La experiencia desarrollada en Tucumán en materia de restauración de bosques ribereños ofrece una enseñanza concreta y replicable para las provincias del NOA que, como Catamarca, padecen de manera periódica el impacto ambiental y productivo de las crecidas estacionales de ríos y arroyos.
La iniciativa pertenece a Edgardo Pero, doctor en Ciencias Biológicas e investigador del CONICET, quien ha puesto en práctica un enfoque que conjuga evidencia científica y aplicación territorial para la restauración de los bosques que se desarrollan en las márgenes de ríos y arroyos mediante la utilización de especies nativas. El planteo es devolverle al ecosistema ribereño su estructura original para que recupere la capacidad de amortiguar crecidas, frenar la erosión y proteger suelos con potencial productivo.
En contextos donde las lluvias intensas concentran en pocas horas volúmenes de agua significativos, los cauces desprovistos de cobertura vegetal adecuada se convierten en verdaderos corredores de arrastre. La energía del agua, sin obstáculos naturales que la morigeren, socava márgenes, transporta sedimentos y compromete tanto infraestructura como superficies agrícolas. El bosque ribereño -cuando está sano- funciona como una barrera biológica: sus raíces consolidan el suelo, su entramado vegetal reduce la velocidad del escurrimiento y su presencia estabiliza el microambiente.
El elemento diferencial del proyecto radica en la elección de especies nativas. El proyecto busca reintroducir aquellas variedades que evolucionaron en interacción con ese régimen hídrico específico. Son esas especies las que mejor cumplen la función de anclaje del suelo.
La restauración de bosques ribereños exige planificación, coordinación interinstitucional, financiamiento estable y una visión estratégica que trascienda la lógica coyuntural. La restauración de bosques ribereños exige planificación, coordinación interinstitucional, financiamiento estable y una visión estratégica que trascienda la lógica coyuntural.
En Catamarca, la degradación progresiva de los ecosistemas ribereños es visible. La extracción de áridos, el avance desordenado de actividades productivas sobre las márgenes y la pérdida de cobertura vegetal han debilitado sistemas naturales que históricamente actuaban como amortiguadores. Por esa razón son recurrentes las crecidas que arrasan con infraestructura rural, provocan pérdidas de suelo fértil y sedimentación que altera cauces y sistemas de riego.
La experiencia tucumana demuestra que existen alternativas técnicamente fundadas para revertir esta tendencia. Las autoridades provinciales y municipales con competencia en materia ambiental deberían evaluar seriamente la implementación de programas de restauración ribereña basados en estas recomendaciones, articulando con universidades, organismos de ciencia y técnica y actores productivos.
La restauración de bosques ribereños exige planificación, coordinación interinstitucional y monitoreo sostenido. Requiere, además, financiamiento estable y una visión estratégica que trascienda la lógica coyuntural. Las acciones vinculadas a la preservación ambiental, especialmente aquellas que inciden directamente en la mitigación de riesgos y en la defensa de suelos productivos, deben ser concebidas como verdaderas políticas de Estado.