jueves 4 de julio de 2024
COLECCIÓN SADE. ESCRITORES CATAMARQUEÑOS POR AUTORES CATAMARQUEÑOS

Juan Oscar Ponferrada: Configuración estética de una epopeya cristiana

Pablo Javier Sosa

A María Rosa Calás de Clark y

José Horacio Monayar

In memoriam

Juan Oscar Ponferrada (Catamarca, 11.05.1907-Buenos Aires, 05.09.1990) es uno de los escritores más destacados de Catamarca. Comparte, a mi juicio, un lugar de privilegio, genuinamente ganado, junto a Luis Leopoldo Franco. Autor de más de veinte obras éditas, se destacó en la lírica y en el teatro. De hecho, las obras que le han dado notoriedad pertenecen a estos géneros: Loor de Nuestra Señora la Virgen del Valle (1941), extenso poema lírico-narrativo, y El carnaval del diablo (1943), obra clave del teatro argentino de la primera mitad del siglo XX. Entre las curiosidades de su vida, la de su nombre es una de ellas. Bautizado como Juan Mamerto, decide cambiar el segundo nombre por Oscar, como se lo conocerá en adelante. Otra, que comparte con varios escritores de principios del siglo pasado, es la de haber sido enviado a estudiar abogacía a Buenos Aires, carrera que abandona para dedicarse al periodismo y a la literatura. En 1970 la Editorial de la Universidad de Buenos Aires publica Tres obras dramáticas de Ponferrada. En ese volumen, César Tiempo refiere este cambio de planes con cierta picardía: “Allá por el año 1929, Ponferrada llegaba desde su provincia natal dispuesto a convertirse en abogado para complacer a la familia, y a codearse con los grandes y pequeños bonetes de la literatura nacional, a quienes había leído y de quienes tenía noticias a través de los periódicos y las referencias personales, para complacerse a sí mismo. El abogado se ahogó en agua de borrajas, salvándose intacto el poeta”.

Su obra comprende: Calesitas (1930), La noche y yo (1932), El alba de Rosa María (1935), Flor mitológica (1938), Loor de Nuestra Señora la Virgen del Valle (1941), Valle de luz (1981), Elegía del paraíso (1982) y Libro de Arión (1982) (géneros lírico y lírico-narrativo); El carnaval del diablo (1943), El trigo es de Dios (1947), Un gran nido verde (1970), Los pastores (1970) y Esquiú, cántico por su santificación (1987) (género dramático). También publicó La sugestión telúrica en el teatro de Sánchez Gardel (1947), Orígenes y rumbos del teatro argentino (1948), Ezequiel Soria, propulsor del teatro argentino (1961), Alma, virtud y gracia de las catamarqueñas (1962), Lugones y los ismos literarios (1982) y Juan Alfonso Carrizo, el peregrino del cantar (1986) (ensayos). A estas se suman, además, Lo que yo sé de Doña Poesía (1940), San Fernando del Valle en el romance de sus seis fundaciones (1979), Humor político (Carta a otro Diógenes) (1984), la biografía crítica Molière o la sublimación (1988) y las inéditas Desvelandia, Crítica de combate y Del terruño y de otras partes. También es autor de uno de los himnos en honor a la Virgen del Valle, titulado “De los cerros a los llanos”, que suele cantarse en sus festividades de abril y diciembre.

Su labor de escritor y de director de teatro ha sido reconocida, estudiada y divulgada por muchos especialistas. Sin embargo, no es este aspecto el que me interesa destacar, sino otro, probablemente más ambicioso, del que no tengo más fundamento que la de la curiosa lectura de su obra. Creo que, sin proponérselo, Ponferrada construye estéticamente una epopeya cristiana, en cuyo centro se encuentran la ciudad de Catamarca y la devoción mariana a la Virgen del Valle. No fundo esta presunción en uno solo de sus libros sino en el conjunto de su obra. La epopeya es “un poema extenso que canta (y cuenta) las hazañas de un héroe o un hecho grandioso y en el que suele intervenir lo sobrenatural o maravilloso” (DRAE). Hay epopeyas clásicas como la que relata los orígenes y la fundación de Roma (Virgilio), la cólera de Aquiles y la guerra de Troya (Homero) u otras más cercanas a nosotros en el tiempo como las hazañas del Cid Rodrigo Díaz de Vivar. Tienen estas historias varios elementos en común: la invocación a las musas o a los santos, un suceso extraordinario, un héroe, duras y extensas luchas, la presencia sobrenatural, el descenso a los infiernos y el aedo o juglar que cuenta las hazañas. Con diversas modificaciones y adaptaciones esperables, Ponferrada dedica cada uno de sus libros a uno o varios aspectos que configuran la epopeya cristiana. Leer su obra como un todo es asistir al diseño y ejecución de la invención de una epopeya, no a la manera virgiliana sino probablemente lucreciana, pero epopeya al fin, en la que no faltan todos los elementos mínimos, bajo un rasgo común: la religiosidad.

