viernes 3 de abril de 2026

El deterioro de la naturaleza. Los nuevos “elefantes negros”

Por Rodolfo Schweizer. Especial para El Ancasti-Noviembre, 2014

Por Redacción El Ancasti

Según el prestigioso columnista del New York Times Thomas Friedman, una de las más interesantes acuñaciones del Congreso Mundial sobre Parques en Sidney, Australia, fue la de una nueva frase: un "elefante negro.” Por tal concepto se entiende una cruza imaginaria entre un "cisne negro,” que define a un evento como inesperado o improbable, pero con enormes ramificaciones, y un "elefante en el bazar,” que expresa un problema visible para todos, pero sobre el cual nadie quiere hacer nada.

Nada más acertado, porque las catástrofes ambientales de hoy en día son como ese "elefante negro,” situaciones que todos consideran improbables, pero que luego de ocurridas todos las ven como si no hubieran tenido indicios de lo que podría ocurrir.

En la conferencia se señaló que esos problemas están relacionados al calentamiento global, a la desforestación, a la acidificación de los océanos, a la extinción de miles de especies y a la masiva polución de las fuentes de agua dulce. También quedó claro que si bien se está hablando de estos problemas, el nivel de las discusiones no alcanza la premura que debería tener. Peor aún, si todos estallaran al mismo tiempo, su efecto sería el mismo que el de una manada de "elefantes negros,” una catástrofe.

Como veremos más abajo, hay muchos "elefantes negros” durmiendo a nuestros pies, incluso en nuestra zona, en Catamarca. El encuentro de Sidney fue organizado por IUCN, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza con sede en Ginebra, una organización internacional fundada en 1948, lo que la acredita como la más antigua en el área ambientalista en el mundo.

La fecha del evento coincidió con el encuentro del G20. El objetivo central de esta organización es el de conformar un foro neutral que ayude a encontrar soluciones prácticas a los problemas de conservación y desarrollo, dentro de un marco que proteja la biodiversidad del planeta, porque al hacerlo se atienden los desafíos mayores del momento, como el cambio climático, el desarrollo sustentable y la seguridad alimenticia, a nivel mundial y local.

La organización tiene estatus reconocido por las Naciones Unidas, donde ocupa su lugar como Observador. En la Unión participan unas 1.200 organizaciones, incluyendo 200 gubernamentales y 900 no gubernamentales. Sus conclusiones están avaladas por unos 11.000 científicos agrupados en seis comisiones en 160 países. Pueden formar parte de la organización las agencias gubernamentales, las instituciones educativas superiores, las organizaciones no gubernamentales.

Los individuos tienen la opción de asociarse solamente a las comisiones. Informo esto por si acaso en Catamarca alguien quisiera ser parte de la misma.  La importancia de la reunión se manifestó por la cantidad y la calidad de los participantes, unos 6.000, entre los cuales se encontraban académicos, científicos, indígenas, ambientalistas y representantes de organizaciones que comparten el mismo objetivo de defender la naturaleza.

Esos miles de participantes representaron a 170 países, cuyo objetivo en común fue generar iniciativas que permitieran balancear la relación entre la humanidad y la naturaleza, con el fin de crear un medio ambiente saludable que soporte nuestra existencia, nuestra cultura e identidad espiritual, nuestra economía y bienestar. Tal el objetivo oficial del encuentro.

Cabe notar que la conferencia se realiza cada 10 años más o menos para evaluar el estado de las 209.000 áreas protegidas del mundo, que cubren un 15,4% del planeta (tierra firme más ríos y lagos), y el 3,4% de los océanos. Aumentar estas áreas protegidas evitaría o controlaría la posibilidad de un ataque de estos "elefantes negros.” El tema en discusión fue cómo hacerlo.

