jueves 29 de enero de 2026
GARAMOND 11

La delicia narrativa de Ceviche

Juan Francisco Uriarte

La literatura policiaca contemporánea, al acarrear el sedimento de tantas obras maestras dentro de su tradición, produjo hijas e hijos pródigos, grandes expresiones del género que, aunque hoy más subterráneo, mantiene ecos creativos en todo el planeta.

Nuestro país, en este concierto, a la par de tantísimas variedades literarias que supo conseguir, cuenta en su acervo con una paleta de obras del mejor policial, ese género que también podemos llamar “negro” y además (si estiramos un poco los alcances del término) “de misterio”.

El autor del libro sobre el que hablaré en este caso, Federico Levín, pertenece a la clase de narradores que, siendo plenamente conscientes de los mecanismos del género, deciden desviarse del formato más reconocible, por lo general con un detective más o menos al estilo de sus dos grandes figuras paradigmáticas (el yanqui Philip Marlowe y el archiconocido Sherlock Holmes), y ejecuta una variación que resulta (su caso no es el único, pero sí es destacable) en una obra renovadora de la estética policial, en nuestras letras de estos años (el libro se publicó en 2009).

La biografía de Levín (nacido en Rosario en 1982) no es importante para esta columna; él como autor de la novela nos interesa porque en este libro, en Ceviche, y gracias al grandísimo sedimento de obras que la destreza de su pluma parece mostrar, creó un personaje tan singular como la historia que vivirá. Y con el protagonista de esta historia, además, creó una voz.

Y esas dos grandes características que marcan todo el texto, lo hacen no sólo novedoso sino, por sobre todas las cosas, potente.

Levín, en Ceviche, creó a El Sapo, y en su voz narradora lo veremos atravesar los más curiosos episodios de este tramito de su historia, unos veinte días de fines de 2007.

“A Héctor Vizcarra le dicen El Sapo y se mueve adentro de su departamento de dos ambientes, ubicado en el barrio porteño del Abasto, como una burbuja recién formada en una pecera pequeña. Es una burbuja, El Sapo”.

Crítico gastronómico en una revista mediopelo de la Capital Federal, El Sapo es un amante de la comida y sus preparaciones, y cuando entramos a su vida está atravesando su “período ceviche”, su búsqueda incansable del mejor plato de esa variante gastronómica peruana.

Aunque pobre y solitario, y un tanto inadaptado al entorno donde se maneja (las manzanas que rodean su departamento), El Sapo es un sibarita que sabe muy bien de la combinación de especias, granos y verduras, de tipos de cortes, y de los procesos que intervienen en la transformación alquímica que sucede entre el limón y la carne de pescado para llegar su condición de delicia alimenticia.

En la búsqueda del mejor ceviche, una noche caliente de comienzos de ese diciembre en que llegó a Doña Lili, un amplio y sencillo bar peruano en el barrio de Constitución, al Sapo le sirvieron un ceviche de primera categoría y de pronto, luego de unas primeras páginas en las que sólo podemos verle sorna y enojos varios, “El Sapo es feliz”, y no sólo eso: “jamás podrá explicar con palabras inteligibles lo que siente al morder, al morder otra vez, el primer bocado de ceviche de doña Lili. Es demasiado rico, ¿más rico que qué? Imposible decirlo. La lengua tiene la excitación contenida de sentir que está sucediendo algo importante, algo por primera vez. Es la primera vez, lengua, la primera vez, paladar, la primera vez, estómago. Una experiencia. (Aplausos)”.

Estaba en esa, El Sapo, lo vemos comenzar a disfrutar en serio por primera vez desde que comienza la novela, pero aún sin terminar ese plato magnífico, sobreviene el hecho que hará de esta, como ya se dijo, una historia de misterio y crimen y no sólo una panzada gastronómica.

La comida es el contexto, pero lo jugoso es el misterio que surge de una muerte inesperada.

En el mismo local donde El Sapo paladea entre alabanzas el plato servido en su mesa, comienza a tocar un numeroso grupo de músicos, Sus Majestades Incaicas, y entre ellos El Rey, cantante del conjunto, es vitoreado a viva voz por todos los comensales, con excepción de Vizcarra, cuya sublimación ante el pescado se vio interrumpida con los primeros solos de cajones peruanos.

El narrador nos muestra entonces cómo la incomodidad del Sapo lo lleva a frenar su íntimo festín, y a prestarle su atención al espectáculo improvisado segundos atrás.

Intentaba sobrepasar el inesperado recital, el pobre Sapo, cuando acontece el hecho que deviene en el primer gran nudo: en medio de una canción, El Rey cayó seco, muerto, frente a todas las personas presentes en Doña Lili.

Tras unos segundos de quieto estupor sobreviene el caos, y El Sapo se queda sin terminar su plato.

Una de las bondades de la obra de Levín son las variaciones narrativas que tienen los distintos capítulos con los que compone el texto. Para los capítulos con títulos emplea al narrador omnisciente de cualquier novela clásica (en tercera persona), pero entre dos o tres de esos episodios, aparece sólo una fecha, y en la primera entrada de este otro texto, conocemos la pluma de El Sapo, en una primerísima persona espectacular. Estos otros capítulos son el cuaderno de notas de nuestro singular héroe, mientras descansa de las vivencias que se muestran en los otros tramos, en los que la historia se va tejiendo con claridad.

Y en sus notas posteriores a la muerte de El Rey, El Sapo (otra vez enojado) escribe un axioma que lo transforma, de súbito, en el principal investigador del caso (aunque no el único): “si un crimen me impide comer el mejor ceviche que probé en mi vida, tengo que tomar cartas en el asunto”.

Y ahí, sin cambiar sus maneras ni dejar de tomar nota de las delicias gastronómicas que va encontrando a su paso, El Sapo se embarca en la larga investigación de cómo y por qué, mataron al líder de Sus Majestades Incaicas.

Todavía no pasaron las primeras 50 páginas (de 275) y el nudo narrativo planteado es ése.

A partir de aquí, y comenzando en el mismísimo velorio de El Rey, en un departamentito mínimo de edificio viejo y atestado de personas, El Sapo toma cerveza y observa, prueba una fritura nueva e investiga y charla con incontables personajes del entorno del Rey que, hasta las primeras horas del otro día, le brindan numerosos y variados datos sobre la vida del músico, su familia y las hipótesis sobre el final de su vida.

Y créanme que seguiría, pero permítanme de esta historia contarles hasta aquí.

Al ser este un libro casi desconocido y poco leído, Ceviche de Levín se consigue a muy buen precio en Internet, en este momento (si googlean, verán).

Su lectura es muy recomendable, sobre todo porque en esta obra espera una destreza poco común, una destreza que, incluso, puede que ya se esté perdiendo entre nuestras narradoras y narradores, que es la destreza de crear personajes realísticamente imperfectos, brindarles la hondura suficiente para que vuelvan a resonar como espejos de lo humano, y a su vez darles voces que nos acerquen no sólo desde afuera, sino también desde ese adentro que es la palabra escrita en un diario de cualquier persona, incluso de un personaje literario como El Sapo, un tipo digno de conocer.

Con esta obra Levín no fue consagrado, ni mucho menos ensalzado por la crítica, ni tampoco adorado en las redes.Y sin embargo, aunque de Ceviche casi nada se diga, porque casi no tiene lectores, vaya que los merece. Y vaya que nutriría a quienes se adentren en sus sabrosas páginas.

Esto fue Garamond 11. Hasta la próxima, lectores.

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