La localidad de Amboy, en la provincia de Córdoba, es el centro de uno de los hallazgos más relevantes de la arqueología sudamericana. Un equipo multidisciplinario del CONICET encontró un "ajuar funerario" de unos 4.400 años que contiene un colgante, una mano de moler, un collar de caracoles, un hacha de piedra; junto a los restos de una persona adulta de sexo masculino. El hombre pertenecería a los pueblos cazadores-recolectores que habitaron la región y su hallazgo fue publicado recientemente en la revista especializada Latin Ametican Antiquity.
Córdoba: descubren una sepultura de 4400 años, única en Sudamérica
El trabajo intenta aportar elementos que contribuyan al debate en torno a las identidades sociales, las diferencias entre las personas y el surgimiento de la complejidad social en estas sociedades del “Holoceno tardío”, una de las últimas épocas geológicas. “El collar estaba conformado por más de veinte cuentas grandes hechas a partir del caracol gigante terrestre Megalobulimus lorentzianus. Esas cuentas, además de su gran tamaño, tienen algunas particularidades que probablemente hayan sido los atributos de interés”, sostiene Sandra Gordillo, investigadora del CONICET en el Instituto de Antropología de Córdoba (IDACOR, CONICET-UNC) y coautora del trabajo.
La especialista afirma que el collar, desde lo simbólico, aparece como un elemento identitario de la región a inicios del Holoceno tardío, ya que en momentos posteriores se diversifican los diseños y contextos de uso. “Otra de las características es que una de las cuentas presenta unas incisiones transversales que probablemente representen la identidad de quien o quienes confeccionaron el collar”, agrega Gordillo.
En relación al colgante lítico de tonalidades verdosas, los investigadores estiman que algunos de sus componentes, el caso de la malaquita y la crisocola, podrían provenir de algunos yacimientos dentro de un radio de 100 y 200 km, como Cerro Blanco o Cerro Áspero. Respecto a la mano de moler, está pulida en ambas superficies, presenta en los extremos evidencia de impactos con pérdida de material rocoso y en el centro se observaron residuos de un pigmento rojo.
La modalidad que se aplicó para el desarrollo de este estudio es la bioarqueologia social, “permite encarar el estudio de la vida de una persona en perspectiva osteo-biográfica, recuperando la singularidad humana, histórica y contextualmente situada”, explica Mariana Fabra, investigadora del CONICET en el IDACOR y primera autora del trabajo. “También posibilita reinterpretar la información que usualmente aporta la bioantropologia y la arqueología considerando cómo los aspectos biológicos, sociales y políticos moldean los cuerpos de las personas”, agrega.
La especialista, considera que quedan varias preguntas al intentar reconstruir la identidad social en este tipo de hallazgos: ¿Cómo era la identidad de este hombre, en vida y en su muerte, en relación con estos materiales? ¿Qué ocurre tras la muerte de una persona, una situación que implica un cambio físico y esencial de la identidad individual y colectiva? ¿Cómo contribuyen los bienes funerarios a la construcción de la identidad de la persona en diferentes dimensiones? ¿Cómo se puede pensar en estos objetos cuando la persona que los ha fabricado, llevado o utilizado muere? ¿O estos objetos se hicieron para acompañar a este hombre en su ritual mortuorio?, etc.
Los científicos que participaron del estudio, explican que el hallazgo del hacha en una tumba de más de cuatro mil años de antigüedad, supone que estos objetos se usaron varios milenios antes de lo presupuesto. Según el equipo de investigación, el hacha, la cuenta lítica, la mano de moler y el collar se entrelazan en redes de relaciones que superan sus funciones originales o primarias y adquieren un rol simbólico que reproduce las diferencias de roles sociales entre un individuo y otros miembros de la comunidad, al materializar las relaciones entre los objetos y las personas. Estos hechos están directamente relacionados a situaciones de poder en el núcleo de esa sociedad.