domingo 4 de enero de 2026
Cara y cruz

El Atila de los corpiños

Noticias de alto impacto como la prescripción de la causa de la Tragedia de la Alcaidía, el lapidario informe del Comité Nacional contra la Tortura sobre la situación de Catamarca, la impunidad vigente por el asesinato del ministro Juan Carlos Rojas o los casos de brutalidad policial, desplazan hasta la invisibilización delitos que sin dudas son de mucha menor gravedad, pero cuya acumulación a lo largo del tiempo va generando en los vecindarios hartazgos que son el caldo de cultivo ideal para represalias asumidas por particulares de peligrosas proyecciones.

La Policía deserta de sus funciones de vigilancia, las denuncias no obtienen respuestas, los denunciantes entran en una maraña de trámites kafkianos e inútiles, eventualmente los malhechores son detenidos pero salen a las pocas horas para reincidir. Hay varios que suman numerosas capturas y detenciones fugaces, de comprobada ineficacia disuasoria.

Se trata del microdelito, hurtos menores que no dan la talla para la crónica policial pero se reiteran indefinidamente, sin que los responsables de ponerles un freno se den por enterados. Prendas de vestir, garrafas, bicicletas, herramientas, juguetes, electrodomésticos, celulares, dispositivos informáticos, por ahí alguna mascota… cualquier cosa que quede a mano y pueda reducirse rápidamente a plata.

No hay una política específica para combatir el microdelito, fenómeno que alimenta torvos deseos de revancha en las víctimas No hay una política específica para combatir el microdelito, fenómeno que alimenta torvos deseos de revancha en las víctimas

En la mayoría de los casos los vecinos saben perfectamente quiénes son los rateros, e incluso proporcionan a la policía imágenes de cámaras de seguridad como elemento de prueba.

En ocasiones, después de insistencias obsesivas, o cuando el damnificado es alguien influyente, los efectivos se comiden a sacudirse las itas, proceden y capturan sin excesivos esfuerzos al malviviente, que por su lado no se preocupa demasiado por ocultarse. La satisfacción de las víctimas es fugaz: al día siguiente ya anda de nuevo el incordio rapiñando por calles y patios.

Y así se va macerando en el imaginario barrial la idea de que los ladrones están complicados con la policía de algún modo, junto a torvos deseos de revancha en los que no faltan los planes de emboscadas.

En ese marco, vecinos de la zona de Villa Parque Chacabuco tienen perfectamente identificado desde hace tiempo a uno de estos personajes. Sus denuncias han sido infructuosas, sale del destacamento policial con la misma facilidad con que a veces ingresa.

Cunde la bronca por la inoperancia del sistema y, obviamente, se multiplican los que no ven las horas de pillarlo para tratar de hacer justicia por mano propia, con los peligros que esta conducta supone tanto para los improvisados justicieros como para los ajusticiados. Nunca se sabe de qué lado puede caer la taba en estas incursiones de escarmiento.

Otros vecinos se toman la cosa con resignada filosofía y hacen catarsis humorística. Ya el sujeto ha sido incorporado a la galería de personajes del barrio como “El Atila de los corpiños”, debido a que en uno de sus golpes supo alzarse con una cantidad importante de estas prendas que una descuidada había dejado en el tendedero. Vaya a saberse en qué manos habrán caído, parece que eran de las marcas más caras y codiciadas, pero otras víctimas sufrieron pérdidas más importantes.

Hay una gran cantidad de depredadores de corpiños en los barrios. Es una faceta menor del fenómeno de la inseguridad, pero justamente por eso llama la atención que no exista una política específica para tratar de atemperarla. Es una evidencia más de lo lejos que está el sistema de seguridad de las demandas de la gente, que en este tipo de situaciones ve cómo quienes la perjudican no sufren sanción alguna.

Por supuesto, hay todo un trasfondo social e carencias y marginalidad que también debe abordarse, pero es una tarea que le corresponde al Estado, no a los vecinos que llegan a sus casas para darse con que les ha vuelto a robar el mismo malandrín de la semana pasada. Que se embromen, pensará la policía para sus adentros. Se lo merecen por dejar el triciclo a tiro.

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