los radicales audacia, sin dudas, y esta minusvalía le demanda los costos concretos de espacios en las listas del año que viene, costos que suponen por añadidura tensiones puertas adentro. No faltan los que piensan que a esta altura podría ser más conveniente configurar la propuesta sin considerar las pretensiones de los "socios chicos” con ínfulas de autonomía, tal vez con algún camuflado que responda a sectores de la UCR aunque se cuelgue carteles de otro signo. O, dado el raquitismo electoral de los actuales, cambiar de "socios chicos”.
Más allá de las fronteras del radicalismo, las inquietudes que impiden a los boinablancas estructurar Cambiemos con criterios más ajustados a la realidad política provincial reflejan los alcances del centralismo, más largos en distritos de padrón liviano como el catamarqueño. Que el Gobierno lo padece es obvio: confrontar con la Nación podría acarrear consecuencias económicas demasiado gravosas. La oposición radical, sin embargo, se las arregló bastante bien para mantenerse entonada tras el tremendo golpe que significó perder el Gobierno en 2011, sin que el partido que ahora preside la Nación colaborara demasiado y, sobre todo, sin que los "socios chicos” tuvieran incidencia destacable.