miércoles 22 de mayo de 2024

Guillermo Zavaleta: baluarte de la identidad catamarqueña

El compositor y folclorista falleció el pasado 26 de marzo. Profundamente comprometido con los valores culturales de Catamarca, sintetizó el sentir hacia sus comprovincianos en la chacarera "Personajes de mi pago", en la que retrató, como él decía, "a esa gente humilde y buena que muchas veces no reconocemos y son parte de nuestra identidad".

Integrante del mítico "Trío Zamba" y de "Las Voces del Ambato", infaltable animador de guitarreadas en las que siempre rescataba algún tema olvidado del repertorio catamarqueño, entusiasta puntal de cuanta iniciativa se le propusiera para difundir la cultura de la provincia, Zavaleta fue sobre todo un gran orientador y referente para generaciones jóvenes de músicos y cantores, que siempre contaron con su respaldo para hacer las primeras armas.

“Cuando cantás

se arrebata tu cuerpo en la canción

Tu gesto es melodía

y te marca el pulso el corazón”

(“Viejo cantor”- Juan Quintero)

“Ahora les va a cantar algo un sobrino”, anunciaba el cantor.

Tenía una sobrinada interminable, en expansión permanente. Podía ser en un festival, una casa, un patio, una peña o alguna guitarreada improvisada en “Caco”, de esas aluvionales, en las que las canciones se iban hilvanando hacia el infinito hasta perderse Ambato arriba.

De la ronda se desprendía el sobrino, tímido, tendría 12, 13 años. Agarraba la guitarra, el bombo, o se largaba “a capella” nomás. Por ahí se desorejaba en las notas altas, no llegaba; o se le iba el tono muy abajo.

No importaba. El debutante había descubierto una felicidad pura e intensa como tirarse por primera vez de la piedra alta del Pozo ‘el Cura. Como, hubiera dicho Luis Franco, la del primer relincho de un potrillo.

Muy bien, sobrino, aprobaba el cantor. Patadas quiere el cojudo para alborotarse.

A las sobrinas las destacaba particularmente, voces e instrumentos. Se les acomodaba para que lucieran; bajaba su volumen, se callaba, administraba los silencios para que los solos se alzaran más nítidos.

Cuando no se limitaba a escuchar, si su vozarrón había abierto el canto para alentar algún coraje remiso, en el momento justo se desplazaba al segundo plano para realzar a la protagonista.

“Llega hasta el boliche a mojar sus horas

y hace del recuerdo una zamba más.

Y vuelca nostalgias de morado olvido

y acomoda un silbo en ese cantar”

(“Viejo guitarrero”- Pancho Cabral)

El Trío Zamba, la chacarera de “Los Personajes”, el Festival del Membrillo… Hitos públicos que anudan el legado de Guillermo Zavaleta repartido en miles de recuerdos personales dispersos.

Cuando no había Internet y no se podía trampear con el Google, él custodiaba la memoria. ¿Qué tema no sabría Guillermo?

“¿Cómo era esa…?” Alguien empezaba a tararear, a silbar a tientas.

El tío Patilla hurgaba en su cabeza de bohemio empedernido, ensayaba algunos acordes, aunque tuviera los dedos averiados de tanto darle a la viola en esas temporadas legendarias de Las Juntas o en los ranchos amanecidos del Poncho… Y ahí estaba, melodía y letra aparecían como si las desenterrara.

Guillermo fue un gran instigador de vocaciones musicales y poéticas. Algunas ruedan por los escenarios, otras despuntan en juntadas y guitarreadas íntimas. A tantos les hizo aparecer inclinaciones culturales que no sabían que tenían. Baqueano, les marcaba unas sendas apenas visibles, tapadas por el yuyaje de lo masivo.

El antiguo cancionero catamarqueño no tenía para él secretos.

“Esta es del Tata Manuel. Escuchen, sordos”, advertía.

“Diz que llega el carnaval, por la quebrada ‘e Belén…”

“Tengo al viento por maestro,

pentagrama en el camino,

mi zamba del orejero

tiene el canto sostenido”

(“Zambita del Orejero”- Hugo Alarcón y Horacio Aguirre)

El de Guillermo era un saber macerado en la experiencia guitarrera y la pertenencia a la estirpe de los miles de cantores anónimos que tejen la urdimbre de la identidad.

Ahora que se ha puesto de moda hablar de “batallas culturales”, acaso corresponda enfocar esa guerra de guerrillas que se despliega por fuera de los grandes circuitos, a contrapelo de los aparatos comerciales masivos, en reuniones tercas que a veces asumen la forma de conjuras contra el olvido. Allí los veteranos pasan la posta a las generaciones jóvenes y se revitalizan con el aporte de la sangre nueva.

Los festivales que Zavaleta promovió en el interior funcionaban en el origen como engranajes de ese ciclo. El Trío Zamba y Las Voces del Ambato se inscribieron en la misma línea de resistencia que también transitaron con irregular suerte los hermanos Acosta Villafañe, Atuto, Los Arrieros de Valle Viejo, Los de Catamarca y tantos más de los que abrevan las formaciones y solistas actuales. Bajo esa concepción nació allá lejos la Fiesta del Poncho, para sostener y mostrar los valores de la provincianía.

Guillermo fue un baluarte de la catamarqueñidad erguida en el torrente creativo de la cultura: sencilla pero altiva, desafiante cuando el naipe viene mal barajado, hospitalaria y generosa en el diálogo fértil de la construcción colectiva.

Acá estamos y esto somos. “Pa’ que nos critica, si usted no conoce lo que es Catamarca…”

Se fue el 26 de marzo envuelto en el reconocimiento de su pueblo, la única mortaja a la que aspiró siempre.

Corazón adentro de la farra.

“Como un puñal clavado está

el grito arisco de la baguala

y el eco de tu corazón

bombo se vuelve en las cacharpayas”

(“Guitarrero”- Carlos Di Fulvio)

Texto: Diego "Carpincho" Varela

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