Pasan los años y uno, con la presunción típica de la ignorancia, empieza a creer que sabe de la vida, que sus giros ya no pueden sorprenderlo. Esto, por supuesto, es un error, uno siempre avanza a tientas en este laberinto, para cuando nos terminamos de acomodar en un rol ya tenemos que cumplir otro, y eso hace que la mayor parte del tiempo nos manejemos por intuición. Bien es cierto lo que decía Bonavena: la experiencia es un peine que te regalan cuando te quedaste pelado, pero al menos uno puede explicarle cómo peinarse a los demás.
El otro día mi hija estaba apenada, una de sus amigas dejaba de ir a la colonia de vacaciones y volvía a su ciudad, con lo cual no volvería a verla hasta el siguiente verano. Reconocí en su rostro mi mismo pesar, tantos años atrás, cuando distintas circunstancias de la vida me alejaron de dos grandes amigos (me cobrarían por usar sus nombres, son esa clase de personas, así que les diremos el cafetero y el felino).
Desconocía, en aquel entonces, una particularidad muy afortunada de la amistad, y es que, en muchas ocasiones, puede mantenerse suspendida durante años y años y un buen día, por merced de las circunstancias o de manera voluntaria, reanudarse sin que el paso del tiempo haya tenido efecto alguno sobre el vínculo. No siempre ocurre, claro, tengo experiencias en otros sentidos, por desgracia, pero el hecho de que algunas veces suceda nos habilita la esperanza para todos los casos y la esperanza siempre es una cosa dichosa.
Por lo tanto, por el mero hecho de acumular más tiempo sobre esta tierra, tenía, por una vez, algo interesante que decirle a mi hija, un conocimiento vital que podía resolver su angustia o, al menos, morigerarla. Tomé mi pipa, nos sentamos debajo del limonero –siempre procuro ocupar este lugar a la hora de otorgarles lecciones de vida, a la manera de Abraham Simpson- y le conté mis experiencias en los casos puntuales del felino y el cafetero, cómo la vida nos alejó durante muchos años hasta que un día nos reencontramos y volvimos a ser amigos, con la misma naturalidad y continuidad con que uno deja en pausa un videojuego y lo retoma un rato después, o señala una página de un libro para continuar su lectura al día siguiente. Ella entendió el mensaje, pero no le sirvió de mucho. No se lo reproché, el mejor de los consuelos palidece frente al peor de los premios. La ausencia no se soluciona con promesas de presencia. Y así podría seguir, toda la noche, con estas frases que harían revolverse en su tumba a José Narosky (asumiendo, claro, que se encuentre muerto).
El tiempo dirá si mi hija vuelve a ver a su amiga (trataré de recordar contar el desenlace en otra columna, pero no lo garantizo) y si su vínculo continúa como si nunca se hubiera interrumpido. Confiemos, en todo caso, en la fuerza de la amistad.