La fecha del evento coincidió con el encuentro del G20. El objetivo
central de esta organización es el de conformar un foro neutral que ayude a
encontrar soluciones prácticas a los problemas de conservación y desarrollo,
dentro de un marco que proteja la biodiversidad del planeta, porque al hacerlo
se atienden los desafíos mayores del momento, como el cambio climático, el
desarrollo sustentable y la seguridad alimenticia, a nivel mundial y local.
La
organización tiene estatus reconocido por las Naciones Unidas, donde ocupa su
lugar como Observador. En la Unión
participan unas 1.200 organizaciones, incluyendo 200 gubernamentales y 900 no
gubernamentales. Sus conclusiones están avaladas por unos 11.000 científicos agrupados
en seis comisiones en 160 países. Pueden formar parte de la organización las agencias
gubernamentales, las instituciones educativas superiores, las organizaciones no
gubernamentales.
Los individuos tienen la opción de asociarse solamente a las
comisiones. Informo esto por si acaso en Catamarca alguien quisiera ser parte
de la misma. La importancia de la reunión se manifestó por la cantidad y la calidad
de los participantes, unos 6.000, entre los cuales se encontraban académicos, científicos,
indígenas, ambientalistas y representantes de organizaciones que comparten el
mismo objetivo de defender la naturaleza.
Esos miles de participantes
representaron a 170 países, cuyo objetivo en común fue generar iniciativas que
permitieran balancear la relación entre la humanidad y la naturaleza, con el
fin de crear un medio ambiente saludable que soporte nuestra existencia,
nuestra cultura e identidad espiritual, nuestra economía y bienestar. Tal el
objetivo oficial del encuentro.
Cabe notar que la conferencia se realiza cada
10 años más o menos para evaluar el estado de las 209.000 áreas protegidas del
mundo, que cubren un 15,4% del planeta (tierra firme más ríos y lagos), y el
3,4% de los océanos. Aumentar estas áreas protegidas evitaría o controlaría la
posibilidad de un ataque de estos "elefantes negros.” El tema en discusión fue cómo
hacerlo.
Las conclusiones de la conferencia acerca de la responsabilidad por los
problemas actuales reconoce un claro culpable: el impacto humano sobre la naturaleza
como consecuencia de una cultura consumista por parte de una población en
constante y explosivo crecimiento, lo cual exacerba la actividad industrial y
económica que reclama más y más eficiencia para justificarse a sí misma, con sus
inevitables consecuencias aleatorias de una mayor degradación de la naturaleza.
Según cuenta Friedman, el congreso fue la tribuna desde la cual muchos
participantes revelaron al mundo la constante lucha en sus naciones de origen
para frenar los agentes activos del deterioro ambiental, aclarar errores y
promover correcciones en relación al manejo y administración de la naturaleza. Russ
Mittermeier, uno de los más importantes especialistas en primates del mundo, reclamó
entender que un bosque protegido, un santuario o un parque nacional no son
zoológicos al aire libre, sino "sistemas de soporte básico de la vida.”
Por lo
tanto, sostuvo, la protección de esos espacios está directamente ligada a la preservación
de la vida humana, lo cual debería fijar un límite en su eventual uso, incluido
el económico. Como ejemplo de ese mal uso del espacio se citó el caso de San
Pablo, Brasil, donde se talaron todos los árboles de las lomadas alrededor de la
ciudad para acomodar el crecimiento demográfico, entre otras cosas. Al hacerlo
también destruyeron las fuentes naturales de agua dulce de la ciudad.
Como
consecuencia de ello, hoy la población sufre prolongadas sequías, no tienen
suficiente agua para atender la demanda de la población y pierden miles de
puestos de trabajo por mes. Otro participante, Onodelgerekh Batkhuu, Director del Centro Ecológico
de Mongolia, contó de su lucha con los hoteleros para preservar el Parque
Nacional del Lago Hovsgol de la explotación hotelera.
Ese lago contiene el 70%
del agua dulce superficial de ese país, que a su vez representa el 2% del agua
dulce mundial y es la cabeza de cuenca del Lago Baikal en Siberia. El peligro
aquí está representado por la presión de las compañías hoteleras para crear
espacios turísticos a la vera del lago. El problema, según Batkhuu, es cómo
hacerles entender a los inversores que mantener el agua en su estado natural de
alta pureza es, a la larga, más importante que sus negocios.
