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ALEJANDRA KAMIYA

Una obra donde lo sutil se vuelve universal

En su visita a la provincia, organizada por La Singularidad del Libro, la autora dialogó con la Revista Express sobre su universo literario. “No me interesan las grandes historias”, afirmó.

5 de julio de 2026 - 00:10

La escritora Alejandra Kamiya, una de las voces más reconocidas de la literatura argentina contemporánea, visitó la provincia el pasado fin de semana para participar de dos actividades realizadas en el marco del Ciclo de Escritores de la librería La Singularidad del Libro.

Sus historias están atravesadas por las emociones que se desprenden de la intimidad y el cotidiano, narradas a partir de una prosa cuidada y con reminiscencias poéticas que dan vida a sus tres libros de cuentos: Los árboles caídos también son el bosque (2015), El sol mueve las sombras de las cosas quietas (2019) y La paciencia del agua sobre cada piedra (2023).

Durante su estadía, Kamiya encabezó un conversatorio donde conversó abiertamente con sus lectores sobre las distintas miradas que genera su obra. “Todas las interpretaciones son correctas”, afirmó, desmitificando la idea del autor como el único dueño de la verdad sobre un texto.

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Julio Cortázar dijo una vez que “en la literatura no hay temas buenos ni temas malos, hay tan solo temas mal tratados”, y afirmó que se podrían escribir obras maravillosas de las ideas más sencillas. Kamiya se circunscribe, quizá sin quererlo, dentro de esta idea. “No me interesan las grandes historias”, confiesa. Tampoco las necesita. Encontró la manera de tratar temas universales de lo que se desprende de aquella “pequeñez”, como le gusta describirlo, de la intimidad y la vida cotidiana. De esta forma, sus textos evocan temas universales: la tristeza, el dolor, la alegría, las obsesiones e incluso la presencia de la muerte.

Días atrás, la escritora fue parte del aniversario del Club de Lectura de la librería. Una charla que, en principio, iba a girar alrededor de su último libro de cuentos. Sin embargo, su literatura pronto despertó la emotividad de los asistentes, quienes incluso tuvieron la oportunidad de escucharla narrar un fragmento de su cuento “Los ensayos”, en lo que fue uno de los momentos más conmovedores de la mañana.

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En esa ocasión, la autora ensayó una definición de su propio estilo al entrelazar sus raíces con el concepto japonés de Ma (), que puede traducirse como pausa, abertura o intervalo. Lejos de ser un vacío o una simple ausencia de contenido, se trata de un espacio consciente; una respiración que resalta las otras partes de la obra y genera nuevos sentidos. “A mí me interesa eso: escribir sobre lo que está en el medio y muchas veces es olvidado”, señaló.

En diálogo con la Revista Express, Kamiya reflexionó sobre algunos de estos aspectos de su literatura.

En el Club de Lectura de la Singularidad leímos La paciencia del agua sobre cada piedra, ¿qué les podrías contar a nuestros lectores sobre esta obra?

Soy muy mala vendiendo lo mío. No soy de leerme, pero tal vez invitarlos… Un libro siempre es una conversación. Entonces me gustaría invitarlos a conversar sobre algunos temas que tal vez los puedan convocar. Me han señalado que en el libro hay muchos animales y creo que eso tiene que ver con algún movimiento de la sociedad en conjunto. Una toma de conciencia. Tal vez ese tipo de temas los pueden convocar, pero humildemente, como una conversación. No soy buena vendiendo (se ríe).

Algo que noté al momento de leer tus cuentos es que todos ellos, de alguna u otra forma, evocan la sensibilidad del lector, es decir, lo conmueven. Pero no usando “golpes bajos”, por decirlo de alguna manera, sino horadando poco a poco su sensibilidad. Pienso en “Los ensayos”, por ejemplo, que para mí es uno de los mejores cuentos del libro. ¿Esto es una búsqueda consciente que vos hacés o surge durante la escritura?

No, no es para nada una búsqueda. No busco conmover. Lo que ocurre es que a veces yo misma escribo, no sé si conmovida, pero sí movilizada. Entonces eso de algún modo se queda plasmado y llega al lector. Antes hablaba de una conversación, creo que la lectura es eso y también una propuesta de encuentro. Por haber escrito sobre algo que me moviliza, creo que puedo provocar algún tipo de movimiento en el otro. Si esto es así, bienvenido sea, pero no es el objetivo principal.

Se habla mucho de tu literatura como una especie de comunión con la tradición asiática, ¿coincidís con esta visión?

Sí, yo siento que sí. Pero de nuevo, no como algo buscado. Yo misma después de haber escrito me fui dando cuenta y fui reconociendo rasgos orientales, más que nada japoneses.

Pero no con una idea de hacer folclore de eso.

No, porque además no tengo esa intención ni tampoco podría. No soy japonesa. Nací acá, sólo mamé desde siempre algo de esa cultura. Entonces eso se trasluce en mí.