Las conclusiones de la conferencia acerca de la responsabilidad por los problemas actuales reconoce un claro culpable: el impacto humano sobre la naturaleza como consecuencia de una cultura consumista por parte de una población en constante y explosivo crecimiento, lo cual exacerba la actividad industrial y económica que reclama más y más eficiencia para justificarse a sí misma, con sus inevitables consecuencias aleatorias de una mayor degradación de la naturaleza.

Según cuenta Friedman, el congreso fue la tribuna desde la cual muchos participantes revelaron al mundo la constante lucha en sus naciones de origen para frenar los agentes activos del deterioro ambiental, aclarar errores y promover correcciones en relación al manejo y administración de la naturaleza. Russ Mittermeier, uno de los más importantes especialistas en primates del mundo, reclamó entender que un bosque protegido, un santuario o un parque nacional no son zoológicos al aire libre, sino "sistemas de soporte básico de la vida.”

Por lo tanto, sostuvo, la protección de esos espacios está directamente ligada a la preservación de la vida humana, lo cual debería fijar un límite en su eventual uso, incluido el económico. Como ejemplo de ese mal uso del espacio se citó el caso de San Pablo, Brasil, donde se talaron todos los árboles de las lomadas alrededor de la ciudad para acomodar el crecimiento demográfico, entre otras cosas. Al hacerlo también destruyeron las fuentes naturales de agua dulce de la ciudad.

Como consecuencia de ello, hoy la población sufre prolongadas sequías, no tienen suficiente agua para atender la demanda de la población y pierden miles de puestos de trabajo por mes. Otro participante, Onodelgerekh Batkhuu, Director del Centro Ecológico de Mongolia, contó de su lucha con los hoteleros para preservar el Parque Nacional del Lago Hovsgol de la explotación hotelera.

Ese lago contiene el 70% del agua dulce superficial de ese país, que a su vez representa el 2% del agua dulce mundial y es la cabeza de cuenca del Lago Baikal en Siberia. El peligro aquí está representado por la presión de las compañías hoteleras para crear espacios turísticos a la vera del lago. El problema, según Batkhuu, es cómo hacerles entender a los inversores que mantener el agua en su estado natural de alta pureza es, a la larga, más importante que sus negocios.

A su turno, Emmanuel de Merode, Director del Parque Virunga en la República Democrática del Congo, un sitio protegido por la Unesco, recordando al igual que  Mitermeier que un espacio protegido no es un zoológico al aire libre, hizo pública su lucha por preservar ese espacio de las incursiones de los grupos guerrilleros que luchan por el poder, de las bandas criminales que matan animales para sacarles partes que luego venden y de los exploradores de petróleo.

La urgencia de esa lucha ya les costó la vida a 140 guardabosques que trabajan para ese parque. Según su propuesta, Virunga ofrece al Congo las bases naturales para su posible desarrollo: energía hidroeléctrica, pesca, ecoturismo y la posibilidad de una  agricultura sustentable, siempre y cuando se respeten sus límites de uso. Una de las intervenciones que puede interesar más a nuestro entorno político es la ofrecida por Carlos Manuel Rodríguez, ex ministro de energía y medio ambiente de Costa Rica, actualmente presidente de International Conservation.

Su visión es importante por venir de un país hispano como el nuestro y con estructuras de gobierno similares a las nuestras. Según él, en muchos países el problema es la subordinación del área de administración forestal a los ministerios o secretarías de agricultura.

Según este especialista, es común que los ministerios de agricultura vean un bosque, un monte o un parque  como un montón de leña que debe ser arrancado de cuajo para que haga lugar a tareas "productivas,” como el sembrado de soja u otros granos, o para ofrecer pasturas para la crianza de ganado. Por el contrario, para los ministerios forestales y los de medio ambiente los bosques son  un reservorio natural para acumular o liberar carbono, un espacio de biodiversidad, un generador de agua dulce, un productor de alimentos, una máquina de adaptación climática y un sitio de turismo.

