domingo 25 de septiembre de 2022

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Cara y Cruz

Caricatura del desencuentro

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23 de septiembre de 2022 - 01:10

El Senado sancionó anoche el proyecto de ampliación del número de miembros de la Suprema Corte de Justicia, que el kirchnerismo bajó de los 25 que proponían los gobernadores a 15, para arrimar los brazos que le faltaban para el quórum.

En el altar de esta iniciativa, el oficialismo ha erogado enormes energías que retacea a tratar de construir acuerdos básicos que faciliten acometer otros asuntos de mayor urgencia para una sociedad estragada por los efectos de la sostenida crisis económica. De hecho, la media sanción de anoche barrió con las insinuaciones de tregua que asomaban.

Prioridades de una clase política encapsulada en sus reyertas corporativas, que en este caso, por cierto, tampoco dio muestras de consenso: el incremento de la cantidad de cortesanos se le impone a la oposición y, encima, las posibilidades de que sea confirmado en la Cámara de Diputados es remotísima, por no decir imposible.

De este modo, la sesión de la Cámara alta se anota como otro capítulo del manoseo faccioso del Poder Judicial, novela a la que, todo hay que decirlo, ningún sector se ha privado de contribuir, con el lamentable consentimiento de los propios manoseados.

Como ninguno de los actores es inocente, ni zonzo, es evidente que se asiste a un montaje hipócrita.

Los kirchneristas promotores de la reforma son conscientes de su improbable materialización, pero precisan del circo para sumarle elementos al relato de la persecución universal que se ensaña con su jefa Cristina, que hoy asumirá su propia defensa en la causa Vialidad. Los gobernadores peronistas no tuvieron inconvenientes en suscribir la propuesta porque saben también que se trata de una impostura circense.

Si las intenciones de mejorar el pésimo servicio de Justicia fueran sinceras, los métodos serían otros.

Un consenso político lo más amplio posible, por empezar, parece indispensable para horadar la obvia resistencia que opondrá la poderosa corporación judicial, no ya al kirchnerismo sino a cualquier fragmento de la política que pretenda mermarle prerrogativas y privilegios. Es tan obvia esta condición “sine qua non”, que su omisión no hace más que acentuar el carácter farsesco del plenario.

De paso, devienen farsescos también los argumentos esgrimidos para intentar revestir de épica la maniobra.

La necesidad de una “Corte federal” sustentó la iniciativa de los 25 elevada por los gobernadores. La garantía de federalismo del tribunal estaría dada adjudicándole un casillero a cada provincia. La propia dinámica del Senado, que da acuerdo a los miembros de la Corte, pone en duda tal proyección.

A diferencia de lo que ocurre en la Cámara de Diputados, en el Senado la representación de cada distrito es idéntica: tres miembros por barba, sin que esto haya redundado en federalismo. Ahí están los subsidios para el área metropolitana de lo más panchos, a pesar de que entre la CABA y Provincia de Buenos Aires reúnen sólo seis senadores contra los 66 del resto de las provincias que no han conseguido conmover una asimetría.

La inmensa mayoría de los senadores ni siquiera se plantea algo semejante y los oficialistas ni chistaron cuando Alberto Fernández le podó más de un punto de la coparticipación a CABA para dárselo al bonaerense Axel Kicillof. No se le ocurrió a alguno de los redivivos Chachos Peñaloza, por ejemplo, sugerir que una tajada podía repartirse a sus distritos.

Así, la sesión de ayer aportó a la extendida impresión de que la política es ajena a los intereses del común de los mortales. Podrá tener la Suprema Corte medio centenar de miembros o tres, sin que la desgraciada circunstancia argentina se modifique un ápice. Son otros los problemas que requieren las energías destinadas a cumplirle el capricho testimonial al kirchnerismo. Otros y más urgentes.

La sesión no fue más que una caricatura del desencuentro.

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