En algunas entrevistas han señalado que ese rasgo japonés se observa en esta idea de lo cuidado y de la presencia de los silencios que hay en tus textos. Es decir, en algo más sutil. Borges, por ejemplo, decía que en el Corán no hay camellos. No hace falta que caigan flores de cerezo para que tus textos sean japoneses.

Pero es interesante, ¿sabías que en el Corán hay camellos? Siempre se cita, pero es como otra, entre comillas, broma de Borges (se ríe). Yo escribo más para pensar mientras escribo, así voy viendo qué ocurre; no para plasmar nada. No escribo con intención ni con ninguna idea de control, sino intuitivamente…

De manera exploratoria…

Totalmente. Entonces tampoco puedo atribuir, como a veces me preguntan, cuánto es japonés en mis cuentos, como si yo lo midiera. Soy una mezcla y las mezclas siempre tienen algo de impredecible. Por eso mismo mi forma siempre es más exploratoria. No soy una mente brillante que está plasmando cosas. Soy alguien que está explorando.

¿Podríamos decir que es un sentido lúdico de la literatura?

Absolutamente, pero en el sentido profundo de la palabra lúdico. Nietzsche decía que hay que recuperar la seriedad de los niños al jugar. Eso es algo serio. Hay algo profundo en el juego.

En el conversatorio mencionaste a algunos autores a los que tenés como referentes al momento de escribir, como Annie Ernaux, por ejemplo. En este último libro, sin embargo, hay un momento en el que mencionas el poema “De amor y de odio” de Silvina Ocampo. ¿Ella es otra de tus influencias?

Es inevitable. Así como todos somos hijos, de algún modo, del padre tutelar Borges; las mujeres somos hijas de Silvina. Las mujeres argentinas escritoras no podemos negar esa influencia. Y bienvenida esa influencia.

Fue una autora a la que se le dio reconocimiento después de su muerte. Creo recordar que ella mencionó que sus lectores todavía no habían nacido.

Y recién ahora se le está dando esa validez. Por suerte ya nacimos.

Mencionaste también que estabas trabajando en una película y aprovecho para preguntarte si tenés algún proyecto literario en mente.

Estoy escribiendo. Además, por primera vez en mi vida, estoy escribiendo y ya firmé un contrato, así que tengo un reloj metido atrás de la cabeza. Por suerte mi editora es amable y me dijo que eso no debería estresarme, pero sí, ya firmé un contrato. De nuevo con ese espíritu exploratorio, empecé a escribir un libro sobre escritura que se está convirtiendo en un libro sobre mi padre. Pero bueno, veremos a dónde me lleva esa exploración.

Una suerte de arquitectura, o, mejor dicho, de arqueología literaria.

Sí, justamente. Más cerca de la arqueología que de la arquitectura. Mirá tu lapsus lo que nos dice, porque la arquitectura calcula y hace adrede, pero la arqueología no. Yo estoy más cerca de eso.

La última pregunta para no robarte más tiempo, ¿por qué elegiste escribir cuentos? ¿Qué hay en esa brevedad que te llama la atención? ¿O tu escritura te lleva inevitablemente a esto?

Sí, lo que querés decir te pide tu propia forma. Hasta ahora me sentí muy cómoda con el cuento. Creo que es mi… de nuevo, volvemos a la tradición argentina: somos hijos de cuentistas, con Borges y Cortázar a la cabeza. Con este espíritu exploratorio una de las regiones que más me interesan es la de la concisión. Intentar contener la mayor cantidad de sentido en el espacio más pequeño posible. El cuento es el lugar ideal para ese tipo de espíritu. Cada cuento es diferente. Algunos los escribí de una sola vez y otros requirieron más corrección. A mí me gusta mucho ese proceso de corrección.

No lo padeces…

No, por el contrario, me parece muy interesante espiritualmente como ejercicio. Abelardo Castillo decía “corregir es corregirse”. Desde ese punto de vista es interesante ver lo que uno hizo mal y cómo puede volver a hacerlo.

Texto: Colaboración de Nehuén Vázquez

Fotos: gentileza de La Singularidad del Libro

Sobre la autora

Con un estilo propio, despojado y potente, Alejandra Kamiya nació en Buenos Aires en 1966. Se formó como escritora en los talleres de Inés Fernández Moreno y de Abelardo Castillo. En la actualidad dicta talleres literarios. Ha publicado: Los que vienen y los que se van: historias de inmigrantes y emigrantes en la Argentina (2008); Los restos del secreto y otros cuentos (2012); Y su trilogía de cuentos: Los árboles caídos también son el bosque (2015), El sol mueve la sombra de las cosas quietas (2019) y La paciencia del agua sobre cada piedra (2023).

Recibió los premios Universidad Católica Argentina-SUTERH (2007), Feria del libro de Buenos Aires (2008), Fondo Nacional de las Artes (2009), Max Aub (España, 2010), Horacio Quiroga (Uruguay, 2012), Fundación Victoria Ocampo (2012), Unicaja (España, 2014). En 2024, recibió un Premio Konex en la categoría de cuentos.

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