viernes 30 de enero de 2026
Editorial

Pulsiones belicistas y megalómanas

La escena internacional atraviesa una degradación que no puede explicarse como una simple sucesión de exabruptos ni como el efecto colateral de liderazgos excéntricos. Lo que se observa es un encadenamiento de episodios grotescos que tensionan los pilares mismos del orden global y que deberían activar una respuesta colectiva de la comunidad de naciones.

El acceso de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, aún la principal potencia mundial aunque cada vez más desafiada por el ascenso chino, ha funcionado como un acelerador de esta deriva. Su concepción de la política internacional revela un desprecio explícito por las normas elementales del derecho internacional público. En su lógica, las reglas multilaterales constituyen obstáculos prescindibles y la diplomacia es sustituida por el uso directo de la fuerza o por su amenaza, siempre al servicio de los intereses económicos de los grupos más poderosos de su país.

Los hechos recientes confirman este patrón. La banalización de gestos de enorme gravedad institucional, como la autoproclamación de autoridades en Estados soberanos o la apropiación simbólica de reconocimientos internacionales, expone una práctica política basada en la humillación pública y en la imposición unilateral. El episodio que tuvo como protagonista a Corina Machado “regalándole” el Premio Nobel de la Paz resulta ilustrativo. La dirigente venezolana aceptó un acto de sumisión política a cambio de un improbable respaldo estadounidense a su anhelo de, en el futuro, se presidenta de su país.

Donald Trump instala a escala global la retórica de la confrontación permanente y la legitimación de la violencia irracional. Donald Trump instala a escala global la retórica de la confrontación permanente y la legitimación de la violencia irracional.

En América Latina, región que Trump sigue concibiendo sin disimulo como zona de influencia exclusiva de los Estados Unidos, esta lógica adopta formas particularmente inquietantes. Las amenazas de intervención militar contra países que no se muestran dóciles frente a sus lineamientos —como México o Colombia— prueba la reactivación de una tradición intervencionista que se creía superada. En el mismo registro debe inscribirse la injerencia directa del gobierno norteamericano en procesos políticos internos, como ocurrió en la Argentina, donde su influencia fue decisiva para condicionar el escenario electoral e impedir una derrota de Milei en las elecciones de medio término.

A esta lista se suman la insinuación de una apropiación de Groenlandia o la advertencia de que Estados Unidos intervendrá activamente en la vida política de cualquier país que no se alinee de manera incondicional.

El problema no se agota en el plano externo. La retórica de la confrontación permanente y la legitimación de la violencia irracional han sido también instaladas en la política interna estadounidense, con una violenta persecución a migrantes y a opositores políticos.

Resulta imprescindible que la comunidad internacional avance en la construcción de límites efectivos a este accionar prepotente, recuperando el valor de las normas, los acuerdos y los mecanismos multilaterales. Al mismo tiempo, en cada país debe fortalecerse una corriente de opinión crítica de estas desmesuras y comprometida con la defensa del derecho internacional, evitando que las pulsiones belicistas, megalómanas e intervencionistas de la principal potencia mundial deriven en una escalada de violencia global de consecuencias imprevisibles.

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