Era 13 de enero en los fríos caminos de Frankfurt, frente la ventana se encontraba un hombre robusto y caucásico, Frederick quien observaba la habitación, volteaba los ojos simulando importarle lo que en ella sucedía, preparó su café y se acercó al sillón vacío a su derecha. Miró a su alrededor y tomó asiento, parecía interesarle más lo que sucedía entre los escombros de la calle que sentir el congojo de la gente. De pronto llegó Irene, una mujer alta de rasgos toscos y marcados, de largo pelo dorado, se dirigió a él con una mirada triste y agotada. - Qué tristeza el destino de Edgar-, exclamó Irene mientras secaba sus ojos con el borde de un pañuelo blanco que traía en su mano. Frederick la observó y asintió con la cabeza. Irene continuó llorando y repitiéndose a sí misma lo injusta que era la vida. Frederick sacó del bolsillo de su solapa un cigarrillo, sostuvo la piquilla girándola suavemente con la yema de sus dedos mientras pensaba en lo incómodo que era tener que presenciar lágrimas de extraños. Se lo acercó a los labios y lo encendió. Beatriz se encontraba furiosa al teléfono, llamaba una y otra vez a León y este no contestaba, marcaba vehementemente el teléfono, pero este se encontraba sumergido en las profundidades del alcohol. Eran las once de la mañana en España y la conciencia no formaba parte de sí, hundido en un vaso de vodka mientras el teléfono sonaba. Le repetía al cantinero que no era capaz de enfrentar su destino, que no estaba hecho para esta vida y que lo había echado todo a perder, que sabía lo suficiente para darse cuenta del terrible gilipolla que había sido. En su cabeza sonaba una y otra vez la voz de Carla en su contestadora –“no voy a permitir que después de todo lo que nos ha pasado, esto quede acá. ¡Volvé ya a casa!”-. Luego le aparecía como chispas en su memoria la voz de Carla al teléfono –amor estoy embarazada, ¡Vamos a ser padres! -, Disculpa me he sentado a tu lado a balbucear constantemente y ni siquiera me he presentado, -soy Irene- extendiendo la mano hacia Frederick de forma amigable y temblorosa. –no hay cuidado Irene, mucho gusto- dijo Giulio sacándose el cigarrillo de la boca. –He sido amigo de Edgar de la infancia e imagino cómo te sientes, salió de repente de la boca de Frederick tratando de empatizar con el dolor de la muchacha, mientras que por dentro se retorcía de su propia hipocresía. Lo pensó otra vez y decidió la honestidad; - a decir verdad, no entiendo tu consternación y mucho menos referirte al destino como si eso fuera simplemente algo que sucede y es justo o no, -volvió a hacer una pitada y miró nuevamente a la calle. Irene lo observó con desprecio e hizo una mueca demostrando su hastío –entonces, ¿Qué haces acá?, es evidente que te importa poco estar, nos harías un favor a todos y a ti si te fueras y nos dejaras vivir el duelo en paz-. Frederick sólo la miró, bebió un sorbo de su café y se quedó callado. Beatriz tomó su chaqueta y salió desesperada a las calles de Madrid, su ansiedad y preocupación eran tan grandes que no lo pensó ni un momento y fue en busca de León. Por su cabeza sólo pasaban imágenes de la fuerte discusión que habían tenido a la madrugada, las cosas horrendas que se dijeron mientras se gritaban. Ella había descubierto que León tenía un amorío con una muchacha de su compañía, se replanteó constantemente su accionar, su enojo desmedido y su amor incontrolable por su marido. Sentía que no valía la pena echar todo a perder por lo que para ella era sólo un polvo entre colegas. Pensó varias veces que su matrimonio era más fuerte, que su vida no sería nada sin él. El cantinero de La “Rosca” decidió llamar a seguridad, el escándalo que protagonizaba León en el bar era demasiado molesto para sus clientes y alejaba a la gente del lugar. El guardia lo tomó del brazo y arrastró al borracho León a la calle. Este ya no sería problema. -¿sabes algo? Por más que deteste todo este vulgar formalismo, no pienso irme de acá, soy un hombre. Un caballero que cumple con su honor y su palabra. No tengo que explicarte nada, niña ilusa. -; Irene lo observó de arriba a abajo y dijo furiosa– ¿ilusa yo? ¿Por sentir dolor? Estás en un funeral, ¡¿qué esperabas?! ¿Risas y alegrías? Pobre tipo. -Frederick tomó un sorbo de café y sonriendo le dijo: -no entiendes, no me molesta tu sufrimiento o tu dolor. Me molesta que seas lo suficientemente ingenua para creer que las decisiones de una persona son simplemente el destino, como si fuese algo que sólo sucede y ya. El pobre y basto consuelo de los mortales-. Irene le sacó el cigarrillo de entre las manos a Frederick y lo apagó furiosa, -veo que no sólo eres un soberbio escéptico sino también que eres un débil, no aceptas ni abrazas tu tristeza y mucho menos entiendes sobre las fuerzas del destino, porque, aunque lo aceptes o no hay cosas que suceden como si estuvieran escritas, -exclamó Irene con aires de superioridad.



