En uno de esos viajes, este año, llegué con un libro de Leila Guerriero, “Zona de Obras”. En él se recopilan diversas charlas y experiencias periodísticas que esta eximia escritora argentina cuenta de forma inigualable. Parado en el comedor, mientras mi mamá cocinaba y mis hijos jugaban afuera, con un cierto olor a campo y un clima perfecto, le mermé el volumen a la radio que “chilla” desde que soy chico en el mismo lugar y leí en voz alta: “para ser periodista hay que ser invisible, tener curiosidad, tener impulsos, tener la fe del pescador -y su paciencia- y el ascetismo de quien se olvida de sí -de su hambre, de su sed, de sus preocupaciones- para ponerse al servicio de la historia de otro. Vivir en promiscuidad con la inocencia, y la sospecha, en pie de guerra con la conmiseración y la piedad. Ser preciso, sin ser inflexible y mirar como si se estuviera aprendiendo a ver el mundo. Escribir con la concentración de un monje y la humildad de un aprendiz. Atravesar un campo de correcciones infinitas, buscar palabras donde parece que ya no las hubiera. Llegar, después de días, a un texto vivo, sin ripios, sin tics, sin autoplagios, que dude, que diga lo que tiene que decir -que cuente el cuento-, que sea inolvidable. Un texto que deje, en quien lo lea, el rastro que dejan, también, el miedo o el amor, una enfermedad o una catástrofe.
Le leí esto a mi mamá mientras me caían algunas lágrimas, y con un nudo en la garganta que me hacía temblar la voz, entrecortar la lectura y casi volver a ser un niño. Ese mismo niño que iba a la cancha con mi papá, pero nosotros no íbamos como es costumbre a ver al equipo del que éramos hinchas, mi papá iba a trabajar. Y yo veía cada movimiento, cada conversación, con tanta admiración que me aprendía el nombre de los compañeros de mi viejo, antes que el de los jugadores, quería saber para quién trabajaban, en lugar de pensar en los equipos que se movían en la cancha. Mi papá era periodista deportivo. Me deslumbraban cosas mínimas, como entrar gratis a la cancha, o ir a la puerta de un vestuario antes de cualquier cosa, para anotar los nombres de todos los que iban a participar del encuentro. Después sí, subir a la cabina, y con más de una hora de previa, hablar, opinar, escuchar, analizar, discutir. Hacer contacto con otras canchas, donde algún periodista contaba las novedades e iba adelantando equipos o resultados.
Cuando terminaba el partido, las notas de rigor, el comentario del partido y el anuncio de una nueva transmisión radial, al día siguiente si era sábado, o el otro fin de semana si era domingo y antes de despedirse, recordaban que el lunes en una hora determinada la tira diaria con todo lo que había sucedió el fin de semana. Mi papá, después de eso, se iba al diario, primero en colectivo y después de algunos años, ya en su auto. Ahí, escribía la crónica de su cobertura, y alguna otra información que había surgido y que había tenido que buscar con olfato de periodista deportivo. De esa parte, en ese tiempo mucho no sabía, sólo sé que me volvía a mi casa, pensando en que quería relatar.
Algo que me generaba mucha incertidumbre, era que mi papá viajaba mucho en algunas épocas del año, se levantaba a la madrugada, alguien lo buscaba, y ese domingo no lo veíamos, pero como a las cuatro de la tarde, prendía la radio y él saludaba desde Santiago del Estero, Tucumán, Jujuy, Córdoba o Buenos Aires. La tarde se me pasaba, imaginando las palabras que los periodistas transformaban en escenas, contaban los detalles del clima, el campo de juego, la ciudad, la gente en las tribunas, nos trataban de transmitir hasta el olor de los choripanes. Mi papá llegaba tarde a la noche del domingo o en la madrugada del lunes, y otra vez se iba a trabajar. Cómo odiaba no poder saludarlo y tener que esperar hasta el mediodía para que me cuente algo del viaje.
En mi juventud, caprichoso y con los amigos como prioridad, no me alejé demasiado de todo eso. A los 15 o 16 años, ya andaba tirando cables, que eso se hace por lo menos dos horas antes de la transmisión, así que se llega mucho antes de que abran la puerta al público y se almuerza en el lugar, mientras se va probando la conexión entre las canchas y el estudio central en la radio. Como arrancamos todos en el periodismo deportivo, empecé a tomar nota de los equipos o cubrir una disciplina como el ciclismo de la que poco entendía, a ir a los entrenamientos, a esperar que me designen para algún viaje. Todo eso, gratis. Por eso, no me sorprendió que mi papá me dijera que no iba a ganar plata cuando le conté que iba a estudiar Comunicación Social, lo más parecido al periodismo que existía en Catamarca en los inicios del 2000.