A su turno, Emmanuel de Merode, Director del Parque Virunga en la
República Democrática del Congo, un sitio protegido por la Unesco, recordando
al igual que Mitermeier que un espacio
protegido no es un zoológico al aire libre, hizo pública su lucha por preservar
ese espacio de las incursiones de los grupos guerrilleros que luchan por el
poder, de las bandas criminales que matan animales para sacarles partes que
luego venden y de los exploradores de petróleo.
La urgencia de esa lucha ya les
costó la vida a 140 guardabosques que trabajan para ese parque. Según su
propuesta, Virunga ofrece al Congo las bases naturales para su posible
desarrollo: energía hidroeléctrica, pesca, ecoturismo y la posibilidad de una agricultura sustentable, siempre y cuando se
respeten sus límites de uso. Una de las intervenciones que puede interesar más a nuestro entorno
político es la ofrecida por Carlos Manuel Rodríguez, ex ministro de energía y
medio ambiente de Costa Rica, actualmente presidente de International
Conservation.
Su visión es importante por venir de un país hispano como el
nuestro y con estructuras de gobierno similares a las nuestras. Según él, en
muchos países el problema es la subordinación del área de administración
forestal a los ministerios o secretarías de agricultura.
Según este especialista,
es común que los ministerios de agricultura vean un bosque, un monte o un
parque como un montón de leña que debe
ser arrancado de cuajo para que haga lugar a tareas "productivas,” como el
sembrado de soja u otros granos, o para ofrecer pasturas para la crianza de
ganado. Por el contrario, para los ministerios forestales y los de medio
ambiente los bosques son un reservorio
natural para acumular o liberar carbono, un espacio de biodiversidad, un
generador de agua dulce, un productor de alimentos, una máquina de adaptación
climática y un sitio de turismo.
Obviamente, el tema nos toca de cerca porque
esas áreas de gobierno existen entre nosotros y porque en la zona actúan organismos
como el INTA, que asesora a los productores agrícolas. Como no sé del alcance
de esos asesoramientos en relación a la preservación del monte nativo, prefiero
dejar la inquietud de saberlo a quienes dominan este tema.
No menos interesante por su conexión con nuestra geografía fue la
exposición de John Gross, un ecologista que trabajó para el Servicio Nacional
de Parques en EE.UU. por 20 años. Gross mostró a través de un programa de
simulación de la NASA el efecto del calentamiento global sobre el famoso
Yellowstone Park.
Aquí, este fenómeno planetario se manifiesta sobre la nieve,
la cual ahora se derrite más temprano de lo que lo hacía en el pasado. Pero, una
nieve que se derrite antes de tiempo implica una mayor pérdida de agua por
evaporación y un escurrimiento superficial a mayor velocidad, lo cual a su vez
extiende la temporada de incendios al exponer el terreno a la intemperie.
Mucha
gente le da poca importancia a lo que está pasando, creyendo erróneamente que
porque es un parque y no vive gente en él, la cosa no es tan seria. Sin embargo
olvidan que Yellowstone es la fuente de dos ríos, el Yellowstone y el de Las
Víboras, de los cuales millones de personas, entre ellos agricultores y
pequeñas comunidades, toman su agua río abajo.
Olvidan que lo que pasa en
Yellowstone repercute más allá de sus bordes. En una palabra, no comprenden que
el hecho de que la nieve desaparezca antes de tiempo por el calentamiento
global hace que los ríos lleguen al verano –que es cuando más los necesitan-
con sus caudales disminuidos. Dada la similitud geográfica de Catamarca con la de Yellowstone, la
presentación de Gross tiene, de alguna manera, alguna conexión con nuestra
situación.
Creo que no sería equivocado sugerir que nuestro Yellowstone es el
cordón del Ambato, ya que nuestra montaña es la base desde donde se alimentan
los ríos que mantienen a flote El Jumeal y Pirquitas, nuestras principales fuentes
de agua, junto al Río Los Angeles, que se pierde en El Pantanillo para llenar
el subsuelo y hacer posible la extracción del agua que alimenta las industrias
radicadas en ese lugar. Obviamente, no pretendo negar las contribuciones de
otros accidentes geográficos como Aconquija o Ancasti, pero creo que no nos
equivocamos si decimos que el Ambato y su nieve son esencialmente nuestra principal
fuente de agua en el Valle de Catamarca.
Desconocemos si estos espacios
ambateños están protegidos por alguna ley contra la depredación humana, pero si
nos guiamos por lo que vemos en el Río El Tala, las conclusiones son
preocupantes. En efecto, como cualquiera lo puede apreciar desde la ruta a El
Rodeo, existen a lo largo de la misma casas hermosas que evidencian un
establecimiento bien planificado y legal y también ranchadas precarias, todas con
sus respectivos pozos ciegos que obviamente filtran sus contenidos bacterianos
a las aguas del río, ya sea directamente o a través de esas pequeñas vertientes
que bajan como un hilito de agua entre los helechos de la barranca, camino al
cauce, después de pasar posiblemente por esas letrinas.
