Borges consideraba que las bibliotecas eran “extensiones de la memoria”.
Enrique Traverso
Borges consideraba que las bibliotecas eran “extensiones de la memoria”.
Sarmiento fue a Estados Unidos a ver a los hermanos Man, Horace y Mary Man, en quienes se inspiró para instalar el normalismo en la Argentina. Desde el país del norte, que no tenía por entonces pretensiones de convertirse en un águila imperialista con derecho a meter las narices en otros territorios y menos a dominarlos, conquistarlos y someterlos, Sarmiento, habiendo visto con ojos propios los resultados en Massachusetts y Boston, se plantea crear bibliotecas en nuestro país. Luego de varias reuniones con los hermanos educadores se logró que vinieran a Argentina 65 maestros, de los cuales 61 fueron mujeres. Entre ellas vino a Catamarca la señorita Clara J. Armstrong, pionera de la educación normal en Catamarca.
El boom norteamericano de las bibliotecas públicas se desarrolló fuertemente en Boston, donde un filántropo millonario llamado Ander Carnegie donó millones de dólares para la construcción de nada más y nada menos que 2500 bibliotecas. Esto ocurrió a fines del siglo XIX y contó con un precursor como John Dewey, filósofo y educador que advirtió que las bibliotecas serían el enclave por donde pasaría el desarrollo cultural de los pueblos.
Sarmiento pensó en educar al soberano, creando escuelas que defendieran el conocimiento universal, que fueran laicas y que estuvieran dotadas cada una de su biblioteca. Fue durante su presidencia que se crea la CONABIP (1886), mediante ley 419. Pasaron muchos años hasta que tuvieron financiamiento; paradójicamente esto ocurrió durante el gobierno de Menem, en agosto de 1986.
Es importante destacar el gran aporte de las bibliotecas anarquistas, que se esforzaban por educar a trabajadores a comienzos del siglo XX, como así también de los ateneos socialistas que se instalaron en buena parte del territorio argentino.
Luis Franco, el mayor escritor que diera Catamarca, se nutrió de la biblioteca familiar, luego de la biblioteca del Colegio Nacional y de la del Obispado de Catamarca, y años más tarde trabajó durante casi una década en la Biblioteca del Maestro: allí fue llevado por Lugones. En esta biblioteca Franco leyó a los clásicos marxistas, conoció el inventario de los pájaros de Buenos Aires que realizó el inglés Hudson y pudo adentrarse en el más de medio centenar de libros que escribió Sarmiento. Lugones le pidió que hiciera un prólogo a la obra escogida del sanjuanino. Franco le entregó un estudio copioso que salió publicado junto al Sarmiento esencial.
Hoy las bibliotecas populares, que llegan a 2600 en todo el país, pasan su peor momento. Milei, a través de los decretos 345 y 346, degrada a la CONABIP: la subordina a la Secretaría de Cultura, destruyendo así uno de los organismos federales más importantes. Les quita así autonomía a las bibliotecas y esencialmente las desfinancia. Quiere que funcionen solventadas por los socios.
En Catamarca, como en todo el país y más aún en lugares con menos de 30.000 habitantes, las bibliotecas populares son el lugar por donde pasa la cultura, son el fruto del esfuerzo popular; muchas fueron creadas en espacios cedidos por vecinos. Al igual que el país en muchos aspectos, son parte de un sueño construido a pulmón.
En Santa María la biblioteca Rafael Castillo es un emblema de la cultura local. Tiene más de cien años y posee más de 25.000 ejemplares, edificio propio y un mobiliario incunable. Este edificio, que alberga a estudiantes que día a día ocupan la sala anchurosa y a profesores que dan clases particulares en distintas materias, hoy sufrió una baja considerable. Se trata del empleado municipal Julio Belmonte, tal vez el alma mater de la biblioteca. Fue llevado para que sirva de chofer al secretario de gobierno municipal.
Entre casi 2.000 empleados, tal vez no sea tan difícil para el municipio encontrar un chofer o capacitar para esta función a un agente. Pero sí es sumamente difícil encontrar a alguien con el perfil de Belmonte, que después de catorce años conoce dónde están los libros -que estamos empeñados en ordenar de acuerdo a tema y contenido-, que maneja el bibliomóvil, que es capaz de cambiar un enchufe pero también de aconsejar a un curioso lector sobre un libro de historia o sobre una novela policial.
Hago votos para que Julio Belmonte vuelva a la biblioteca, que es además el lugar donde hoy se cuelga una muestra de artes visuales, donde se puede dar una conferencia, donde se reúnen los docentes de las escuelas de montaña o donde los santamarianos pueden ver una obra de teatro o un espectáculo musical. Haré un llamado para que se solidaricen también las bibliotecas amigas de la provincia y la región. Un petitorio que llegará al despacho del funcionario, a quien llamo a la reflexión.