Obviamente, el tema nos toca de cerca porque esas áreas de gobierno existen entre nosotros y porque en la zona actúan organismos como el INTA, que asesora a los productores agrícolas. Como no sé del alcance de esos asesoramientos en relación a la preservación del monte nativo, prefiero dejar la inquietud de saberlo a quienes dominan este tema.

No menos interesante por su conexión con nuestra geografía fue la exposición de John Gross, un ecologista que trabajó para el Servicio Nacional de Parques en EE.UU. por 20 años. Gross mostró a través de un programa de simulación de la NASA el efecto del calentamiento global sobre el famoso Yellowstone Park.

Aquí, este fenómeno planetario se manifiesta sobre la nieve, la cual ahora se derrite más temprano de lo que lo hacía en el pasado. Pero, una nieve que se derrite antes de tiempo implica una mayor pérdida de agua por evaporación y un escurrimiento superficial a mayor velocidad, lo cual a su vez extiende la temporada de incendios al exponer el terreno a la intemperie.

Mucha gente le da poca importancia a lo que está pasando, creyendo erróneamente que porque es un parque y no vive gente en él, la cosa no es tan seria. Sin embargo olvidan que Yellowstone es la fuente de dos ríos, el Yellowstone y el de Las Víboras, de los cuales millones de personas, entre ellos agricultores y pequeñas comunidades, toman su agua río abajo.

Olvidan que lo que pasa en Yellowstone repercute más allá de sus bordes. En una palabra, no comprenden que el hecho de que la nieve desaparezca antes de tiempo por el calentamiento global hace que los ríos lleguen al verano –que es cuando más los necesitan- con sus caudales disminuidos. Dada la similitud geográfica de Catamarca con la de Yellowstone, la presentación de Gross tiene, de alguna manera, alguna conexión con nuestra situación.

Creo que no sería equivocado sugerir que nuestro Yellowstone es el cordón del Ambato, ya que nuestra montaña es la base desde donde se alimentan los ríos que mantienen a flote El Jumeal y Pirquitas, nuestras principales fuentes de agua, junto al Río Los Angeles, que se pierde en El Pantanillo para llenar el subsuelo y hacer posible la extracción del agua que alimenta las industrias radicadas en ese lugar. Obviamente, no pretendo negar las contribuciones de otros accidentes geográficos como Aconquija o Ancasti, pero creo que no nos equivocamos si decimos que el Ambato y su nieve son esencialmente nuestra principal fuente de agua en el Valle de Catamarca.

Desconocemos si estos espacios ambateños están protegidos por alguna ley contra la depredación humana, pero si nos guiamos por lo que vemos en el Río El Tala, las conclusiones son preocupantes. En efecto, como cualquiera lo puede apreciar desde la ruta a El Rodeo, existen a lo largo de la misma casas hermosas que evidencian un establecimiento bien planificado y legal y también ranchadas precarias, todas con sus respectivos pozos ciegos que obviamente filtran sus contenidos bacterianos a las aguas del río, ya sea directamente o a través de esas pequeñas vertientes que bajan como un hilito de agua entre los helechos de la barranca, camino al cauce, después de pasar posiblemente por esas letrinas.

Ese cauce es el que desemboca en El Jumeal, de donde la ciudad toma en parte su suministro de agua. Que cada uno saque sus conclusiones.

Sin embargo, no solamente el Río El Tala demuestra la ligereza con que se toma a la naturaleza en nuestro medio. La dolorosa tragedia de no hace mucho en El Rodeo quizás sea  uno de esos "elefantes negros” que se podría haber evitado si se hubiera actuado a tiempo, mucho antes de que sucediera.

Ya con la calma que impone el tiempo pasado, no sería irracional adjudicar la misma a la convergencia de dos equivocaciones: la primera al considerar improbable una crecida como la que ocurrió, una apuesta infundada científicamente y sumamente peligrosa en un río de montaña; la segunda al no actuar a tiempo para impedir cualquier construcción a menos de 10 o 20 metros de la margen reconocida del río para su creciente centenaria.