Ese cauce es el que
desemboca en El Jumeal, de donde la ciudad toma en parte su suministro de agua.
Que cada uno saque sus conclusiones.
Sin embargo, no solamente el Río El Tala demuestra la ligereza con que
se toma a la naturaleza en nuestro medio. La dolorosa tragedia de no hace mucho
en El Rodeo quizás sea uno de esos "elefantes
negros” que se podría haber evitado si se hubiera actuado a tiempo, mucho antes
de que sucediera.
Ya con la calma que impone el tiempo pasado, no sería irracional
adjudicar la misma a la convergencia de dos equivocaciones: la primera al
considerar improbable una crecida como la que ocurrió, una apuesta infundada
científicamente y sumamente peligrosa en un río de montaña; la segunda al no actuar
a tiempo para impedir cualquier construcción a menos de 10 o 20 metros de la
margen reconocida del río para su creciente centenaria.
Como al elefante del
bazar, seguramente todos vieron esas construcciones, por años, incluso las
autoridades, pero nadie les prestó atención y las dejaron estar quizás aun sabiendo
del peligro que corrían o por negligencia, pensando equivocadamente que conocían
al río.
De vista al futuro, nos permitimos recordar a las autoridades actuales
y a las por venir, que el pronóstico de los efectos del calentamiento global
para el noroeste argentino es conocido y terminante: deberemos acostumbrarnos a
las tormentas recias, con gran incidencia de rayos y diluvios de corta
duración. Ya conocemos de sobra los efectos que esto tiene sobre los ríos de
montaña. Que nadie diga en el futuro que no fue advertido.
Sin embargo, en Catamarca hay otros "elefantes negros” al acecho que requieren
una acción. Sin pretender obviar la mejor opinión de profesionales
especializados, preocupa ver la desidia ante los asentamientos en el mismo
cauce del Río del Valle entre Av. Pte. Castillo y Acosta Villafañe y zonas
aledañas, la anárquica ocupación de los espacios sobre todo cercanos a los ríos
y los desmontes salvajes que acompañan a otros, el ver y usar los cauces secos
de los ríos como meras canteras de arena para la construcción, el usar esos
mismos cauces como vertederos de basura y residuos cloacales al sur de la
ciudad, los desarrollos urbanísticos en los faldeos, las pendientes peligrosas en
los cortes de los cerros que bordean las rutas, en particular la del Totoral,
que las hacen altamente peligrosas en tiempos de lluvia, por mencionar algunos. De no existir, creemos que
para evitar las nuevas catástrofes ligadas al cambio climático se debería
comenzar haciendo un censo de los problemas que necesitan atención.
Esta
necesidad generaría una buena oportunidad para que el gobierno, la universidad
y la comunidad trabajen juntos.Obviamente, ni nuestra provincia ni nuestro país son víctimas solamente de
sus propias carencias o falencias. A nosotros también nos llegan los efectos de
la desidia y la ambición en otros países de la región.
Aquí nos referimos a la
Amazonia, en proceso de franca destrucción por el avance despiadado del hombre,
que no vacila en talar el bosque, destruir la biodiversidad y desalojar
indígenas con el fin de ganar espacio para sus negocios. Según el Ministerio de
Ciencia y Tecnología de Brasil, en 2013 se arrasaron 5.843 Km cuadrados. Desde
el año 2000, esa destrucción avanza a razón de 50 estadios de fútbol por minuto
según el diario inglés The Guardian. Hoy solamente queda un 80% de la Amazonia
del año 1970. Supera los alcances de este artículo extenderme sobre las
consecuencias que tal destrucción tendrá sobre el planeta en caso de seguir. Cabe preguntarse cuál es la causa principal de esta devastadora destrucción
del bosque amazónico.
La respuesta es la misma que explica el arrasamiento de
gran parte del monte en el norte argentino: la siembra de soja, cuyo alto
precio en el mercado internacional despertó en los últimos veinte años una
codicia desenfrenada que impuso el comportamiento salvaje del "ahora o nunca”
para hacerse rico en corto tiempo.
Allí como aquí, al margen quedaron las
consecuencias nefastas de esa invasión destructiva de la naturaleza para la diversidad.
Naturalmente, el este catamarqueño da testimonio de esa conducta
económica a costa del monte nativo. Sin embargo, con el tiempo la historia se
repetirá y pagaremos una vez más por la estupidez de apostar al monocultivo en
vez de diversificar nuestra producción agrícola.
