Los movimientos de Cristina Kirchner se ajustan al principio enunciado en 1986 por el entonces diputado radical Raúl Baglini, según el cual el grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o dirigente político es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder: mayor distancia, mayor irresponsabilidad, y viceversa.
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Cristina Baglini
Coherentemente, fue el periodista cristinista Horacio Vertbitsky quien popularizó el razonamiento como “teorema Baglini”, y sería también coherente que el presidente Alberto Fernández lo esgrimiera para explicar la conducta de su vice y enemiga íntima: cuando Baglini lo formuló, el gobierno de Raúl Alfonsín ya había lanzado el Plan Austral, el peronismo subía la crueldad de su hostigamiento y él formaba parte del gabinete económico de Juan Vital Sourrouille.
Para más coherencia, el Austral fue el intento para salvar la crisis de deuda externa y detener la escalada inflacionaria, elementos presentes también ahora, 37 años después. La recurrencia en los fracasos es lo más consistente de la historia nacional.
La ruptura del Frente de Todos no precisa oficialización. En la grotesca heterodoxia política que se ha apoderado de la escena, Cristina conformó una suerte de gobierno en el exilio “sui géneris”, con sede en el Congreso. Sus espadas disparan desde allí líneas de gestión incompatibles con las de la Casa Rosada, impracticables. Demagogia destilada.
La creación de un fondo para pagar la deuda con el FMI fue admitida por el Gobierno debido a su carácter inocuo. Iba a financiarse con impuestos sobre activos blanqueados: 20% para quienes lo hicieran dentro de los seis meses de sancionada, 35% para los que se prendieran después ¿A quién le importa?
Distinto es con la moratoria previsional planteada en el Senado para facilitar que más de 740.000 personas sin los 30 años de aportes puedan acceder a un haber de retiro, o el salario básico universal, que ya requieren esfuerzos fiscales importantes.
Lo “baglinesco” de estas iniciativas queda en evidencia en cuanto se advierte que las postulan los artilleros de quien en octubre de 2010, cuando ejercía el cargo de Presidenta de la Nación, vetó una ley que obligaba a la ANSES a pagarle el 82% móvil a los jubilados.
“Lo que se sancionó es la ley de quiebra del Estado y como Presidenta no puedo permitir eso”, explicó entonces. Cuánta responsabilidad: ¿sería porque tenía el poder?
Fernández habilitó a Martín Guzmán y Matías Kulfas, los dos ministros que Cristina desacreditó en la clase magistral que dio al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional del Ca¡haco Austral, a responder los agravios. Después, desde Europa, ratificó que irá por la reelección e insistió con dirimir diferencias a través de las primarias, en una gran interna como la que Carlos Menem le ganó a Antonio Cafiero en 1988.
Pero las maniobras cristinistas parecen orientadas en otro sentido: fragmentar y obtener el número suficiente para entrar al balotaje.
Tiene antecedentes para sostener la proyección. Néstor Kirchner se consagró presidente en 2003 con menos del 22% de los votos. En la primera vuelta había quedado detrás de Menem, pero este desistió de la segunda, seguro de que su adversario reuniría el antimenemismo.
Más cerca en el tiempo, Gabriel Boric alcanzó la Presidencia de Chile al imponerse en balotaje sobre José Antonio Kast. En la primera vuelta, había salido segundo, con apenas el 25,8 por ciento.
En Perú, Pedro Castillo entró en la segunda vuelta con el 19% de los votos para enfrentarse a Keiko Fujimori, que apenas tenía 13,3%.
La contracara de estas atomizaciones es Brasil. Lula pactó allí con el también ex presidente Fernando Enrique Cardoso, un antagonista ideológico, para desbancar a Jair Bolsonaro. También podría aplicarse para el vaso carioca el “teorema Baglini”: la sensatez se afina con la cercanía del poder.n