Están, en este esquema poético, el pueblo que se funda luego de múltiples avatares (Catamarca, la “ciudad volandera/ que anduvo en cinco lugares / antes de quedarse quieta”, como él mismo la llamó), el héroe épico, no a la manera virgiliana u homérica sino a la manera de Lucrecio (Fray Mamerto Esquiú, porque es un guerrero santo, para quien sus armas son sus palabras), los hechos maravillosos y la presencia hierofánica (la Virgen que se aparece inexplicablemente a los aborígenes y obra múltiples milagros), las guerras por el dominio del Valle (indígenas frente a españoles en las famosas guerras calchaquíes), el descenso a los infiernos (simbolizado en la fuerza de la oscura fatalidad de El carnaval), la invocación a las musas (que el escritor troca por invocación a un famoso poeta de la Edad Media española, Gonzalo de Berceo) y el aedo que relata las hazañas (él mismo).

Se completa este esquema con otras obras, cuyo propósito es la cimentación de una visión cristiana del mundo: en Los pastores (donde se tematiza el nacimiento de Jesús en el marco de la cultura del noroeste argentino), en Esquiú, cántico por su santificación (escrito en homenaje al ilustre fraile catamarqueño, que ha llegado a ser obispo de Córdoba), en Elegía del Paraíso (cuyo tema es la redención y la caída) y, finalmente, en Libro de Arión (en el que la figura del mítico poeta de ditirambos es asociado reiteradamente al primer hombre bíblico en el contexto del Génesis).

Otro rasgo importante de su obra poética se manifiesta en la laboriosidad que le imprimió a cada parte de ella, al margen de los logros o los fracasos que algún lector exigente pueda señalar. Ejemplo de esfuerzo y dedicación es la composición del libro Loor de Nuestra Señora la Virgen del Valle, escrita totalmente en cuaderna vía, una estrofa de cuatro versos monorrimos de 14 sílabas cada uno de ellos. El poema contiene 285 cuadernas, sin contar aquellas que, como notas al pie, aclaran o amplían algún asunto que el poeta trata en ese momento. Se trata de un texto de más de 1.140 versos de ajustadas normas de composición que Ponferrada se propone crear, y lo logra. En este libro hay cuadernas de una belleza particular, ya sea por el contenido de los versos, ya por la sonoridad y cadencia. Al definir la poesía y referirse al trabajo que implica su hechura, dice:

“Ni esclavitud retórica ni indisciplina vana;

dejar que la poesía nazca de buena gana

-como si fuera un poco la luz de la mañana-

al compás de la holgada respiración humana.

O hacer como la acequia que corre a nuestra vera

y se aleja cantando su vocación viajera:

ella en su cristalina libertad prisionera

es tal vez la poesía más cierta y verdadera”.

O aquel otro momento en el que el poeta imagina cómo Manuel de Zalazar reprende a la Virgen por sus constantes desapariciones:

“Ya de nuevo en la casa, con candor atrevido

púsose a darle quejas muy grave y resentido,

en tanto que afanaba limpiando su vestido

de espinas y de abrojos que se le habían prendido.

Decíale: ¡Qué traza de Madre del Señor,

mira, llena de abrojos y espinas y sudor!

¡Y el manto que da pena, y el vestido peor!

¡Quién sabe si podremos hacerle otro mejor!”

La obra de Ponferrada es un legado. Puede acordarse o no con la visión de mundo que el poeta construye, se puede o no coincidir con la lectura que hace del pasado, pueden o no gustar los moldes que decide aprovechar técnicamente para su composición. Lo que no debiera suceder es que se la olvide o menosprecie. Sean estas breves notas un empujoncito para volver a sus palabras, para “escuchar con los ojos”, como decía Quevedo, y conversar con Juan Oscar, a través de la magia de su palabra creadora.

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