Por lo pronto baste decir que
ya asomó la amenaza del final del ciclo para la soja, manifestada en la caída
de su precio internacional en un 40% entre abril y noviembre de este año. El
mismo proceso se está dando para el oro. Nos preguntamos qué quedará de ese
boom agrícola si la caída del precio obliga a volver a los tiempos anteriores
del trigo, la cebada y el maíz.
No conocemos la respuesta en el plano
económico, pero sí en el geográfico: ahí quedarán esos campos abandonados al
viento para transformarse en un tierral degradado e inútil para la agricultura
y aún para la vida silvestre, al haber desaparecido las fuentes naturales de alimentación
de los mamíferos y las aves silvestres. Los gobiernos y la sociedad aledaña a
esos campos ya deberían estar discutiendo cómo van a enfrentar los problemas
derivados de esa situación.
Una pequeña anécdota personal ilustrará el drama asociado a la soja en
lo social. Recuerdo que hace unos años subió a la combi que me llevaba a Frías una
anciana de unos 80 años. Lo hizo un poco más allá de Los Altos. Ella iba a cobrar su magra pensión; yo a
recobrar mis recuerdos de una niñez maravillosa en mi pago de Ancaján.
Con la
dignidad de la anciana campesina acostumbrada a la vida dura del campo y como
aceptando sin quejarse las decisiones de un destino que no entendía, me contaba
cómo, en su ranchito donde por generaciones había vivido su familia rodeada de
sus animales, de golpe se vio rodeada de una alambrada que no solamente le
cerró el acceso a la leña y otras menudencias que suponía que siempre habían
sido suyas, sino que le limitaba los recursos alimenticios a sus pocas cabras.
Ella
pudo adaptarse, pero sus animales, que no entendían de derechos de propiedad, siguieron
cruzando la alambrada, a lo que el mayordomo de la estancia respondía
matándolos. No me hizo falta nada más para comprender la magnitud de la
tragedia humana asociada al gran negocio de la soja. Ni los animales domésticos
se salvaban. Qué podían esperar los zorros, los quirquinchos, las perdices, las
vizcachas, las chuñas, las catas, los quililos o los quetubíes entre los cuales
me había criado de chango, si ni los viejos se salvaban.
No quisiéramos terminar estas líneas sin hablar del agua en Catamarca,
ya que su uso, manejo y conservación como recurso están relacionados al tema
del congreso en Australia. Permítasenos
remitirnos a lo que se escuchaba allá por finales de la década del 80 en los
corrillos universitarios, cuando era parte de la UNCa. Esos comentarios reflejaban
la preocupación de los especialistas en hidrología, medio ambiente y geología ante
la idea generalizada de la irrestricta disponibilidad de agua en el valle
central, como para satisfacer las demandas de las empresas que venían o iban a
venir al Pantanillo, y que al final no vinieron o se fueron.
Por entonces se imaginaba al Pantanillo como
un parque industrial con decenas de empresas radicadas, dando empleo a miles de
trabajadores. A 30 años de aquellos
sueños no sé qué quedó de aquellas preocupaciones. Sin embargo, desde el punto
de vista de la demanda, las cosas siguen iguales, sólo que esta vez lo que
demanda es la explosión demográfica en el valle central.
Por lo tanto, la
pregunta de hoy sigue siendo la misma de hace 25 años atrás: ¿Tiene el valle
central la capacidad acuífera como para soportar la dinámica de crecimiento
demográfico que se da en este momento? Obviamente, no tenemos la respuesta ni
sabemos si se estudia el tema. Dejamos la inquietud a los hidrólogos.
Las conclusiones de la
conferencia dicen que, por suerte, cada vez hay mayor cantidad de gente que comprende
el valor de preservar los ecosistemas como parte de la seguridad económica
nacional. Lamentan, sin embargo, que el
poder de las grandes corporaciones, sumado a la persistencia de la corrupción
en los estados sigan definiendo los
límites de la naturaleza: qué se puede destruir y qué no.
Como dice Adam
Sweidan, fundador y presidente de Synchronicity Earth, "los vampiros siguen a cargo de los bancos de
sangre,” y esto es lo trágico para nuestras sociedades. Sin embargo, esto no alcanza
para encubrir la verdad: si de salvar el planeta se trata, el abuso de la
naturaleza tiene que detenerse si es que queremos sobrevivir. Después de todo,
el planeta siempre estará donde está.
La continuidad o no de nosotros, los
humanos, es el tema de fondo.