En los últimos años, los distintos informes elaborados por organismos sanitarios nacionales y provinciales coinciden en señalar una tendencia preocupante: en la Argentina se registra un descenso sostenido en la cantidad de donantes de sangre, especialmente entre quienes lo hacen de manera voluntaria y habitual. La situación pone en tensión al sistema de salud y compromete su capacidad de respuesta frente a emergencias, intervenciones quirúrgicas y tratamientos críticos que dependen de la disponibilidad de sangre segura.
La problemática tiene su correlato en Catamarca. Aunque el sistema sanitario logra sostener el abastecimiento a partir de distintos mecanismos, la base de donantes estables continúa siendo insuficiente. La escasez de sangre no es un fenómeno ocasional, pues se verifica durante todo el año, pero se agrava en momentos específicos, como las Fiestas de fin de año y el período de vacaciones, cuando las donaciones disminuyen. En esos momentos, miles de pacientes quedan expuestos a una situación de mayor vulnerabilidad.
La escasez de sangre no es un fenómeno ocasional, pues se verifica durante todo el año, pero se agrava en momentos específicos. La escasez de sangre no es un fenómeno ocasional, pues se verifica durante todo el año, pero se agrava en momentos específicos.
El final del verano suele dejar en evidencia esta fragilidad estructural. Es precisamente en esta etapa cuando la carencia se vuelve más visible y cuando resulta imprescindible adoptar decisiones que permitan recomponer las reservas y, sobre todo, consolidar un sistema basado en la previsibilidad.
Las estadísticas oficiales ofrecen un diagnóstico claro. Según datos del Ministerio de Salud de la Nación, apenas el 42% de los donantes del país lo hacen de manera voluntaria. El resto corresponde a personas que acuden a donar en respuesta a una necesidad puntual, generalmente vinculada a un familiar o conocido que requiere una transfusión. La cifra se ubica muy por debajo de las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que promueven un modelo sustentado en la donación 100% voluntaria y habitual como la forma más segura y eficiente de garantizar el suministro de sangre.
En Catamarca, el panorama es incluso más exigente. Se estima que solo entre el 30% y el 40% de las donaciones son voluntarias y habituales, mientras que el resto corresponde a los llamados “donantes de reposición”, es decir, familiares o allegados de pacientes que deben donar para cubrir una necesidad inmediata. Otro dato ilustra con crudeza la dimensión del problema: apenas entre el 4% y el 5% de la población catamarqueña que está en condiciones de donar sangre —personas de entre 16 y 65 años— lo hace efectivamente. Se trata de un porcentaje muy bajo si se tiene en cuenta que la donación regular de una fracción mayor de la población permitiría cubrir con holgura las necesidades del sistema de salud.
Frente a este panorama, la solución no puede limitarse a la respuesta de emergencia cuando las reservas disminuyen. Es imprescindible avanzar en políticas sostenidas que promuevan una cultura de la donación voluntaria y habitual. Ello supone motorizar campañas sistemáticas y abarcativas que informen a la población sobre la importancia de donar sangre, expliquen con claridad la seguridad de los procedimientos y destaquen el impacto directo que ese gesto tiene en la vida de otras personas.