26 de septiembre de 2006 - 00:00
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El límite de la paciencia
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Aunque breve, la historia política de este joven abogado, que llegó al poder por el Partido Movilización del “Gato” Aguirre, estuvo estigmatizada por los desaciertos y la polémica. Tras su incursión como apoderado del FCS, el vicegobernador Hernán Colombo, aprovechando su buena estrella con el matrimonio Kirchner, logró que lo designen al frente del PAMI Catamarca, a mediados de 2003, en reemplazo de la peronista Amalia Buenader. Acosta se presentó a reclamar el sillón con un fax de su nombramiento en la mano, y se armó un revuelo de grandes proporciones, con acusaciones cruzadas entre barrionuevistas y kirchneristas-frentistas. A poco de andar, el funcionario ya tenía al personal en contra y no lograba gobernar el organismo, jaqueado, según decía, por los resabios del líder gastronómico. Su salida de la obra social de los jubilados fue con más pena que gloria. Lo reemplazó Lucía Corpacci, en otro giro kirchnerista.
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Por algunos meses, los rastros de Acosta se perdieron en el circuito oficialista. Su reaparición en un presupuesto oficial se dio en el municipio capitalino, donde fue contratado por Fiscalía para trabajar en las ejecuciones de los contribuyentes morosos. Y siguió allí hasta que Eduardo Galera fue designado como ministro de Educación de la Provincia en lugar de Isabel Acuña. En el mismo acto de asunción de Galera se produjo la de su yerno, Alejandro Acosta -casado con la artista plástica Celina Galera-, como subsecretario de Cultura. No fue mucho lo que se hizo en esa área, pese a que contaba con el mayor presupuesto de la historia. Hace dos meses, Acosta volvió a ser noticia por su decisión de cerrar el Museo de Bellas Artes y desplazar a su encargada, Adriana Allés Bosch, por quejarse de la medida. Hasta hoy, las obras siguen por allí y el museo no funciona porque carece de un espacio físico adecuado. Y ahora la Feria del Libro, un evento que requiere de una organización exigente y anticipada por las invitaciones a disertantes y expositores, fue suspendida por Acosta por falta de recursos. Algo que nadie puede creer, menos aún en una gestión generosa en fondos públicos. Razón más que suficiente para revisar la ejecución presupuestaria de Cultura en lo que va de 2006. En el plano interno, el despido de Acosta supone un alto costo político para el ministro Galera, quien ya había soportado bastantes críticas dentro y fuera del Gobierno por una designación basada más en la inclinación nepótica que en la idoneidad.
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