Como al elefante del bazar, seguramente todos vieron esas construcciones, por años, incluso las autoridades, pero nadie les prestó atención y las dejaron estar quizás aun sabiendo del peligro que corrían o por negligencia, pensando equivocadamente que conocían al río.

De vista al futuro, nos permitimos recordar a las autoridades actuales y a las por venir, que el pronóstico de los efectos del calentamiento global para el noroeste argentino es conocido y terminante: deberemos acostumbrarnos a las tormentas recias, con gran incidencia de rayos y diluvios de corta duración. Ya conocemos de sobra los efectos que esto tiene sobre los ríos de montaña. Que nadie diga en el futuro que no fue advertido.

Sin embargo, en Catamarca hay otros "elefantes negros” al acecho que requieren una acción. Sin pretender obviar la mejor opinión de profesionales especializados, preocupa ver la desidia ante los asentamientos en el mismo cauce del Río del Valle entre Av. Pte. Castillo y Acosta Villafañe y zonas aledañas, la anárquica ocupación de los espacios sobre todo cercanos a los ríos y los desmontes salvajes que acompañan a otros, el ver y usar los cauces secos de los ríos como meras canteras de arena para la construcción, el usar esos mismos cauces como vertederos de basura y residuos cloacales al sur de la ciudad, los desarrollos urbanísticos en los faldeos, las pendientes peligrosas en los cortes de los cerros que bordean las rutas, en particular la del Totoral, que las hacen altamente peligrosas en tiempos de lluvia, por  mencionar algunos. De no existir, creemos que para evitar las nuevas catástrofes ligadas al cambio climático se debería comenzar haciendo un censo de los problemas que necesitan atención.

Esta necesidad generaría una buena oportunidad para que el gobierno, la universidad y la comunidad trabajen juntos.Obviamente, ni nuestra provincia ni nuestro país son víctimas solamente de sus propias carencias o falencias. A nosotros también nos llegan los efectos de la desidia y la ambición en otros países de la región.

Aquí nos referimos a la Amazonia, en proceso de franca destrucción por el avance despiadado del hombre, que no vacila en talar el bosque, destruir la biodiversidad y desalojar indígenas con el fin de ganar espacio para sus negocios. Según el Ministerio de Ciencia y Tecnología de Brasil, en 2013 se arrasaron 5.843 Km cuadrados. Desde el año 2000, esa destrucción avanza a razón de 50 estadios de fútbol por minuto según el diario inglés The Guardian. Hoy solamente queda un 80% de la Amazonia del año 1970. Supera los alcances de este artículo extenderme sobre las consecuencias que tal destrucción tendrá sobre el planeta en caso de seguir. Cabe preguntarse cuál es la causa principal de esta devastadora destrucción del bosque amazónico.

La respuesta es la misma que explica el arrasamiento de gran parte del monte en el norte argentino: la siembra de soja, cuyo alto precio en el mercado internacional despertó en los últimos veinte años una codicia desenfrenada que impuso el comportamiento salvaje del "ahora o nunca” para hacerse rico en corto tiempo.

Allí como aquí, al margen quedaron las consecuencias nefastas de esa invasión destructiva de la naturaleza para la diversidad. Naturalmente, el este catamarqueño da testimonio de esa conducta económica a costa del monte nativo. Sin embargo, con el tiempo la historia se repetirá y pagaremos una vez más por la estupidez de apostar al monocultivo en vez de diversificar nuestra producción agrícola.

Por lo pronto baste decir que ya asomó la amenaza del final del ciclo para la soja, manifestada en la caída de su precio internacional en un 40% entre abril y noviembre de este año. El mismo proceso se está dando para el oro. Nos preguntamos qué quedará de ese boom agrícola si la caída del precio obliga a volver a los tiempos anteriores del trigo, la cebada y el maíz.