Estudiar y trabajar en la semana, salir a la noche los fines de semana y con resaca trabajar, verla a la novia un ratito o llegar cansado para al otro día ir de nuevo a trabajar. En los días festivos, comer a las apuradas, saludar a los que se podía, y partir para algún evento deportivo. Trabajar.
Pero, ¡sabés qué lindo es viajar! Te pagan la comida, conocés otros lugares, si era muy lejos te pagan el hotel, das una vuelta. En la cancha conocés otros periodistas, que les pasa lo mismo que a vos, te alegrás cuando ves las caras conocidas de los colegas de otros medios de Catamarca que también viajaron donde estás. Y si te toca el Luna Park, o justo es una final, o un viaje internacional. Sabés que es historia, sabés que vos vas a ser el responsable de transmitir toda la emisión que se vive en el lugar y hay que estar preparado.
Después volvés cansado, y te afecta el resultado del evento deportivo. Llegás y otra vez, salís a trabajar, por ahí no ves a tus hijos que están durmiendo y cuando los ves, es un rato porque ya se van a la escuela. Otra linda, a fin de año la Premiación Anual del Deporte. Más de 400 personas, cena de gala, todos los mejores deportistas de la Provincia en un mismo lugar siendo reconocidos. Mi viejo me llevaba siempre, me acuerdo una que vino “Látigo Coggi” y Julio César Vázquez, dos grandes del boxeo argentino, pero en la que más me emocioné fue cuando se reconoció desde el Círculo de Periodistas Deportivos de Catamarca a Hugo Rafael Soto como el deportista del siglo.
También, mi papá renegaba con el Círculo, andaba de aquí para allá en los meses previos a la cena, peleaba, se ponía contento, se preocupaba. Se reunían una o dos veces por semana en el Círculo de Obreros o en la CGT o en algún club que les prestaba el lugar. Definir los ternados, definir los ganadores de las ternas, fundamentar, armar la premiación, conseguir sponsors, seguir renegando. Todo eso, fue durante la vida de mi papá una constante. Ahora, es igual. El Círculo de Periodistas Deportivos de Catamarca cumplió 50 años el pasado 6 de octubre y en un hecho histórico para nosotros, tiene nueva sede, nos reunimos ahí y estamos a punto de realizar la premiación anual el 30 de noviembre.
Mi viejo, como muchos de los que pasaron por esta profesión, ya no está. No sólo yo los extraño, sus amigos, compañeros y colegas también. Es que, desde siempre, nos cruzamos en las canchas, compartimos algún micrófono, o discutimos algo en el Círculo. Por supuesto, que con algunos hubo asados y con otros nos peleamos al aire o en algunas páginas del diario. Pero nos une este oficio. La mayoría de nosotros, no nos podemos dedicar exclusivamente al periodismo deportivo o trabajar en un solo medio, porque como me dijo mi papá, “te vas a cagar de hambre” (fueron sus palabras textuales). Lo mismo les pasa a muchos que hacen periodismo, aunque no sea deportivo. Por eso, desde el CPDC estamos trabajando para que eso cambie, vamos a tratar de que la profesión continúe su camino de jerarquización, con la carrera de Periodismo Deportivo, que se ponen en marcha el año que viene tal cual lo anunció nuestro presidente Roberto Chacón. Pero también, vamos a seguir apostando por más transmisiones, por más programas, por más páginas, por más portales. Por más, capacitaciones, por más encuentros. Por tratar de estar más presentes en todos los departamentos de la provincia.
El periodismo deportivo le contó al mundo los dos goles a los ingleses de Diego, le contó los cinco campeonatos de Fangio en la Fórmula 1, todas las defensas de Monzón, los anillos de Ginóbili, las medallas olímpicas cada cuatro año, la popularidad de Las Leonas y Los Pumas, eso, sólo por nombrar algunas historias del deporte. Ahora, lo sentimos cercano a Messi y vemos partidos de soccer como si fueran uno del Mundial. Aquí, de manera más local, ya se pueden ver por Facebook los partidos importantes del fútbol, el boxeo se transmite, las carreras más destacadas de ciclismo también, los eventos destacados que se realizan en la provincia tienen cobertura y cada vez que un catamarqueño vaya por una hazaña deportiva en algún lugar del mundo un periodista deportivo lo va a estar contando. Por eso, cuando me siento sobrepasado de las cosas diarias, cuando me pasa algo que parece no tener solución y no me puedo ir a Mutquín, me voy a la cancha o prendo una radio o con el celular en la mano busco y espero que algún periodista deportivo me transmita toda la pasión del deporte.
Texto: Colaboración de Silvio Iramaín