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Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Esos raros velorios nuevos

25 de marzo de 2026 - 00:02

Rodrigo L. Ovejero

El otro día fui a un velorio. Llevaba tiempo sin asistir a uno, todavía no he llegado a esa etapa en la que me invitan seguido. Es por eso que mis habilidades sociales para esta clase de reuniones se encontraban oxidadas. Uno no suele practicar dar el pésame, y es por eso que después cuando llega termina dando una pobre impresión, demasiado dolorida, o protocolar en exceso, falta de sentimiento, carente, en fin, de la precisión que requiere el gesto de un pésame hecho y derecho.

Llegué y me dirigí hacia el ataúd, para presentar mis respetos al difunto, como cuando uno llega a una fiesta y va a saludar al dueño de casa. Lo vi distinto, me asombró el cambio que produce en las personas la caída del velo de la muerte. Qué difícil es reconocer a las personas sin el añadido esencial de la chispa vital, pensé, al fin y al cabo, es evidente que el alma es lo que nos hace únicos. Hasta sus deudos se advertían cambiados, sus rostros lógicamente turbados por lo abrumador de la pérdida. Entonces caí en la cuenta de que me había equivocado de sala.

Esa es una costumbre moderna, ahora en una misma sala velatoria se puede despedir a varias personas al mismo tiempo. Antes el sistema era más parecido al de los hoteles alojamiento, cada uno tenía su turno y después había que desalojar para el siguiente. Más ordenado, a mi criterio. Ahora hay habitaciones en las que se encuentra el ataúd, en las que suelen estar los más allegados, y se comparte un espacio en común fuera de ellas, más amplio, una especie de sala de estar –la otra sería la sala de no estar, justamente- con sillones y sillas. Práctico, claro, pero hasta cierto punto genera confusión. La gente se mezcla por la falta de límites precisos y en algunos casos se terminan abrazando entre desconocidos en la convicción errónea de que lloran la misma partida. La gente llora en espacios impropios, muestras de dolor en off-side. Se me ha ocurrido, entonces –pues es mi costumbre solucionar problemas de fantasía- que sería conveniente, para estos casos, entregar alguna especie de divisa que identifique a los asistentes a cada velorio en particular, para mantener cierto orden. Tal vez entregar camisetas sea una exageración, pero quizás un brazalete, una pulsera, algo más sobrio, con distintos colores –no muy fuertes, claro, que estamos de luto- para una rápida individualización de la gente que comparte nuestro dolor, así uno no gasta el pésame en extraños.

Hay gente que saca ventaja de estas confusiones, por supuesto, como en todo orden de la vida, hay inescrupulosos que aprovechan las situaciones más tristes para obtener una ganancia. Yo, por ejemplo. Suelo aprovechar esta confusión para agenciarme sándwiches o refrigerios dispuestos para los asistentes de los otros velorios. Pero es que la tristeza, como todo el mundo sabe, se hace más llevadera con uno de jamón y queso.

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