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Colección SADE de bibliografía catamarqueña

"La Tragedia de La Medusa" del doctor Jorge F. Chayep

Magíster Víctor Russo

11 de marzo de 2025 - 00:10

En esta magistral creación, el Dr. Jorge F. Chayep efectúa una nueva propuesta acerca de cómo observar el poder subliminal en lo pictórico, ante la magnificencia de una obra maestra.

Su novedosa novela se inspiró en la impresión que le causó una pintura de Théodore Géricault, exhibida en el Museo de Louvre (París), a la cual dedicaba “horas de contemplación” toda vez que visitaba esa ciudad.

La crudeza del dolor, el horror y el desgarro, junto a la esperanza más el asombro que aquélla provoca, lo llevó a realizar una profunda investigación acerca de cómo sucedieron los hechos históricos que motivaron a Géricault a pintar, con un feroz realismo, tan conmovedora realización estética, que ilustra la tapa de su libro.

Allí vemos, descarnadamente, la escena final del naufragio de “La Balsa de La Medusa”, que fue el navío más importante de la armada francesa del S. XIX y se convirtió en un espectro flotante donde –durante tórridos días y gélidas noches- convivieron los náufragos en las tormentosas aguas del Atlántico, sobreviviendo a las carencias provocadas por el hambre y la desolación. Esa situación límite fue generada por hombres que los traicionaron y arrojaron a la deriva, sabiendo que su destino era la muerte. En esa endeble cubierta de palos atados con cuerdas, soportaron más de una semana el cruel oleaje. Las tétricas escenas causadas por la desesperación provienen de las inimaginables bajezas que la condición humana impuso con el “sálvese quien pueda”.

La magnífica tela, que mide 7 mts. de ancho x 5 mts. de alto (realizada entre 1818/19), le llevó al pintor -pese a su quebrantada salud- más de tres años de preparación. Para ello, debió requerir el testimonio de sobrevivientes, releer en Diario de Savigny y visitar reiteradamente morgues y hospitales neuropsiquiátricos, para vivenciar y lograr el contacto directo con los verdaderos gestos del dolor, la enajenación y los rostros de la muerte.

Curiosamente, también le llevó más de tres años de dedicación al Dr. Chayep realizar tamaña investigación, solo rastreable en archivos, bibliotecas, museos y documentos de época en manos de coleccionistas. Esta invaluable tarea de rastrillaje documental le sirvió para comprobar la veracidad del desgarrador hecho histórico, que conmovió a gran parte de Europa y que Francia pretendió ocultar.

A ello sumó, en detalle, la triste y atrapante historia de vida del pintor del cuadro, que convirtió en hechos sus dichos: “Tengo que pintarlo para que el mundo lo sepa y lo pueda ver”. Ése es el soporte, el eje narrativo explícito de la intención novelística, como prueba de que Géricault asumió un importante compromiso con su tiempo y el futuro al ofrendar su invaluable tarea, sin pretensión económica, a la humanidad toda.

Esta temática motivó al Dr. Chayep a realizar la reconstrucción de la historia y generar, con genialidad, esta novedosa “mamushka”. Digo esto porque en ella se imbrican historias dentro de otras historias, que construyen el marco referencial al otorgar entidad al encuadre contextual: La antigua París (de los afamados burdeles), la expansión napoleónica con sus principios de “igualdad, libertad, fraternidad” (que paradójicamente no se notan en los dichos y procederes de los responsables del navío en los hechos narrativos), la Edad

Media, que inició la transformación al crear la Universidad de La Sorbona; el Renacimiento con el “esplendor” de los Luises y La Ilustración, admirada por sus bellos palacios, grandes avenidas, los “Campos Elíseos” que convirtieron a París en “Ciudad luz”.

En ese vasto y propicio momento aparece en escena el Vizconde “Capitán” de Choumaréis, al cual la trama novelesca convierte en uno de los personajes nefastos, que llega hasta el final, pero con un destino poco feliz.

Choumaréis, que hacía 20 años que no navegaba, fue designado por la Corona para organizar y llevar a cabo la expedición para recuperar Senegal (que estaba en manos británicas) e instalar allí un nuevo gobierno. Participaron en ella 240 personas, entre tripulantes, pasajeros y niños que subieron a bordo de la Fragata La Medusa el 17 de junio de 1816, más otras tres naves de apoyo que sí lograron llegar a destino.

La Nave Insignia se adelantó y equivocó la ruta. Pese a las advertencias de muchos que conocían el rumbo y sabían lo que podía pasar, se impuso la tozudez del Capitán Choumaréis, del Segundo Oficial Renaud y Richefort.

El gran peligro era encallar en el banco de arena de Arguín y eso fue lo que ocurrió ante el estupor y la desesperación de todos. Como siempre, los primeros en acudir a los escasos botes disponibles fueron el Gobernador Schmaltz (luego destituido por tráfico de esclavos y de marfil) y su familia; el Capitán (condenado por la justicia a tres años de prisión, salió y perdió la razón), sus seguidores y quienes viajaban “en primera clase”.

No había lugar para todos y ordenaron a los carpinteros construir, con los restos de la nave, una Balsa a la cual subirían los restantes pasajeros, la cual sería remolcada con sogas por botes de remo hasta llegar a destino.

Pero ocurrió lo inesperado: al advertir que, con esa carga nunca llegarían a Senegal, el Gobernador designado Schmaltz, el Capitán y algunos acólitos decidieron tomar una medida deleznable e injusta: desprender amarras y dejar la Balsa a la deriva, con el pretexto de que el viento los llevaría a la costa cercana.

Los días finales en la Balsa fueron terroríficos. Sucedieron hechos espantosos: rencillas internas, muertes, suicidios de los que no podían soportar el hambre, el frío y ver cómo el agua salada y el sol despellejaban sus cuerpos. Quienes lo soportaban se alimentaban con vino y restos de carne de sus amigos muertos; mas, cuando el hedor se hacía inaguantable, los arrojaban al mar elevando plegarias al cielo.

Solo 15 sobrevivientes, rescatados de casualidad, llegaron con vida a Senegal. Varios de ellos murieron luego a causa de las infecciones, el efecto de la inanición y el deterioro psíquico. Pese a todo, el deseo de justicia y libertad los mantuvo unidos. Estaban dispuestos a denunciar el escarnio y soportar los atropellos de la realeza. Fueron amenazados, perseguidos, pero mantuvieron, con firmeza el deseo inquebrantable de que se conozcan las verdaderas causas del naufragio.

Sus testimonios lapidarios fueron confirmados por la Justicia, pero con penas demasiado blandas. Es decir, (en ese aspecto) nada nuevo bajo el sol.

Esta obra del Dr. Chayep no sólo nos enseña cómo “observar” una obra maestra sino que, además, conlleva una denuncia social implícita.

Por otra parte, en el texto abundan matices sensuales, humorísticos y descripciones poéticas que agilizan la prosa. Chayep nos lleva, gratamente, de paseo por lo mejor del arte; nos invita a recorrer pinacotecas de afamados autores renacentistas contemporáneos a Géricault: Ingres, Delacroix, Jacques Louis David (El pintor de Napoleón) y nos transporta al ensueño de la música y aporta datos de obras de Chopin, Franz Liszt, Niccoló Paganini, Beethoven, a quienes incluye y hace participar del texto.

Del mismo modo acude a la literatura. Narra cómo Corréard (otro de los testigos) consigue los elementos que servirían para construir el diario que escribió Savigni (al cual llaman El Libro y que fue fundamental para acusar a los causantes del naufragio).

Asistimos a una valiosa cita con el arte y la cultura en su máxima expresión.

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