domingo 17 de mayo de 2026

"Cacho" Iturre ya es parte eterna de su esquina

El 10 de mayo, el histórico “canillita” habría cumplido años. Familiares, colegas y vecinos lo homenajearon con una escultura en la esquina que convirtió en símbolo de trabajo, sacrificio y encuentro ciudadano. La obra fue realizada por la licenciada Olga Dre.

La ciudad volvió a detenerse en la esquina de República y Rivadavia para rendir homenaje a uno de esos personajes que forman parte de la memoria afectiva de Catamarca. Allí, donde durante décadas vendió diarios, conversó con generaciones de clientes y se transformó en una presencia inseparable del paisaje urbano, quedó inaugurada una escultura en honor a Ramón “Cacho” Iturre, el histórico canillita fallecido el 25 de enero de 2025.

El acto se realizó el pasado 10 de mayo, fecha en la que Iturre habría celebrado un nuevo cumpleaños. Familiares, colegas, amigos, vecinos y autoridades provinciales y municipales participaron de una ceremonia atravesada por la emoción, los recuerdos y la reivindicación de un oficio que con el paso del tiempo parece extinguirse lentamente.

La obra fue realizada por la licenciada Olga Dre y busca inmortalizar la imagen cotidiana de “Cacho”, un trabajador callejero que durante años convirtió aquella esquina céntrica en un punto de encuentro. La escultura fue bendecida por el padre Juan Cabrera.

Del homenaje participaron el gobernador Raúl Jalil y el intendente Gustavo Saadi, quienes acompañaron a la familia durante el descubrimiento de la obra.

Uno de los discursos más sentidos fue el de Arturo Navarro, quien recordó que el espacio donde trabajaba Iturre trascendía lo comercial. “Durante décadas no solo fue un punto geográfico; fue el despacho, el hogar y el escenario de vida de Ramón Edgardo Iturre”, expresó. También sostuvo que “Cacho” representaba “una prueba viviente de que la sabiduría se puede forjar en la calle”, aun sin estudios académicos.

La ceremonia también incluyó palabras de Jorge Vega, compañero canillita y amigo del homenajeado. Su testimonio aportó una mirada sobre el sacrificio detrás de un oficio históricamente ligado a las madrugadas y al contacto diario con la gente. “Él nos enseñó que este trabajo nos iba a dar el pan de cada día. Nosotros criamos a nuestros hijos siendo canillitas”, recordó. Con crudeza y nostalgia, agregó: “Somos una especie en extinción y estamos luchando contra la tecnología y otras cosas que nos están apagando de a poco”.

Vega también describió el costado menos visible de la profesión: jornadas extensas, poco tiempo con la familia y rutinas atravesadas por el trabajo permanente. “El canillita nunca come torta”, dijo, sintetizando en una frase la lógica de sacrificio con la que crecieron muchos vendedores de diarios.

Uno de los momentos más conmovedores llegó con las palabras de Antonella Iturre, hija de “Cacho”. Frente a la escultura de su padre, recordó la vida de esfuerzo que construyó desde muy pequeño. “Hoy no estamos frente a una escultura, estamos frente a la esquina que mi papá le dedicó la mitad de su vida”, expresó emocionada.

Antonella recordó que antes de convertirse en canillita, su padre trabajó como lustrabotas y que desde niño conoció las madrugadas y el esfuerzo cotidiano. “No tuvo infancias largas. Tuvo manos manchadas y una sonrisa para cada cliente”, afirmó. También destacó que gracias a ese trabajo pudo sostener a toda la familia. “Nunca nos hizo faltar un techo ni un plato de comida”, señaló.

Durante el homenaje también hubo espacio para el arte y la música. Lucio Vega Melián compartió una poesía dedicada al histórico canillita, mientras que su nieto Lisandro interpretó una canción frente a familiares y vecinos que siguieron el acto con visible emoción.

La inauguración de la escultura no solo funcionó como un reconocimiento individual a Ramón “Cacho” Iturre, sino también como una reivindicación simbólica de los trabajadores callejeros. En una época marcada por la digitalización la figura de “Cacho” quedó asociada a una ciudad más cercana, donde el saludo cotidiano y la charla en la vereda todavía tenían valor propio.

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