No conocemos la respuesta en el plano económico, pero sí en el geográfico: ahí quedarán esos campos abandonados al viento para transformarse en un tierral degradado e inútil para la agricultura y aún para la vida silvestre, al haber desaparecido las fuentes naturales de alimentación de los mamíferos y las aves silvestres. Los gobiernos y la sociedad aledaña a esos campos ya deberían estar discutiendo cómo van a enfrentar los problemas derivados de esa situación.

Una pequeña anécdota personal ilustrará el drama asociado a la soja en lo social. Recuerdo que hace unos años subió a la combi que me llevaba a Frías una anciana de unos 80 años. Lo hizo un poco más allá de Los Altos.  Ella iba a cobrar su magra pensión; yo a recobrar mis recuerdos de una niñez maravillosa en mi pago de Ancaján.

Con la dignidad de la anciana campesina acostumbrada a la vida dura del campo y como aceptando sin quejarse las decisiones de un destino que no entendía, me contaba cómo, en su ranchito donde por generaciones había vivido su familia rodeada de sus animales, de golpe se vio rodeada de una alambrada que no solamente le cerró el acceso a la leña y otras menudencias que suponía que siempre habían sido suyas, sino que le limitaba los recursos alimenticios a sus pocas cabras.

Ella pudo adaptarse, pero sus animales, que no entendían de derechos de propiedad, siguieron cruzando la alambrada, a lo que el mayordomo de la estancia respondía matándolos. No me hizo falta nada más para comprender la magnitud de la tragedia humana asociada al gran negocio de la soja. Ni los animales domésticos se salvaban. Qué podían esperar los zorros, los quirquinchos, las perdices, las vizcachas, las chuñas, las catas, los quililos o los quetubíes entre los cuales me había criado de chango, si ni los viejos se salvaban.

No quisiéramos terminar estas líneas sin hablar del agua en Catamarca, ya que su uso, manejo y conservación como recurso están relacionados al tema del congreso en Australia.  Permítasenos remitirnos a lo que se escuchaba allá por finales de la década del 80 en los corrillos universitarios, cuando era parte de la UNCa. Esos comentarios reflejaban la preocupación de los especialistas en hidrología, medio ambiente y geología ante la idea generalizada de la irrestricta disponibilidad de agua en el valle central, como para satisfacer las demandas de las empresas que venían o iban a venir al Pantanillo, y que al final no vinieron o se fueron. 

Por entonces se imaginaba al Pantanillo como un parque industrial con decenas de empresas radicadas, dando empleo a miles de trabajadores.  A 30 años de aquellos sueños no sé qué quedó de aquellas preocupaciones. Sin embargo, desde el punto de vista de la demanda, las cosas siguen iguales, sólo que esta vez lo que demanda es la explosión demográfica en el valle central.

Por lo tanto, la pregunta de hoy sigue siendo la misma de hace 25 años atrás: ¿Tiene el valle central la capacidad acuífera como para soportar la dinámica de crecimiento demográfico que se da en este momento? Obviamente, no tenemos la respuesta ni sabemos si se estudia el tema. Dejamos la inquietud a los hidrólogos.

Las conclusiones de la conferencia dicen que, por suerte, cada vez hay mayor cantidad de gente que comprende el valor de preservar los ecosistemas como parte de la seguridad económica nacional. Lamentan, sin embargo, que  el poder de las grandes corporaciones, sumado a la persistencia de la corrupción en los estados  sigan definiendo los límites de la naturaleza: qué se puede destruir y qué no.

Como dice Adam Sweidan, fundador y presidente de Synchronicity Earth,  "los vampiros siguen a cargo de los bancos de sangre,” y esto es lo trágico para nuestras sociedades. Sin embargo, esto no alcanza para encubrir la verdad: si de salvar el planeta se trata, el abuso de la naturaleza tiene que detenerse si es que queremos sobrevivir. Después de todo, el planeta siempre estará donde está.

La continuidad o no de nosotros, los humanos, es el tema de fondo.    

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