lunes 27 de julio de 2026

¿Una tradición que no muere?

Sería interesante saber cómo reaccionarían los catamarqueños si alguna vez el Obispado resolviese, en el mayor silencio, suspender las fiestas de la Virgen del Valle. Si dejase pasar las fechas de la celebración como si fuesen días absolutamente “liberados” del ajetreo mariano que ha caracterizado desde antiguo la historia de la provincia en abril – mayo y en diciembre.

La prueba serviría para verificar hasta dónde es cierto que si algo tienen en el corazón todos los hijos de esta tierra es el amor a la que llaman Madre Morena y Patrona de este valle. Haría ver el significado de la Virgen en la vida concreta, individual y colectiva. Si la juventud percibe la omisión de estas fiestas o sigue en su rutina de siempre. Si la gente de la cultura levanta su voz para protestar por lo que podría verse como un atentado contra uno de los ingredientes constitutivos de la catamarqueñidad. Si los funcionarios, los legisladores, los jueces, los dirigentes políticos y la dirigencia en general caen en la cuenta de que por una vez se ha interrumpido una tradición que comenzó junto con la existencia de la provincia.

Si el Obispado no dijera nada, ni tampoco los hombres y mujeres que participan habitualmente en las actividades de la pastoral diocesana, no sería demasiado extraño que el experimento revelara verdades poco concordantes con las afirmaciones triunfalistas de los que suponen que la fe de un pueblo es un recurso siempre renovable y no dependiente de ninguna intervención humana destinada a preservarla y acrecentarla. De los que dan por hecho que las multitudinarias procesiones y peregrinaciones que se hacen aquí alcanzan para tener confianza en el porvenir de la vida religiosa en Catamarca. De los que se despreocupan pensando que la fe de los hombres y de los pueblos es soplo gratuito de Dios que no demanda colaboradores, más que nada en Catamarca, tierra que se juzga, con temeraria suficiencia, geografía elegida y pueblo predestinado desde toda la eternidad.

Si se omitiesen las fiestas –cultos que tienen particular relevancia en el contexto de una cultura que hace del templo el escenario principal de la actividad religiosa- se tendría una medida significativa del fervor mariano de los trabajadores, de los empleados públicos, de los profesionales, de los educadores, de los sindicalistas, del conjunto completo de los sectores sociales de la provincia.

Si se hiciese el experimento, con los resultados que fuesen, habría sin duda más de un signo de advertencia. Señales que indicarían que es necesario ajustar la pastoral a las nuevas realidades. Que deben atenderse grupos de la provincia que desde hace mucho están lejos de compartir unas emociones y convicciones que con ligereza se suponen generales e inamovibles. Que hay que encontrar la manera de hacer que la fe de los catamarqueños irrigue la realidad de la provincia y que no sea una mera emoción, o nada más que un sentimiento, o únicamente un rito. Entre la fe y el testimonio hay una larga distancia, sobre todo si por testimonio se entiende el comportamiento verdaderamente cristiano en todos los órdenes del quehacer humano. Y esta distancia es posible acortarla. No sólo acortarla, sino también borrarla.

Esta tarde, con la ceremonia de la “bajada” de la Virgen, esto es de su imagen morena, desde el Camarín hasta el corazón de la Basílica, comenzarán las fiestas de diciembre. Quiera Dios que sean vividas con intensidad y con provecho para todos los catamarqueños.
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