El buen ejemplo es un capital que no cotiza en Bolsa, ni aparece en las curvas estadísticas que registran el patrimonio social, ni sirve sólo a la comunidad que lo genera. Es recurso orgullosamente humano en que pueden abrevar todos, agua milagrosa que únicamente exige ser conocida y considerada digna de que cada uno la reproduzca como un oxígeno propio.
El buen ejemplo, por ello, tiene siempre efecto virtuoso, si a veces no en el plano de las realidades concretas, sí, en todos los casos, en el de las ideas y los afectos. Es factor educativo de primer orden, tan fecundo como nocivo es el mal ejemplo, su contracara. Nunca sobra, pues cuando reitera comportamientos sociales positivos, los refuerza como conductas que se mantendrán en el futuro. Esclarece a los dubitantes, desalienta a los maliciosos y desarticula proyectos extraviados, de los que a menudo no llega a tenerse conocimiento.
Esta vez, el saludable soplo viene desde España y toca el nervio del sistema republicano, que es la libertad de prensa, mostrándola, a la luz del mundo, en toda su jerarquía. La dimensión del caso resulta, en países como la Argentina -donde el autoritarismo estatal nunca está libre de la tentación de obstaculizar la difusión de los hechos y opiniones que juzga adversos para su interés o inconvenientes para la gente-, de un valor tan extraordinario, que obliga a comunicarlo a todos y a comentarlo con el objeto de intentar el mejor aprovechamiento de lo que, sin duda, es un servicio de valor incalculable.
El caso es que acaban de separar del cargo al director de Deportes de RTVE, la televisión española, por haber procurado disimular la emisión de los silbidos que los simpatizantes del Barcelona y también del Atlético de Bilbao, su rival de la Copa del Rey, lanzaron contra el Himno de España y los Reyes, según informó Clarín del viernes. La drástica medida se decidió rápidamente: el miércoles fue el incidente y al día siguiente el objetado director televisivo ya estuvo fuera del canal estatal.
Para comprender cabalmente lo asombroso de la sanción -asombroso para los argentinos-, debe observarse que el incidente se conectaba con una situación política española por demás sensible. Como detalla Clarín, los catalanes y los vascos, la abrumadora mayoría de los presentes, se unieron para abuchear a los monarcas, símbolos de la unidad de España que los nacionalistas repudian. Sucedió antes de comenzar el partido, cuando a estadio lleno, el rey Juan Carlos y su mujer Sofía, debieron soportar el bochorno, más bien infrecuente, de la rechifla que brotó cuando se escuchaban los acordes del Himno de España, de acuerdo con la misma fuente informativa.
Si estos sucesos hubiesen tenido a la Argentina como escenario, probablemente el desplazado funcionario de la televisión oficial hubiese sido reconvenido por no haber logrado impedir totalmente la indeseable propalación del escandaloso episodio, juzgado, para el honor lesivo de los conductores supremos del Estado.
En España la reacción contra la censura perpetrada por la RTVE fue inmediata. Un diputado del Partido Popular sostuvo que es inadmisible que el canal estatal decida qué imágenes o sonidos pueden ser perjudiciales para la audiencia, y la Unión Sindical Obrera manifestó, en un comunicado, que el caso avergüenza a todos porque lo que quiso la censura fue ocultar la realidad. El contraste entre la suerte de la prensa independiente de la Argentina y el nivel de racionalidad constitucional española no podría ser más ruborizador. Aquí el canal oficial del Estado Nacional es selectivo hasta el absurdo de omitir información e imágenes que el pueblo conoce por difusión de los medios privados, situación que debería bastar para desalentar el primitivismo que entraña la actitud censuradora. Y esta censura la ha practicado incluso para restarle protagonismo público al propio vicepresidente Julio Cobos, a quien el oficialismo considera enemigo desde su voto no positivo para el proyecto oficial de las retenciones resistidas por las organizaciones ruralistas.
El buen ejemplo español sin duda despejara ignorancias, nutrirá saludablemente la conciencia ciudadana y permitirá apreciar mejor el verdadero índice argentino de verdad democrática.En España, un director de la televisión oficial fue destituido por intentar limitar la difusión de imágenes presuntamente inconvenientes para la audiencia.