Lic. Ezequiel Sosa
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Cincuenta años: entre las raíces del silencio y el trigo de la memoria
Hay momentos en que el miedo deja de ser un rumor privado y se vuelve una presencia, una evidencia en el aire, como si algo invisible hubiese sido alterado. El 24 de marzo de 1976 fue uno de esos momentos. Aquella madrugada no exigió comprensión inmediata: bastó con advertir que el orden conocido había sido desplazado, como si el mundo, de pronto, ya no ocupara el mismo lugar. Las Fuerzas Armadas tomaron el poder, sí, pero lo que comenzó entonces excedió la mera interrupción de un gobierno. Fue la irrupción de un proyecto violento, dispuesto a transformar desde sus cimientos la vida social, política y económica de la Argentina.
Sin embargo, sería un error pensar que todo comenzó aquella madrugada. La década del setenta ya vivía en tensión, con conflictos que, poco a poco, iban creciendo. Lo que hizo la dictadura fue otra cosa: convertir ese estado de situación en sistema, organizar la represión, darle escala y volverla política de Estado. Para entonces, las organizaciones armadas estaban debilitadas, sin la gravitación que a veces se les atribuye retrospectivamente. Aun así, la maquinaria represiva avanzó más allá de ellas. El problema es la tendencia a equiparar violencias de distinta naturaleza y función histórica. El Estado no es un actor más: es el garante del orden jurídico y de la protección social. Cuando actúa por fuera de ese marco, no se trata de una violencia comparable, sino de una ruptura del pacto que lo legitima. Por eso, la cuestión no es solo cuánto se reprimió, sino quién lo hizo, con qué poder y bajo qué pretensión de legalidad.
Porque lo que estaba en juego no era solo una disputa política. Era, en el fondo, una vieja contienda. Un conflicto económico y social de larga duración, que encontró en aquel contexto la oportunidad de imponerse. El nuevo régimen no se limitó a perseguir personas: buscó reordenar la sociedad desde sus bases más profundas. La apertura financiera, el endeudamiento y la desindustrialización fueron el núcleo del proyecto. Para eso, la represión fue condición de posibilidad.
La desaparición forzada fue su signo más brutal, pero también el más revelador. No se trataba únicamente de eliminar adversarios. Se trató de borrar huellas, de producir incertidumbre, de instalar una forma de silencio que no necesitara explicaciones. La clandestinidad no fue un exceso, fue el método predilecto. Y en ese método hubo algo más hondo, casi imperceptible al principio: la negación del otro. Antes de destruir cuerpos, se los despojó de nombre, de historia. Así, la violencia buscó justificarse como orden, como limpieza, como necesidad.
En sintonía con ello, el movimiento obrero fue uno de los principales blancos de ese disciplinamiento. Sindicatos intervenidos, espacios colectivos desarticulados. La represión no solo buscó eliminar resistencias, sino también debilitar la capacidad de organización de la sociedad. En ese sentido, el terror no fue únicamente un instrumento de castigo: fue también una herramienta de reconfiguración.
En ese punto emerge una dimensión incómoda pero necesaria: la complicidad civil. No fue un fenómeno aislado. Sectores económicos, corporaciones mediáticas e incluso parte de la sociedad acompañaron, justificaron o eligieron no ver, por convicción, temor o conveniencia. Esa trama existió y fue clave para sostener esa lógica. Hubo silencios no impuestos, sino aceptados; gestos mínimos que, sumados, sostuvieron un clima general.
Medio siglo después, el peligro no es tanto el olvido como la simplificación. Hay una tentación —cómoda, casi inevitable— de reducir aquella experiencia a cifras, como si el pasado pudiera cerrarse con un número final. Pero lo ocurrido no cabe en una estadística. El terrorismo de Estado operó tanto en lo visible como, sobre todo, en lo invisible, en gestos interrumpidos, palabras calladas y miradas que aprendieron a esquivar.
Por eso, en la Argentina no hablamos solo de muertos. Hablamos de desaparecidos. La diferencia no es menor. La muerte, aun en su tragedia, permite un cierre; la desaparición, en cambio, abre una herida que permanece. Cuerpos ocultos, información negada, niños apropiados: todo forma parte de una lógica que impidió, deliberadamente, la posibilidad de saber. La cifra, entonces, queda necesariamente abierta. Nombrar a los 30.000 es también reconocer esa imposibilidad de clausura. Es una consigna y un lugar de memoria.
Sin embargo, el efecto más persistente de aquel período no siempre se percibe en los datos; aparece en otra parte. En la forma en que el miedo se instala y organiza la vida. En esa frase breve —“no te metas”— que condensó toda una pedagogía, no hacía falta repetirla: bastaba con que existiera. Durante años, el retraimiento fue un modo de estar a salvo, pero también de perder, poco a poco, la costumbre de intervenir en lo común.
Un clima en el que se buscó quebrar los lazos colectivos, promover el individualismo y retroceder sobre conquistas sociales y derechos que habían sido fruto de largas luchas en el tiempo.
En ese mismo marco, a veces se piensa que todo eso ocurrió lejos, en los grandes centros urbanos. Pero no fue así. La dictadura tuvo un alcance nacional. También en las provincias, en Catamarca, el clima de vigilancia y de silencio dejó su marca: en la prudencia, en los secuestros, en la autocensura, en la sensación de que había cosas que era mejor no preguntar. Catamarca no fue una isla dentro de ese proceso. Desarmar la idea de que “aquí no pasó nada” es parte de esa misma tarea: ese enunciado también es producto del silencio. Esa forma de vivir, hecha de pequeñas renuncias, fue quizá una de las herencias más persistentes.
A cincuenta años, el desafío no es solo recordar, sino comprender. La dictadura no dejó únicamente víctimas directas —como los, hasta ahora, cincuenta y cuatro catamarqueños desaparecidos—; dejó también una sociedad atravesada por silencios que tardaron décadas en desarmarse. La democracia que comenzó a reconstruirse en 1983 lo hizo sobre ese terreno incierto; como quien vuelve a hablar después de mucho tiempo, midiendo las palabras.
Recordar no es quedarse en el pasado, sino volver a él con preguntas: no para fijar una versión definitiva, sino para comprender cómo fue posible. Porque, en el fondo, persiste esa inquietud: ¿cómo se construye un orden basado en el miedo y cómo ese miedo termina por naturalizar el silencio hasta que una sociedad se acostumbra a no mirar?
Visto así, tal vez la memoria sea eso: no un archivo quieto, sino una forma de atención. Una manera de advertir que ciertas cosas, cuando vuelven a insinuarse, no son del todo nuevas. Comprenderlas es una forma de impedir que regresen.
Entre las raíces del silencio, que la memoria vuelva a ser trigo.