En el espacio semanal de queja en el que consiste en muchas ocasiones la esencia de esta columna, tengo que pronunciarme ante uno de los flagelos más frustrantes de la vida moderna (de Rocko) en sociedad: la música fuerte en los bares. La última perversión del capitalismo para quitarnos los tiempos muertos y hacernos consumir más.
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De la música en bares
Rodrigo L. Ovejero
En una especie de cruzada contra la conversación, el rubro gastronómico ha ido subiendo paulatinamente el volumen de la música en las últimas décadas, hasta invadir los espacios sagrados del café, antaño bastiones de la tertulia que ahora se rinden a la moda de aturdir al cliente. No tengo pruebas de esta afirmación, no cuento con datos concretos, por supuesto, más allá de mis sensaciones (en las cuales ni siquiera yo confío), pero se me ocurre que esta era la única opción posible para satisfacer las fauces del mercado.
La charla plácida, tan proclive a la pausa y el circunloquio, no alienta al consumo de bebidas alcohólicas, o al menos no con la frecuencia que el negocio requiere. En cambio, el recurso de subir el volumen hasta que la comunicación deba resolverse a los gritos insta a la gente al trago, pues nadie tiene interés en estar a solas con sus pensamientos un sábado a la noche. Además, hay una cuestión anatómica indiscutible: más tiempo se habla, menos tiempo se consumen alimentos y bebidas. Del mismo modo que los negocios de comida rápida tienen sillas y mesas ligeramente incómodas para desalentar las estancias prolongadas, el bar de la actualidad nos alienta al silencio o hablar lo menos posible.
Esta práctica deleznable, además, le hace un daño terrible al amor. Es imposible recitar poesía con cierto grado de dignidad si se tiene que gritar como un desaforado. Pruebe el lector pararse frente al espejo y recitar el poema 20 de Neruda con el mismo volumen con el que reprueba las acciones de los jugadores de su equipo favorito, o insta al perro a retirarse de la casa, y verá que la sensibilidad de los versos disminuye drásticamente. Por ese motivo toda declaración amorosa, por elegante que sea, parecerá tosca en esas condiciones. No es de extrañar, entonces, que la poesía se esté convirtiendo en un arte en extinción y cada vez se envíen más fueguitos, la gente no se escucha.
Por supuesto, si uno empieza a retorcer un negocio, enseguida se convierte en otro. En el futuro existirán bares silentes, a los que se acudirá por el privilegio de conversar en voz baja, en el silencio más absoluto, por detrás de las palabras solo el murmullo de los pasos de los mozos, de los vasos en la barra. Escapar, en definitiva, de la tiranía del ruido. Es posible incluso que estos ámbitos ya existan (no salgo demasiado, a decir verdad) y solo sea cuestión de encontrar los bares indicados.